Quinto Fabio Máximo, el “Escudo de Roma” que impidió la conquista de ésta por Aníbal

Quinto Fabio Máximo, el “Escudo de Roma” que impidió la conquista de ésta por Aníbal 18 diciembre, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Victoria de Aníbal en la batalla de Trebia (Angus McBride)/Imagen: Strategwar

¿Por qué a George Washington lo llamaban el Fabio americano? ¿A qué se refiere la expresión “táctica fabiana”? ¿De dónde viene el adjetivo fabiana que se aplicó a una sociedad decimonónica antecedente del Partido Laborista británico? ¿Quién fue apodado el Escudo de Roma después de que a Marco Claudio Marcelo se le conociese como la Espada de Roma? Para contestar a todas estas preguntas hay que remontarse a la Segunda Guerra Púnica y centrarse en uno de aquellos personajes especiales que la protagonizaron, uno de los principales por cierto, aunque haya quedado un tanto a la sombra de Aníbal o Escipión, en parte por su oposición a este último: Quinto Fabio Máximo.

Nacido en torno al año 280 a.C, descendía de una importante familia patricia cuyos principales representantes habían sido su abuelo, el tres veces cónsul y primer senador Quinto Fabio Máximo Gurges, y su bisabuelo Quinto Fabio Máximo Ruliano, que ostentó el consulado en cinco ocasiones y llegó a dictador; ambos héroes durante las guerras samnitas.

Estatua de Quinto Fabio Máximo en el palacio vienés de Schönbrunn/Foto: Herzi Pinki en Wikimedia Commons

Con semejante abolengo estaba cantado que el futuro político y militar del joven Fabio prometían, a pesar de que, a decir de Plutarco, en la infancia fue de aprendizaje lento y no destacaba por su carisma; algo que el escritor no consideraba negativo porque pensaba que podía ser positivo para la formación de su personalidad.

Efectivamente, fue llegar a adulto y aquellas cualidades que le habían caracterizado se refinaron: su tranquilidad devino en ausencia de bajas pasiones, su poco dinamismo en prudencia, su indiferencia en un carácter templado. Aunque no empezó el cursus honorum hasta el 237 o el 236 a.C., ya le habían consagrado como augur casi tres décadas antes, cuando era un adolescente, aunque no hay mucha información sobre esos años y, de hecho, se ignora si llegó a participar en la Primera Guerra Púnica.

El Mediterráneo en el año 264 a.C./Imagen: Wikimedia Commons

Fue después de esa contienda cuando su nombre empieza a aparecer, primero al ser nombrado cuestor, luego edil curul y más tarde, en el 233 a.C., cónsul, gracias a su victoria sobre los ligures, con la que además el Senado le concedió un triunfo (un desfile que salía del Campo de Marte, pasaba por la Porta Triunfalis y llegaba hasta el templo de Júpiter, seguido de una fiesta y otros honores). Más tarde pasaba a ser censor y en el 228 retomaba el consulado, período en el que se enfrentó a Cayo Flaminio Nepote por la ley agraria que éste impulsaba como tribuno de la plebe, pretendiendo distribuir las tierras conquistadas a los galos picenos (de la actual provincia italiana de Rímini) entre las familias plebeyas que se arruinaron en la guerra contra Cartago.

Esta ciudad determinaría su carrera. Tres años después de ser nombrado dictador para los comicios del año 221 a.C., y según Tito Livio, formó parte de una embajada enviada a Cartago que reclamaba por la toma de la ciudad hispana de Sagunto; como la reclamación no fue satisfecha, el propio Fabio leyó una declaración formal de guerra ante el senado cartaginés (si bien Dión Casio dice que no fue él sino su primo Marco Fabio Buteo). El caso es que así empezó la Segunda Guerra Púnica: recuperada de la derrota anterior y bajo el mando de los Barca, Cartago inició una expansión por la mitad meridional de Hispania que compensara el golpe a la economía que supuso la pérdida de Sicilia.

Quinto Fabio Maximo declara la guerra al Senado de Cartago/Imagen: Eon Images

Consciente del peligro, la República Romana no estaba dispuesta a permitirlo. Pero enfrente se encontró a un genio militar llamado Aníbal, que en una audaz campaña cruzó los Alpes y los Apeninos y llevó las hostilidades a la península itálica. En la primera gran batalla, la de Trebia, había derrotado a los cónsules Tiberio Sempronio Longo y Publio Cornelio Escipión; en la siguiente, en el lago Trasimeno, aplastó a Cayo Flaminio Nepote (el viejo enemigo de Fabio) y remató la jugada con otra victoria en los Pantanos de Plestia ante Cneo Servilio Gémino. Era el año 217 y, dada la apurada situación, el Senado hizo algo insólito: nombrar dictador a Fabio otra vez.

Como magister equitus (lugarteniente y suplente) eligieron al antiguo cónsul Marco Minucio Rufo, que no se resignaba a estar a las órdenes del otro -eran rivales políticos- y ello resultaría fatal. Fabio atribuyó la situación al descuido de los deberes hacia los dioses, tal como indicaban algunos presagios, por lo que mandó reparar ese olvido ordenando a los ciudadanos que gastaran 333 sestercios y 333 denarios (el 3 era considerado un número perfecto) y trató de elevar la moral del pueblo romano mediante una colosal ceremonia religiosa que incluyó sacrificios masivos de cosechas y animales que se repartieron entre las familias de los caídos en el lago Trasimeno.

A grandes males grandes remedios, y se dice que en aquel holocausto incluso se sacrificó a un centenar de niños nacidos en el período votivo sin que se libraran siquiera los de origen patricio (aunque otra interpretación dice que no morían sino que eran seleccionados para más tarde, al cumplir veinte años, realizar una peregrinación cubiertos con un velo), aparte de recuperarse la tradición etrusca de regar con sangre humana la tierra de los fundadores de Roma guardada en un santuario llamado Mundus. Parece que las iniciativas tuvieron éxito y la gente depositó confianza plena en el nuevo dictador.

Esquema de la batalla del lago Trasimeno/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, una cosa era levantar el ánimo decaído y otra enfrentarse al temible ejército de Aníbal. Consciente de la superioridad de éste, Fabio optó por una estrategia de acoso y desgaste, rehuyendo la batalla campal. Sus tropas se limitaron a hostigar a los contingentes cartagineses que se retrasaban o quedaban aislados con emboscadas y pequeños ataques que, junto con la táctica de tierra quemada, molestaban continuamente al enemigo y le impedían abastecerse. Era lo que se daría en llamar táctica fabiana que, contestando a las preguntas del comienzo, aplicó George Washington durante la Revolución Americana ante la superioridad del ejército inglés y que una variante del socialismo utópico del siglo XIX, la Sociedad Fabiana, asumió también en el sentido de aplicar reformas progresivas y graduales en lugar de la ruptura revolucionaria.

Esa forma de combatir no gustó a los romanos, que le adjudicaron a Fabio el agnomen (apodo) despectivo de Cunctactor, “el que retrasa”, que se sumaba a otros que ya tenía, como Verrucosus (Verrugoso, en alusión a una verruga en su labio superior) y Ovicula (Cordero, por sus suaves maneras). Fabio logró arrinconar a Aníbal en un valle pero no le atacó sino que prefirió intentar rendirle por hambre, si bien éste logró escapar rompiendo el cerco con una manada de bueyes a los que colocó antorchas en los cuernos; fue la batalla de Ager Falernus, que en Roma consideraron una oportunidad perdida desatándose poco a poco una opinión pública adversa a aquel concepto de dilación bélica. Desde luego, debidamente impulsada por Marco Minucio, quien acusaba veladamente a su superior de cobarde y de prolongar la guerra deliberadamente para detentar el mando.

Aníbal prepara los bueyes para la batalla de Ager Falernus/Imagen: War On The Rocks

Tampoco ayudaba que los campos agrícolas de Campania fueran depredados por los invasores sin que se hiciera nada por evitarlo. Por eso cuando Fabio fue llamado a Roma, su magister equitus vio la gran oportunidad. Desobedeciendo la orden del dictador, Minucio se lanzó contra unas unidades enemigas poniéndolas en fuga; no fue más que una escaramuza pero en la capital la noticia fue recibida con entusiasmo por la gente… y con enfado por parte de Fabio, que si no ordenó la ejecución de su subordinado fue porque éste tenía un apoyo político importante en uno de los tribunos de la plebe, Marco Metilio, quien consiguió que el Senado nombrase a su amigo co-dictador.

Sabiendo que su compañero se autodestruiría tarde o temprano, Fabio le concedió la mitad del ejército. Y pasó lo que tenía que pasar en la batalla de Geronium: Minucio ataco frontalmente a los cartagineses y fue ganando metros sin sospechar que se estaba metiendo en una trampa en la que Aníbal le envolvió merced a tropas que había escondido en las irregularidades del terreno. No hay datos sobre las bajas registradas por las legiones pero fueron tan cuantiosas que Minucio, que fue rescatado in extremis por Fabio, reconoció su error y, debiéndole la vida a su superior renunció a los poderes obtenidos retomando el cargo de magister equitus.

Esquema de la batalla de Cannas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Seis meses más tarde expiró la vigencia de la dictadura y el mando supremo retornó a dos cónsules, Cneo Servilio Gémino y Marco Atilio Régulo, a los que sucedieron Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón. Éstos siguieron la línea de Minucio y aduciendo que temían los votos romanos más que a Aníbal, atacaron a éste abiertamente en Cannas, sufriendo una estrepitosa derrota: 70.000 muertos según Polibio, 50.000 según Tito Livio, más 11.000 prisioneros, cifras que suponían una catástrofe por la dificultad de suplir tantas bajas. Irónicamente, eso hizo a todos añorar al denostado Cunctactor y su criticada táctica fabiana; al fin y al cabo, el mismísimo general cartaginés le admiraba por su astucia y porque pagaba el rescate de los prisioneros de su bolsillo.

Así, Fabio, que había sido nombrado pontífice, resultó elegido cónsul de nuevo junto a Marco Claudio Marcelo y una vez más tuvo que detener el desplome de la moral prohibiendo que nadie abandonara Roma, ordenando que las familias con caídos en combate llevaran a cabo las honras fúnebres en privado y poniendo el tope de un mes para el luto. Asimismo, paseó por las calles animando a los ciudadanos y asumió el mote de Cunctator como título.

Por supuesto, volvió a su táctica dilatoria, lo que estancó las operaciones de uno y otro bando excepto en el caso de Tarento, que reconquistó, ganándose otro triunfo, y en Roma, que se salvó debido a la insuficiencia de hombres y medios de los cartagineses para llevar a cabo un asedio y defender luego la ciudad si la tomaban.

Publio cornelio Escipión el africano/Foto: Miguel Hermoso Cuesta en Wikimedia Commons

Así estaban las cosas en el año 209, cuando alcanzó el consulado por quinta y última vez. Para entonces ya empezaba a surgir otra figura carismática en el bando romano: un joven llamado Publio Cornelio Escipión, patricio de ilustre ascendencia que había tomado parte en la batalla de Cannas distinguiéndose por amenazar de muerte a un grupo de notables que, ente el sombrío panorama, planeaban dejar el país y ofrecerse como mercenarios en el extranjero.

Escipión, que llegó a ser edil curul en el 212, cuando aún no tenía edad para ello, se hizo muy popular por haber derrotado en Hispania a Asdrúbal Barca, el hermano de Aníbal, recuperando la península para la República. Ello le convirtió en adversario político de Fabio, a quien se veía ya como alguien de otra época y por eso el viejo Cunctator se opuso a su plan de llevar la guerra a África para obligar al ejército cartaginés a abandonar Italia en defensa de su ciudad. Al final hubo una decisión de compromiso: Escipión atacaría Cartago pero con tropas limitadas, para que Roma no quedara indefensa.

La campaña africana de Escipión/Imagen: Cristiano64 en Wikimedia Commons

El caso es que, efectivamente, Aníbal se embarcó para ir a ayudar a los suyos en el año 203 a.C. Fabio no pudo verlo porque había fallecido poco antes y, por tanto, sería Escipión quien derrotase al Barca en Zama y quien se llevase el mérito de ganar la Segunda Guerra Púnica, ganándose el apodo de el Africano. Pero Fabio se hizo acreedor al título honorífico de Escudo de Roma. Tan expresivo como perfectamente ajustado a la realidad.

Fuentes: Historia de Roma desde su fundación (Tito Livio)/Vidas paralelas (Plutarco)/Historia romana (Dión Casio)/El mundo mediterráneo en la Edad Antigua. El helenismo y el auge de Roma (Pierre Grimal)/Historia de Roma (Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de Quiroga)/Anibal, enemigo de Roma (Gabriel Glasman)/Wikipedia

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