El experimento del rey Gustavo III de Suecia en el siglo XVIII para comprobar si el café era dañino

Un café del siglo XVIII (Pat Nicolle)/Imagen: Look And Learn

Hace unos meses un estudio de la OMS (Organización Mundial de la Salud), realizado sobre algo más de medio millón de personas a lo largo de diecisésis años y en una decena de países europeos, concluía que beber dos o tres cafés diarios era beneficioso para la salud, reduciendo en un importante tanto por ciento la mortalidad prematura gracias a sus positivos efectos sobre los sistemas cardiovascular y digestivo.

Algo que no deja de resultar sorprendente, teniendo en cuenta que el mismo organismo había hecho otro en 1991 que vinculaba esa bebida con el cáncer de páncreas. Esta controversia sobre el café no es nueva y una buena prueba de ello la tenemos en el famoso experimento que hizo el rey Gustavo III de Suecia en el siglo XVIII.

El cafeto es una planta rubiácea originaria de Asia y el África subtropical. Parece ser que fue en Etiopía, en una región llamada Kaffa, donde se empezaron a usar sus granos para elaborar café; la inevitable leyenda habla de un pastor cuyas cabras experimentaron una revitalización tras comerse los granos y que luego fue una comunidad monástica la que ideó la bebida para que sus miembros permaneciesen despiertos durante los oficios religiosos nocturnos.

También hay quien se lo atribuye a la etnia oromo pero fuera quien fuese el que la empezó, la costumbre de tomar café se difundió por el mundo árabe en el siglo XV a despecho de algunas prohibiciones iniciales y hacia el año 1600 los mercaderes venecianos la introdujeron en Europa.

Granos de café arábigo en un cafetal brasileño/Foto: Wikimedia Commons

Fue rápidamente aceptada gracias a que los médicos consideraron que se trataba de un producto con propiedades curativas y a la declaración favorable del papa Clemente VIII, que desoyó las sugerencias de reprobarlo por oponerse al vino y, creyendo que tan deliciosa bebida no debía ser exclusiva de los mahometanos, solucionó la cuestión bautizándola de forma simbólica. Ya se podía tomar sin miedo.

No obstante, y en parte por eso, tuvo que vencer fuertes reservas en el mundo protestante hasta el siglo XIX, con alternancia de etapas en las que se abrían cafeterías con otras en las que se clausuraban. Claro que el consumo popular iba imponiéndose a cualquier obstáculo y sólo en Rusia siguió perseguido obsesivamente.

Una cafetería de Palestina en 1900/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que el cultivo de café ya se había convertido en un sector importante de la economía, sobre todo en América, a donde fue llevado por primera vez en 1689. En Asia no tuvo la misma suerte y tras arruinarse las cosechas terminó sustituido por plantaciones de té. Precisamente la falta de té después de la independencia de EEUU y la posterior guerra de 1812 dio un importante empujón al consumo de café, hasta entonces despreciado. Y mientras, en el viejo continente, la polémica acerca de sus efectos sobre la salud llevó a los ilustrados dieciochescos a realizar estudios al respecto, siendo el citado caso sueco el más célebre.

El café había entrado en Suecia en 1674 pero fue más o menos ignorado porque lo que se tomaba como bebida social era, fundamentalmente, la sacada de otros granos de países exóticos: el chocolate, traído por los españoles de sus territorios americanos y difundido de país en país a partir del siglo XVII. Al chocolate también se le atribuía carácter alimentario y médico, por eso había arraigado mucho y resistiría denodadamente el embate cafetero, especialmente en España, donde fue la bebida preferente hasta bien entrado el siglo XX.

Una familia sueca reunida para tomar café en 1916/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Los aristócratas y la creciente burguesía acomodada que les imitaba fueron quienes pusieron de moda el café en Suecia durante el siglo XVIII. Y, como solía pasar, siguiendo el modelo otras clases se apuntaron también. Pero eso no quiere decir que el gobierno lo viera con buenos ojos, pensando que un exceso de consumo provocaba efectos indeseables en la salud y la conducta. Así que en 1746 un edicto real puso severos límites al consumo y lo gravó con fuertes impuestos, tal cual habían hecho tiempo atrás casi todos los países protestantes. Es curioso señalar que la vulneración de la ley no sólo implicaba la imposición de multas sino también la confiscación de la vajilla con que se sirviese.

Por supuesto, nadie hizo demasiado caso de un reglamento muy difícil de aplicar en la práctica y que no hacía sino estimular el contrabando; la consiguiente proscripción total tampoco sirvió de nada y como al rey le preocupaba el efecto que aquel brebaje de aspecto siniestro y fuerte sabor pudiera tener sobre la salud pública, resolvió llevar a cabo un experimento científico que solventara las dudas de una vez. Fue a partir de 1771 y al frente puso a dos médicos que debían dirigirlo y redactar el correspondiente informe con sus conclusiones.

Otra pareja de muy distinto pelaje sería la que haría de conejillo de Indias. Se trataba de dos hermanos gemelos que estaban en la cárcel, condenados a muerte por asesinato y esperando el momento de la ejecución, a los que se ofreció conmutarles la pena por cadena perpetua si se ofrecían voluntarios. Por supuesto, con la horca esperando aceptaron sin dudarlo. Su misión era la siguiente: uno de ellos debería beber tres tazones de café diarios y el otro la misma cantidad pero de té. La idea, al parecer, era que lo harían por un tiempo indefinido durante el cual los doctores podrían ir comprobando cómo evolucionaba la salud de ambos.

Retrato del rey Gustavo III (Lorens Pasch el Joven)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, el experimento quedó en nada cuando primero fallecieron estos supervisores y después lo hizo el propio Gustavo, un rey que no era demasiado popular; triste y distante, se le acusaba de ser homosexual y hubo rumores de que el príncipe heredero era en realidad hijo de un aristócrata amante de la reina. Además, su reinado se vio envuelto en los turbulentos acontecimientos que sacudieron Europa en general y Suecia en particular a finales de aquella centuria: el conflicto entre el partido de los Sombreros y el de los Gorros, que era la manifestación de la tensión entre parlamentarismo y absolutismo y que solventó el monarca con un autogolpe de estado; la guerra contra la Rusia de su prima Catalina la Grande y Dinamarca; la Revolución Francesa…

A cambio, el mandato de Gustavo III proporcionó al país un período de esplendor cultural y artístico. Sus discursos eran tan buenos que fueron recopilados y publicados y él mismo escribió varios dramas, uno de los cuales incluso ganó el premio de la Academia Sueca, fundada también a instancias suyas para proteger el idioma junto con otras academias, una para cada faceta artística.

De hecho, hasta las circunstancias de su muerte en 1792 han pasado a la historia del arte de la mano de Verdi, en su ópera Un ballo in maschera: durante una fiesta de disfraces en palacio, un grupo de conspiradores disparó sobre él a quemarropa; inicialmente sobrevivió pero la infección de la herida, complicada con una neumonía, terminaron con su vida trece días después.

Cartel de la ópera de Verdi Un ballo in maschera representando el asesinato de Gustavo III/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De esta forma, se dio por terminado el experimento o, al menos, cayó en el olvido porque, paradójicamente, el gemelo al que asignaron beber té fallecería a la edad de ochenta y tres años, antes que su hermano, cuya longevidad se desconoce; lo cierto es que algunos historiadores dudan de que aquel experimento existiera realmente, quizá porque no hay fechas ni documentación concreta.

Si lo hizo, su interrupción impidió que pudiera demostrarse nada contra el café, lo que no fue óbice para que dos años después se volviera a prohibir, tan infructuosamente como antes; aún así, no se levantó el veto hasta 1820 y desde entonces Suecia es uno de los principales consumidores mundiales.

Fuentes: The world of caffeine. The science and culture of the world’s most popular drug (Bennett Alan Weinberg y Bonnie K. Bealer)/An nnashamed defense of coffee (Roseane M. Santos y Darcy R. Lima)/Coffee. A drink for the Devil (Paul Chrystal)/Wikipedia