Los Ovitz, la mayor familia con enanismo que ha existido, sobrevivió al completo al campo de exterminio de Auschwitz

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La familia Ovitz en Bélgica, 1949/Foto: United States Holocaust Memorial Museum

Era ya 2001 cuando Perla Ovitz falleció en la localidad israelí de Haifa. Era la última que quedaba de una familia tan amplia como singular a la que tocó vivir los tenebrosos tiempos del nazismo pero al que logró sobrevivir maltrechamente para entrar en la Historia. Porque si bien los Ovitz fueron recluidos en aquel lugar maldito llamado Auschwitz, pudieron salir para continuar su estirpe y hoy se les recuerda por haber constituido la mayor familia con enanismo que se ha conocido.

Su progenie se remontaba a la segunda mitad del siglo XIX, siendo Shimshon Eizik Ovitz el ancestro primigenio. Era un artista itinerante natural de Rozavlea, una localidad del distrito de Maramures, la parte norte de Transilvania, en Rumanía. Shimshon, además era judío y como tal tenía una doble condición: por un lado, el prestigio de ser rabino; por otro, la consideración de badchen, palabra utilizada en hebreo para designar a los comediantes que entretenían a los invitados en las bodas.

Perla Ovitz/Imagen: Smithsonian Channel

Si bien literalmente badchen significa bufón, en realidad el término hacía referencia más bien a un animador, un cómico verbal que contaba chistes ingeniosos al estilo de los monologuistas actuales, lo que envolvía ese oficio en cierto prestigio; de hecho, cuando en 1661 el Concilio de Vilna prohibió a los cómicos judíos ejercer su actividad, la figura del badchen quedó dispensada de esa medida. Actualmente todavía hay quien asume ese papel durante la celebración del Purim, por ejemplo.

Pero Shimshon tenía otra singularidad, en este caso física: padecía enanismo, causado por un trastorno óseo denominado pseudoacondroplasia. Se desarrolla desde el nacimiento o a partir de los dos o tres años de edad y consiste en un crecimiento insuficiente de las extremidades debido a la mutación de un gen, presentando también valgo (curvatura de las piernas), braquidactilia (dedos cortos), deformidad en caderas, rodillas y columna vertebral… El resultado es una estatura media de 1,20 metros en varones y 1,16 en mujeres, si bien el cráneo suele permanecer normal y, por tanto, también la inteligencia.

Los siete hijos con enanismo de la familia/Imagen: Bizzarro Bazar

Todo esto no le impidió a Shimshon encontrar esposa dos veces y ambas de estatura normal. La primera fue Brana Fruchter, con la que tuvo dos hijas: Rozika, en 1886 y Franzika, en 1889. Estadísticamente tenían un 50% de probabilidades de heredar la pseudoacondroplasia y así fue en los dos casos. Más tarde se volvió a casar con Batia Bertha Husz, también normal, y tuvieron ocho hijos: unos con enanismo, como Avram, Freida, Micki, Elizabeth y Piroska (la Perla de la que hablábamos al principio) y otros sin alteración genética, caso de Sarah, Leah y Arie.

En esa época -y hasta hace poco- el físico de aquella gente les abocaba a una vida de titiriteros ambulantes. Shimshon murió en 1923 pero la familia continuó esa tradición. Formaban una compañía llamada Lilliput Troupe y viajaban de localidad en localidad por el centro de Europa para ofrecer actuaciones musicales; hoy en Rumanía, mañana en Hungría, pasado en Checoslovaquia… Ayudaba el que fueran políglotas y no cantasen sólo en rumano y yidis (la lengua asquenazi) sino también en alemán, ruso y húngaro.

La Lilliput Troupe en una función durante su última etapa en Israel durante los años 50/Foto: United States Holocaust Memorial Museum

Los niños con pseudoacondroplasia eran los que interpretaban sobre el escenario: Perla tocaba el ukelele, Freida el címbalo, Rozika y Franzika el violín, Micki el violonchelo y el acordeón, Elizabeth la batería y Avram escribía los guiones, además de actuar y llevar la gerencia. No obstante, al acabar las giras retornaban a su hogar en Maramures. Los hermanos sanos permanecían entre bambalinas dedicándose a las cuestiones técnicas: tramoya, iluminación, vestuario…

Ésa fue su vida, más o menos plácida, durante los años treinta. Pero entonces llegaron los negros nubarrones de la Segunda Guerra Mundial y con ellos la amenazante sombra de la esvástica. Hungría, aliada del Eje, se adueñó de Transilvania en septiembre de 1940 y las nuevas leyes raciales prohibieron a los artistas judíos actuar para los gentiles.

La icónica entrada a Auschwitz-Birkenau/Foto: Stunter~commonswiki en Wikimedia Commons

De alguna manera, los Ovitz se las arreglaron para conseguir documentos que omitían su condición de judíos, de manera que siguieron con su vida normal (sus actuaciones ambulantes), durante cuatro años. Pero la puesta en marcha de la Solución Final acabó con esa situación. El 12 de mayo de 1944 los doce miembros -incluidos los cinco no enanos- fueron detenidos y deportados a Auschwitz. No todos llegaron vivos porque otro de los hermanos de estatura normal pudo escabullirse, aunque luego lo capturaron de nuevo y lo ejecutaron.

Los Ovitz impresionaron al oficial de las SS que se encargaba de controlar la llegada, no sólo por su enanismo y su número sino también porque bajaron del vagón ataviados elegantemente, ya que habían sido arrestados en plena función. Una curiosidad tal que dio aviso al médico del campo, quien llevaba aproximadamente un año destinado allí y no se limitaba a su función de supervisar cuestiones de salud sino que solía investigar en diversos temas relacionados con la biología humana. El nombre de aquel doctor era Josef Mengele y su apodo, el Ángel de la Muerte, no presagiaba nada bueno.

Mengele, en el centro, entre Richard Baer y Rudolph Höss/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Mengele formaba parte de un grupo de médicos que trabajaban en campos de concentración y exterminio utilizando a los presos como cobayas en experimentos sobre genética; al fin y al cabo, un estudio al respecto realizado en 1938 le había supuesto el doctorado en Medicina cum laude (tenía otro en Antropología, por cierto) y él mismo, nazi convencido y miembro de las SS, pidió aquel destino en 1943 para tener acceso a los gemelos que estuvieran internos y seguir profundizando en un tema que le apasionaba. Eduard Withs, standortarzt (jefe médico) del lugar, le asignó al Zigeunerfamilienlager de Birkenau, donde estaban recluidos los gitanos.

Más tarde participó en la selección de presos que debían morir en las cámaras de gas por ser incapaces de seguir trabajando o estar demasiado enfermos, pero paralelamente aprovechaba para investigar a aquellos que presentaban alguna anomalía física, como los gemelos, los heterócromos, los jorobados, los obesos… Los enanos entraban también en esa categoría, sólo que eran más difíciles de encontrar. Y de pronto tenía la suerte de contar con una familia completa de un solo golpe, con el interés añadido de que algunos miembros no había heredado la tara, lo que facilitaba los análisis comparativos.

El bloque 10, dedicado a experimentos médicos/Foto: VbCrLf en Wikimedia Commons

Por tanto los separó del resto, junto a otras dos familias que mintieron al asegurar que eran parientes (los Ovitz no dijeron nada), garantizando así sus vidas y unas condiciones en su estancia bastante más confortables que las de los demás: viviendas construidas ex profeso donde se las pudiera controlar continuamente, mejor salubridad, ropa de cama, vestuario propio, un trato menos inhumano, alimentación adecuada, pudieron conservar el pelo, etc. Incluso mandó instalar una guardería para los más pequeños, que inocentemente le llamaban “tío” por su afabilidad; más de una vez actuaron para él. En una ocasión, contó Perla, Mengele en persona los sacó de la cámara de gas, a donde los llevaron por error, en el último minuto.

Ahora bien, aquella era la cara amable de la moneda. La otra estaba en las espeluznantes pruebas a que eran sometidos: extracción de médula ósea, sangre, dientes y pelo para buscar los mecanismos de la herencia, aplicación de productos químicos en ojos y oídos, exámenes ginecológicos extremadamente dolorosos… El Ovitz más joven de la familia, Shimshon, hijo de uno de los miembros sin enanismo, no se libró de esos manejos pese a que sólo era un bebé de dieciocho meses.

Los Ovitz en Auschwitz-Birkenau/Imagen: The Guardian

Algunos experimentos fueron filmados por el propio Mengele pero la película se ha perdido y únicamente quedan los testimonios de los supervivientes o de ayudantes. De ahí procede el curioso relato que indica que los demás presos daban por muertos a los Ovitz porque no volvieron a verlos, cuando en realidad era que resultaba difícil saber nada de ellos porque o estaban en el laboratorio o en sus habitáculos; a veces ni eso, pues Mengele los llevaba consigo a sus conferencias científicas.

Dentro de lo malo, no todos los enanos tuvieron tanta suerte; otros también fueron carne de experimentación pero terminaron muertos por tratarse de individuos aislados frente a toda una familia que, en palabras del propio doctor, le daría trabajo para 20 años. Los Ovitz mismos contaron haber visto cómo los restos de dos que fallecieron fueron hervidos para descarnar los huesos y enviar sus esqueletos a museos. Pero ellos salieron adelante y el 27 de enero de 1945 Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo. Mengele había sido trasladado al campo de concentración de Gross-Rosen, en territorio alemán, diez días antes.

Soldados soviéticos con algunos niños prisioneros tras la liberación del campo/Foto: Strategic Culture Foundation

La peculiar familia sobrevivió al completo: los doce internados, habiendo perdido sólo al que ejecutaron por intentar escapar. Fueron evacuados a un campo de refugiados de la Unión Soviética, donde permanecieron tres años. Después, decidieron retornar a su tierra rumana; siete meses tardaron, al hacer la ruta a pie, para encontrar que su casa ya no existía, así que se trasladaron a Sighet y luego a Bélgica hasta que en 1949, con la proclamación de independencia de Israel el año anterior, emigraron allí.

Se instalaron en Haifa y retomaron su actividad artística con exitosas giras que mantuvieron seis años, hasta su retiro en 1955; algunos de sus números se basaban en su dramática experiencia en Auschwitz. La familia se perpetuó por vía masculina, ya que las mujeres tenían una pelvis demasiado pequeña para quedar embarazadas, de ahí que tendieran a nacer niños sin pseudoacondroplasia. No obstante, y pese a la dureza de sus vidas, fueron muy longevas: Rozika, la mayor, murió en 1984 con noventa y ocho años mientras que Franzika lo hizo a los noventa y uno; Perla, decíamos al comienzo, fue la última de las que tenían enanismo.

Fuentes: En nuestros corazones éramos gigantes (Yehuda Koren y Eilat Negev)/The lives of dwarfs. Their journey from public curiosity toward social liberation (Betty M. Adelson)/Staring. How we look (Rosemarie Garland-Thomson)/Wikipedia