La historia del Arte está tachonada de obras que en su momento levantaron gran polémica. Unas, por rompedoras; otras, por escandalosas, el caso es que siempre ha habido motivos para la controversia al respecto: recordemos la carta presentada por un grupo de artistas contra la Torre Eiffel (con las firmas de Maupassant, Verlaine y Gounod, entre otros) o al crítico que sólo oyó “ruido” en el estreno de Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Pero probablemente haya sido la pintura la punta de lanza de las reprobaciones: desde Caravaggio, por usar modelos sacados de los barrios bajos para plasmar personajes bíblicos a los impactantes desnudos de Velázquez en la Venus del espejo o Goya en La maja desnuda, entre muchos ejemplos más.

A veces era precisamente todo un movimiento el que surgía como reacción contra otro anterior por considerarlo pasado de moda o anquilosado, obsoleto. Es lo que pasó con la Hermandad Prerrafelita, una asociación de pintores y literatos ingleses que se juntaron para promover una nueva forma de representar el arte frente al academicismo que promulgaba Joshua Reynolds y que consideraban elegante pero vacuo y carente de originalidad por cuanto se limitaba a repetir los esquemas del manierismo post-renacentista.

John Everett Millais en 1854/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Los prerrafaelitas querían retornar al período anterior, al Quattrocento, el Trecento e incluso el Medievo, tanto en temática como en el uso del color, por eso tomaron como inspiración la pintura romántica de William Blake -que además también era poeta- y Johann Heinrich Füssli. Si el impresionismo tuvo su obra seminal en Impresión; sol naciente de Monet, que incluso dio nombre al estilo al ser expuesta en el Salón de los Rechazados, esta vez les tocó abrir camino a John Everett Millais y su cuadro Isabella, junto a William Holman Hunt con Rienzi y Dante Gabriel Rosetti con su Juventud de la Virgen María.

Los dos primeros mostraron sus pinturas en la Royal Academy y el otro en una exposición pública libre de Hyde Park, los tres bajo la firma común Pre-Raphaelite Brotherhood. Eso tuvo lugar en 1849 pero sería al año siguiente cuando verdaderamente explotase la cosa de la mano de Millais, al presentar un nuevo lienzo titulado Cristo en la casa de sus padres y con el que se abrió la caja de los truenos, asentando definitiva, aunque efímeramente, a la hermandad.

Rossetti retratado por George Frederick Watts y una foto de Hunt/Imagen 1: dominio público en Wikimedia Commons – Imagen 2: dominio público en Wikimedia Commons

Millais era un artista joven, veinteañero, un niño prodigio que había entrado en la academia con tan sólo once años. Allí conoció a Hunt y más tarde, ambos a Rosetti; los tres entablaron amistad y afinidad plástica al ver cómo sus ideas en ese sentido quedaban constreñidas e incluso redirigidas por el gusto oficial, por eso crearon el citado grupo que posteriormente se amplió con William Michael Rossetti, (hermano del anterior), Thomas Woolner, James Collinson y Frederic George Stephens, mas otros simpatizantes.

Cristo en la casa de sus padres, actualmente en la Tate Britain, se exhibió en la Royal Academy junto a otro cuadro de Hunt que también tenía tema religioso: A converted british family sheltering a christian missionary from the persecution of the druids (Una familia británica convertida que protege a un misionero cristiano de la persecución de los druidas). Las dos pinturas levantaron polvareda por aquel extraño estilo realista que mostraban y un insólito colorido que muchos consideraron antiestético. Pero, además, la de Millais fue tildada de ofensiva y hasta blasfema.

A converted british family sheltering a christian missionary from the persecution of the druids (William Holman Hunt)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como se puede deducir de su título, el cuadro muestra a la Sagrada Familia en una escena cotidiana anterior a la edad adulta de Jesús, que es representado en su niñez, en el taller de carpintería de su padre. En el centro está él, siendo consolado por su madre de una herida en la mano que se ha hecho con un clavo mientras San José trabaja en la fabricación de una puerta junto a un ayudante. En el grupo figuran también la abuela de Jesús, Ana, que está retirando el clavo, y un San Juan Bautista también en la infancia.

La obra está plagada de simbolismos: la herida en la palma de la mano es una referencia obvia a la futura crucifixión, máxime teniendo en cuenta que la sangre cae también sobre el pie; San Juan lleva un cuenco de agua que indica a qué se dedicará en el futuro (incuso viste con pieles); detrás está una escalera que remite a la de Jacob (según el Génesis, usada por los ángeles para subir y bajar del Cielo) y en un peldaño descansa una paloma que se identifica tradicionalmente con el Espíritu Santo; y, al fondo, se ve un inequívoco rebaño de ovejas, universalmente asimilables a los creyentes, que además miran con atención a la escena principal.

Detalles del cuadro

Pero el problema de Cristo en la casa de sus padres no estaba en el carácter metafórico que tenía sino su tratamiento. Dicen los expertos que, para la composición, Millais se basó en el grabado Melancolía, de Durero, si bien podría compararse igualmente con otras obras renacentistas. Otros apuntan más bien a El Salvador con sus padres en Nazaret, de John Rogers Herbert, o a Jesús ayudando a José en su taller, de Annibale Carracci. Ahora bien, ninguno de esos títulos había provocado tanta polémica ¿Por qué éste sí?

Basta con echar un vistazo general a las críticas que se le hicieron para darse cuenta del nivel que alcanzó el asunto. Se atacó la pintura desde múltiples perspectivas, acusándola de medievalista y retrógrada, de representar a los miembros de la Sagrada Familia con aspecto de alcohólicos barriobajeros y de aplicar un realismo inadecuado para el tema. Las virutas desperdigadas por el suelo, el desorden, ese peculiar vestuario tan alejado de la moda clásica…

Cristo en casa de sus padres, de John Everett Millais/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo peor, decían, eran los rostros asignados a los personajes, muy alejados de la belleza impostada y serena a la que se solía recurrir en el arte al tratar ese tema. Parecían haberse escogido modelos enfermos de raquitismo, alcoholemia o cualquier otra enfermedad de las que solían afectar a los estratos sociales más bajos a mediados del siglo XIX. Una auténtica familia obrera. Con razón se conoce el cuadro también como El taller del carpintero, a secas.

El célebre escritor Charles Dickens, que retrató implacablemente la miseria del Londres decimonónico en su libros, no estuvo conforme con que se hiciera algo parecido con los pinceles y fue especialmente duro en un comentario ad hoc de su revista Household Words, diciendo que la virgen pintada por Millais era horrible y parecía sacada del “cabaret más vil de Francia” o “de la peor tienda de ginebra de Inglaterra”. También tuvo acerados dardos contra la visión de Jesús, considerando “doloroso” que se le mostrara como un “niño pelirrojo, lloroso e irritable, en bata de dormir”.

Charles Dickens/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

The Clique, un grupo artístico integrado por gente de una generación anterior, encabezado por el pintor Philip Hermógenes Calderón, descalificó a Millais y a la Hermandad Prerrafaelita con el apoyo del nuevo presidente de la Royal Academy, Sir Charles Lock Eastlake. La presión fue lo suficientemente fuerte como para cobrarse algunas bajas: James Collinson se desvinculó de la Hermandad y aunque sonaron los nombres de Charles Alston Colins o Walter Howell Deverell para sustituirlo, al final no sólo no hubo acuerdo sino que el grupo empezó a resquebrajarse.

No todo fueron palos. El prestigioso crítico John Ruskin publicó una columna defendiendo a Millais y siguió en esa línea de apoyo a los prerrafaelitas con varios artículos y conferencias: a pesar de que Cristo en la casa de sus padres no le gustaba, sí le parecía digno de elogio su rupturismo con los cánones establecidos, su uso del color, su capacidad de observación de los detalles… En suma, la renovación que suponía para el Arte. Gracias a Ruskin, al menos en parte, sobrevivió la influencia estilística del prerrafaelismo cuando poco después se disolvió como grupo organizado.

John Rushkin pintado por Millais/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Queda para el anecdotario el hecho de que la mismísima reina Victoria solicitó que le llevasen el cuadro al Palacio de Buckingham para poder verlo personalmente.

Fuentes: Time present and time past. The art of John Everett Millais (Paul Barlow)/The Pre-Raphaelite art of the victorian novel (Sophia Andres)/Los Prerrafaelitas. Arte y sociedad en el debate victoriano (José Vicente Selma)/Old lamps for new ones (Charles Dickens en Household Words)/Wikipedia

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