La leyenda de la maldición de Tamerlán, que pudo cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial

Mijail Guerásimov y su equipo con el cráneo de Tamerlán recién exhumado/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Cuando el 20 de junio de 1941 un equipo de arqueólogos soviéticos abrió la tumba del Gran Tamerlán en Samarcanda su objetivo estaba muy claro; el director de la expedición, Mijaíl Guerásimov, tenía un indudable prestigio por haber sido capaz de reconstruir un rostro a partir solamente del cráneo y ahora Stalin le había encargado hacer lo mismo con el famoso caudillo mongol para comprobar si era o no descendiente de Gengis Khan, tal como se había autoproclamado.

Al romper siglos de fúnebre quietud los científicos percibieron el olor de las sustancias que había dejado el proceso de embalsamamiento flotando aún en el viciado aire; un ambiente cargado física y espiritualmente que llevó a algunos guías uzbekos a recordar a los soviéticos que, cómo no, había una maldición para quien profanase el descanso de Tamerlán.

Reconstrucción facial de Tamerlán realizada por Mijaíl Guerásimov/Foto: Wikimedia Commons

Dos días después, sin previa declaración de guerra, Hitler dio comienzo a la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética por la Wehrmacht. Tres millones de soldados alemanes se adentraron en territorio ruso en un avance incontenible hacia Moscú que, al igual que había pasado con la Grande Armée napoleónica el siglo anterior, obligó al gobierno soviético a evacuar la capital. Stalin decidió quedarse para tratar de resistir, cosa que logró ayudado por la llegada del invierno. En febrero de 1943, tras los trabajos previstos, el cuerpo de Tamerlán fue enterrado de nuevo en su mausoleo siguiendo el correspondiente rito musulmán y al día siguiente el mariscal Von Paulus se rendía en Stalingrado con lo que quedaba del VI Ejército germano.

Inevitablemente surgió la leyenda sobre cómo Tamerlán había podido cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial desde el más allá; dos veces nada menos. Y lo había advertido, pues sendos epitafios funerarios decían textualmente Cuando resucite de entre los muertos, el mundo temblará y Quien perturbe mi tumba desatará un invasor más terrible que yo. Pero al margen de estas coincidencias, siempre jugosas para el público, queda la dimensión histórica de un personaje no tan conocido como su referente Gengis, ni siquiera como Kublai, a pesar de que fue el último gran conquistador nómada, planeó invadir China y tuvo una curiosa relación diplomática con el Reino de Castilla.

El sarcófago negro donde reposan los restos mortales de Tamerlán/Foto: Leon Petrosyan en Wikimedia Commons

En 1403 el rey castellano Enrique III envió una embajada al Gran Khan solicitando firmar una alianza contra los otomanos, ya que había sido el único capaz de parar su expansión (en la llamada Batalla de Angora, librada el verano anterior cerca de la actual Ankara y en la que el propio sultán Beyacid cayó preso). Así fue cómo Ruy González de Clavijo, el guardia Gómez de Salazar y el dominico Alfonso Páez de Santamaría llevaron a cabo un fascinante viaje hacia aquella lejana corte que luego el primero narró en un libro titulado Embajada a Tamerlán.

Tamerlán, en el centro, en la Batalla de Angora (Angus McBride)/Imagen: Miniaturas militares

En realidad era el segundo contacto, ya que unos años antes les precedieron como embajadores Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo, y el propio Tamerlán devolvió cumplidos con un representante, Mohamed Alcagi, que llegó a Castilla con dos damas españolas rescatadas de manos otomanas. Pero al final la alianza no pudo concretarse porque Tamerlán falleció el 17 de febrero de 1405, mientras los hispanos regresaban a su tierra para informar y no llegaron a su destino, Sanlúcar de Barrameda, hasta casi un año después, el 1 de marzo de 1406.

Ruy González de Clavijo en una ilustración contemporánea/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La presencia de embajadores castellanos ante el Gran Khan coincidió con la de representantes chinos. Sin embargo, el país oriental no mantuvo buenas relaciones con Tamerlán, quien a finales del otoño de 1404 se trasladó a Utrar para encabezar un osado plan: conquistar China, un bocado muy apetecible que vivía una etapa de esplendor bajo la dinastía Ming. De hecho, había un doble motivo para la campaña porque los Ming, de etnia han, habían subido al poder tras derrocar a los Yuan, dinastía fundada por mongoles; Ogodei, tercer hijo de Gengis Khan, se había impuesto a los Jin en 1234 y le sucedieron Kuyuk, Möngke, Kublai…

Gengis Khan/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No obstante, aquella empresa resultó un desastre. A la enorme extensión del país se sumaban que había llegado el invierno, mala época para operaciones militares por el frío, las dificultades en las comunicaciones y la escasez de suministros. Encima parece ser que aquel año vino una estación especialmente dura y Tamerlán, que ya tenía sesenta y ocho años, enfermó con el desenlace antes reseñado.

Atrás dejaba una intensa biografía que se inició con una subida al poder similar a la de su adorado Gengis, liderando primero a su tribu, los barlas, para después hacerse con el control de Uluss, el kanato de los descendientes de Chagatai (el segundo hijo de Gengis) e iniciar una imparable expansión militar por Asia Central (en los actuales Irak, Kuwait, Siria, Este de Turquía, Uzbekistán, Pakistán, Afganistán, Kazajistán, norte de la India, parte de Rusia y Turkmenistán), formando un imperio inmenso.

El imperio de Tamerlán/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue a costa de millones de vidas, por supuesto, pues aunque solía alternar la diplomacia con la guerra, acordando la rendición de algunas ciudades, arrasaba aquellas que ofrecían resistencia y exterminaba a sus habitantes; en ese sentido, ha pasado a la posteridad la noticia de la impresionante torre de setenta mil cráneos que mandó construir en el norte de la India, un macabro monumento que luego sería imitado por otros como el corsario turco Dragut en la Isla de Yerba. Una forma de infundir temor al enemigo en tiempos y latitudes en los que un líder debía demostrar fortaleza para asegurarse incluso la lealtad de los suyos.

Todo eso lo logró Tamerlán, o Timur como también es conocido, a pesar de no pertenecer a la familia real de Gengis y no saber leer ni escribir (lo que no impidió que tuviera una apreciable cultura). El mérito es patente si se tiene en cuenta que su hijo no fue capaz de conservar el legado recibido a la muerte de su padre. Por cierto, como decíamos al principio, a Tamerlán se le enterró en su capital, Samarcanda (Uzbekistán), en el Mausoleo de Gur-e Amir (Tumba del Rey en persa), que sirvió de modelo para la arquitectura funeraria de la época y el mismo Taj Mahal seguía su estilo: gran portada, cúpula bulbosa, cuatro minaretes…

Vista exterior del mausoleo/Foto: David Stanley en Wikimedia Commons

Allí retornó el cadáver de ese singular personaje cuando Mijaíl Guerásimov terminó su trabajo científico. En efecto, reconstruyó los rasgos faciales y corporales descubriendo que era bastante alto y fuerte para la media de su tiempo, midiendo un metro setenta y dos centímetros. Sorprendentemente, resultó ser pelirrojo, sufrír una pronunciada cojera al haberse soldado el fémur y la rótula, y asimismo tenía achaques en un brazo por una antigua herida. Así, desde 1943 se dio por terminada la maldición y pudo descansar en paz junto a sus hijos Shahruj y Miran Shah, su nieto Ulugh Beg e incluso su maestro Mir Said Baraka.

Fuentes: Embajada a Samarcanda. Vida y hazañas del gran Tamorlán (Guy González de Clavijo)/Tamerlán. Espada del Islam y conquistador del mundo (Justin Marozzi)/El gran Amir Timur (1336-1405) (Luz Rodríguez)/Timur’s legacy. The architecture of Samarkand (Andrew Phorbes en CPA Media. The Asia Experts)/Wikipedia