Turanismo, el movimiento ideológico que buscaba la unidad de los pueblos cuyo origen común era Asia Central

Mapa de estados y territorios que abarca el turanismo/Imagen: Magyarno

No hace mucho hablábamos aquí del europeísmo impulsado por Richard von Coudenhove-Kalergi que generó la Unión Europea, pero ha habido otros movimientos integradores a lo largo y ancho del mundo: sabemos del pangermanismo que desde la época romántica decimonónica abogaba por una nación alemana fuerte y unida y desembocó en el III Reich; o del paneslavismo, que propugna la confluencia en todas las facetas de los pueblos eslavos; o el panescandinavismo, que hace otro tanto con las naciones de Escandinavia.

Sin embargo, posiblemente el más ambicioso de todos sea el panturanismo, o turanismo a secas, cuya aspiración fue establecer una alianza de todos los pueblos de Asia Central… pero extendiéndose a rincones tan remotos, exóticos y distintos entre sí como Corea, Japón, Finlandia o Estonia, entre otros. La palabra proviene de Turan, la diosa etrusca del amor y la fertilidad (equivalente, pues, de la griega Afrodita y la romana Venus), cuyo nombre aludía al equivalente anterior al mes de julio, la época del calendario en que se celebraban festividades en su honor.

Balsamarim del siglo III a.C. con forma de cabeza de una deidad que podría ser Turan/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

La relación con el movimiento turanista está en que se decía que procedía de una región lejana del centro de Asia, lo que hoy conocemos como llanura o depresión del Turán, zona situada al este del Mar Caspio y al sureste del Mar de Aral, repartida entre Turkmenistán y Uzbequistán, que constituye una de las mayores extensiones mundiales de arena (en su parte meridional empieza el desierto del Karakum).

En teoría, el ámbito del turanismo serían los pueblos uralo-altaicos, o sea, los de Turquía y Asia Central que comparten las lenguas homónimas (38 serían las urálicas, entre ellas las de los países asomados al Báltico, y unas 60 las altaicas, entre túrquicas, mongólicas y tungúsicas), de manera que aglutinaría a cientos de millones de personas pese a las evidentes -y acusadas- diferencias étnicas, culturales y políticas; el puzzle incluiría turcos, mongoles, manchúes, húngaros, fineses, estonios, tunguses, samis y muchos más que podrían tener como interés común contrarrestar la influencia de Europa occidental.

Lenguas uralo-altaicas/Imagen: Maximilian Dörrbecker en Wikimedia Commons

Inspirándose en el citado paneslavismo, las primeras alusiones aparecieron en el siglo XVIII, cuando la comparación de lenguas se convirtió en el patrón para establecer orígenes y relaciones entre pueblos. Así lo había expresado Leibniz en su obra Brevis designatio meditationum de originibus gentium ductis potissimum ex indicio linguarum, en la que planteaba que todos los idiomas procedían de uno común ancestral que luego se dividió en dos, japético y arameo; el primero se subdividiría en dos ramas, la escita y la celta, adscribiéndose a la primera el griego, las lenguas sármato-eslavas, las túrquicas y las finlandesas (más el húngaro).

Este planteamiento sería superado, obviamente, pero antes tuvo una gran repercusión en el mundo germánico y sirvió para impulsar en Finlandia movimientos nacionalistas como el fennómano, contextualizado en su lucha contra el sometimiento del finés frente al sueco y el ruso, y que daría lugar al nacimiento de dos partidos políticos, el Antiguo Partido Finés y el Nuevo Partido Finés. No extraña, pues, que fuera un filólogo de ese país quien formulase la teoría que debía aunar todos esos pueblos.

Nacido en 1813, Matthias Alexander Castrén era un experto en lingüística y etnografía de los pueblos finno-ugrio y sami que, investigando el parentesco de esas lenguas, viajó varias veces más allá de los Urales y estableció un origen para ellas en el Macizo de Altai, que atraviesa partes de Rusia, China, Mongolia y Kazajistán. A él se puede atribuir la autoría del turanismo propiamente dicho, aunque después se agrandaría y enriquecería con más aportaciones.

Matthias Alexander Castrén/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el primer cuarto del siglo XX se hablaba de una raza turaniana o uralo-altaica que incluía a magiares, otomanos, turcomanos, tártaros, transcaucásicos, fineses, siberianos, mongoles y manchúes. Si como grupo étnico común era más que discutible, en cambio tenían características idiomáticas similares y, a decir de Lothrop Stoddard, afinidades físicas y mentales. Claro que Stoddard era un historiador y abogado estadounidense defensor de la supremacía blanca, del racismo científico y de la eugenesia, que hizo buenas migas con el régimen nazi.

Precisamente los alemanes tuvieron algo que añadir. En 1855 un orientalista y filólogo llamado Friedrich Max Müller calificaba a las lenguas asiáticas no arias y no semíticas como turanias y a su vez las dividía en sureñas y norteñas, que habrían evolucionando de manera diferente, en función de varios factores, para dar lugar a cuatro etapas de progresivo refinamiento gramatical que denominó antediluviana, familiar, nómada y política; la división septentrional fue la identificada con las lenguas turanias. También Müller fue superado pero la terminología se asentó en parte gracias a él, aunque hoy en día se prefiere hablar de uralo-altaicas en vez de turanias, igual que lo corecto es decir indoeuropeo en vez de ario.

Friedrich Max Müller (George Frederic Watts)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por su parte, los turanistas húngaros recurrieron a las crónicas medievales Gesta Hungarorum, Gesta Hunnorum et Hungarorum y Chronicon Pictum para establecer la etnogénesis del pueblo magiar, de nuevo en el contexto del nacionalismo romántico del siglo XIX. Sándor Kőrösi Csoma, lingüista, teólogo y explorador transilvano y experto en tibetología, viajó a Asia para investigar la tesis del antropólogo y naturalista alemán Johann Friedrich Blumenbach, quien creía que los magiares descendían de los uigures (una etnia del noroeste de China).

En el fondo, latía la necesidad de hacer frente a movimientos vecinos amenazadores para la unidad Hungría como el pangermanismo y el paneslavismo, dado que el país tenía poblaciones de ambos tipos. De ahí que se profundizase en el turanismo y que se propusiera la fundación de un Instituto Oriental; nunca se concretó, aunque en 1910 sí un Turáni Társaság (Sociedad Húngara de Turan). Tras la Primera Guerra Mundial, el turanismo experimentó un realce al ser despiezado el país y quedar buena parte de su población repartida por otros territorios, pero finalmente se le puso fin durante el período comunista.

Itinerario seguido por Sándor Kőrösi Csoma a través de Asia/Imagen: L. Shyamal en Wikimedia Commons

Una de las últimas acciones del movimiento en Hungría fue la creación en 1924 de la Magyar-Nippon Társaság o Sociedad Nipona Húngara, que debía favorecer el intercambio cultural con Japón. Puede sorprender pero es que el turanismo también arraigó en el país oriental después de que el lingüista Fujioka Katsuji recogiera el trabajo de su colega austriaco Johann Anton Boller relacionando el idioma nipón con un origen uralo-altaico.

Hoy en día esa teoría se considera más bien pintoresca, pero entonces Katsuji, con el militarismo en el poder, consiguió verla generalmente aceptada antes de su muerte en 1935. Se difundió la tesis de que los japoneses, al igual que coreanos y manchúes (por eso Corea también está incluída en el turanismo), procedían de emigrantes de Asia Central, concretamente de tunguses de Manchuria, lo que llevó a fundar la Alianza Nacional Turania en 1921 y la Sociedad Turania de Japón en 1930, entre otras organizaciones análogas.

Distribución de las lenguas tunguses/Imagen: Maximilian Dörrbecker en Wikimedia Commons

También se tendieron puentes hacia Finlandia e incluso hubo algún autor que propuso abandonar el archipiélago e instalarse en la parte norte de Asia, la tierra de sus antepasados, excusa perfecta para justificar la invasión de Manchuria en 1931. La paz firmada con la Unión Soviética diez años más tarde llevó a reorientar la atención de los japoneses hacia el sudeste asiático, donde también desarrollaron cierta ambición panasiática. Eso sí, al acabar la Segunda Guerra Mundial todas esas organizaciones fueron disueltas.

Ahora bien, probablemente fuera Turquía donde el turanismo arraigó de una forma especial. Fue coincidiendo con la explosión nacionalista otomana y su relación con la Alemania imperial de finales del siglo XIX-principios del XX, porque muchos de los impulsores y simpatizantes del movimiento habían estudiado allí, porque el Káiser les apoyó luego y porque el Imperio Otomano se encontraba en una fase de acelerada decadencia, depredado por las potencias occidentales en el contexto del Gran Juego (el tira y afloja entre el Imperio Británico y Rusia por controlar la región).

Ziya Gökalp/foto: dominio público en Wikimedia Commons

El nacionalismo fue una vez más el que asumió el papel de regenerador, modernizador y atizador de la conciencia nacional, a través de los Jóvenes Turcos, empeñados en secularizar la vida civil y establecer un sistema democrático. No obstante, después hubo quienes opinaron que no se podía hablar de un turanismo tan amplio y por eso de ahí se desgajó el llamado panturquismo, que el sociólogo nacionalista turco Ziya Gökalp propuso como alternativa restringiendo el movimiento exclusivamente a los pueblos túrquicos, dadas las enormes diferencias que tenían no sólo respecto a los finlandeses sino también a los húngaros o incluso los mongoles.

Ésa fue la corriente que se impuso de la mano del exministro Enver Pachá, dando lugar a la aparición del MHP (Partido del Movimiento Nacional Turco); sus seguidores juveniles se hacían llamar los Lobos Grises y su símbolo era una cabeza de loba (en alusión a la leyenda de la loba Asena, que parió a un niño medio humano medio lobo llamado Ashina, quien se convertiría en señor de varios imperios túrquicos de la región de Altai). La idea de fondo consistía en la creación de una supraregión denominada Gran Turan, algo que por ahora no deja de ser una quimera.

Escudo propuesto en 1925 para Turquía con la figura de la loba Asena/Imagen: Ssolbergj en Wikimedia Commons

Fuentes: Pan-Turkism (Lambert M. Surhone y Miriam T. Timpledon) /Encyclopedia of nationalism (VVAA)/United and independent Turania. Aims and designs of the turks (Zarevand)/Turanism. An aspect of turkish nationalism (George Arnakis)/Nations and nationalism. A global historical overview/Returning to Eurasia from the heart of Europe? Geographical metanarratives in Hungary and beyond (Péter Balogh)/Wikipedia