En ocasiones hemos hablado aquí de reproducciones de lugares famosos, una tendencia que se extendió principalmente a finales del siglo XX en China y que todavía pervive. También de la copia de monumentos europeos en los Estados Unidos, como la torre de Pisa o el Partenón de Atenas, que tienen su equivalente en el país norteamericano.

A esto hay que sumar las singulares catacumbas romanas de Washington. La capital estadounidense se une así a otras ciudades que se alzan sobre este tipo de pasadizos como París, Roma, Palermo o Viena, con dos diferencias esenciales: su reducido tamaño y su mucha menor antigüedad.

Entrada a las catacumbas / foto Mr.TinDC en Flickr

Porque las norteamericanas se construyeron a mediados del siglo XIX por iniciativa del Monasterio de Tierra Santa de América, bajo el cual discurren. Y aunque hoy son un popular atractivo turístico de la capital (las visitas guiadas, que son gratis, también se realizan en español, aunque esto hay que solicitarlo dos semanas antes), en realidad su propósito original era bien distinto.

Y es que el monasterio, fundado y regido por franciscanos en 1899 al noreste de la ciudad, servía (sirve todavía) como lugar de entrenamiento de los frailes que luego iban a Tierra Santa encargados de cuidar y mantener los Santos Lugares. Por tanto, nada mejor que reproducir en el monasterio el ambiente y los monumentos que se iban a encontrar allí, como por ejemplo las grutas bajo la iglesia de la Natividad o el altar de la Anunciación, la gruta de Lourdes y una copia de la Porciúncula (la pequeña iglesia incluida dentro de la basílica de Santa María de los Ángeles en Asís, lugar donde se inició el movimiento franciscano).

Réplica de la gruta de la Natividad / foto Dominio público en Wikimedia Commons

Dentro de ese programa de reproducciones entran las catacumbas, probablemente para recrear el ambiente del cristianismo primitivo. Incluyen varios enterramientos humanos, de los cuales apenas dos (uno solo según algunas fuentes) son auténticos: el primero es el de San Benigno, un soldado romano martirizado en época de Nerón cuyo cadaver se halló en las catacumbas de Roma. Su cuerpo, salvo su cabeza que sigue en Roma ya que murió decapitado, fue trasladado aquí en algún momento del siglo XIX.

Postal que muestra las catacumbas y el altar de San Benigno / foto Dominio público

Lo mismo que el segundo, el cuerpo momificado (esta vez completo) de un niño anónimo del siglo II y de unos 6 o 7 años también hallado en Roma al que pusieron de nombre San Inocencio, y que se muestra en una urna, con la máscara de cera que le hicieron los frailes.

Son las dos únicas cosas auténticas en las catacumbas del monasterio de Tierra Santa, que tienen unas 18 hectáreas de extensión, casi nada comparado con su modelo original romano.

Las catacumbas en otra postal de los años 30 / foto Boston Public Library en Flickr

Para recrear todo con la máxima exactitud el arquitecto del monasterio, el italiano Aristide Leonori (autor de varias iglesias y hospitales en Roma), visitó Belén, Nazaret y otros lugares sagrados, tomando nota y medidas cuidadosamente. Para 1930 todas las reproducciones estaban terminadas. Hoy son visitadas por unas 25.000 personas cada año, principalmente aquellos que no pueden permitirse viajar a Israel para ver los auténticos sitios.

El cuerpo de San Inocencio / foto John M.Sparolini

El monasterio está situado en el número 1400 de la calle Quincy, en el barrio de Brookland en Washington D.C., y tiene sitio web oficial, a través del cual se pueden reservar tickets para la visita e incluso realizar un tour virtual usando Google Street Map.

Fuentes: Franciscan Monastery of the Holy Land in America / 13th Floor / Wamu / RoadsideAmerica / Wikipedia.

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