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La fuga de varios prisioneros alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que sus guardianes quisieron aprovechar para capturar un submarino

La fuga de varios prisioneros alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que sus guardianes quisieron aprovechar para capturar un submarino 13 noviembre, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

HMCS Rimouski, el buque encargado de capturar al U-536/Foto: Ken MacPherson en Wikimedia Commons

Aunque el cine bélico se ha explayado a gusto con películas sobre fugas de soldados aliados de campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, no lo ha hecho tanto a la inversa, es decir, narrando las de prisioneros germanos. Alguna hay porque no faltaron intentos reales y se contaron al menos siete a gran escala, como la de Papago Camp (Arizona) o la de Bridgen (Gales). Dado que esos campos solían estar fuera de la Europa continental, a menudo era necesaria la participación de submarinos y un buen ejemplo fue la audaz Operación Kiebitz, a la que se intentó oponer otra igual de atrevida.

El escenario tuvo lugar al otro lado del Atlántico, en la localidad canadiense de Bowmanville (Ontario), donde se había levantado el Bowmanville POW Camp, también conocido como Camp 30, para prisioneros de guerra alemanes. Originalmente era una granja cedida por su dueño al gobierno en 1922 para la reeducación de delincuentes juveniles y bajo el nombre de Bowmanville Boys Training School funcionó con ese cometido hasta que en 1941, cuando el devenir de la guerra ya había producido un buen número de enemigos capturados que era necesario ubicar en algún sitio, se mandó a los chicos a casa y su lugar lo ocuparon los teutones.

Oficiales alemanes prisioneros en Bowmanville/Foto: Camp X-Official Site

Apenas hubo siete meses para reacondicionar el campo porque las instalaciones no estaban listas para aquella nueva función. Eran pocos los barracones disponibles y había que construir muchos más, sin contar los elementos de seguridad como nueve torres de vigilancia, alojamientos para los guardias y un perímetro de alambradas de cuatro metros y medio de altura. Los trabajos terminaron a finales de ese año, justo cuando empezaron a llegar los primeros reclusos -la mayoría marinos pero también miembros de la Luftwaffe y del Afrika Corps- y el flujo siguió creciendo hasta que en 1942 ya había tantos que cualquier chispa podía provocar un motín, como efectivamente pasó.

Ocurrió en octubre, cuando varios de los miles de prisioneros se rebelaron ante la amenaza de encadenar a algunos de ellos como represalia por una escalada en ese sentido en Alemania. James Taylor, comandante del campo, pidió a Georg Friemel, oficial de mayor graduación germano, que le suministrase un centenar de sus hombres o que pidiera voluntarios para llevar grilletes un tiempo pero obtuvo un rotundo no por respuesta. Taylor ordenó entonces hacerlo por la fuerza y varios presos se atrincheraron en el comedor dirigidos por Horst Elfe, Otto Kretschmer y Hans Hefele. Armados con estacas, barras de hierro y lo que pudieron encontrar, se enfrentaron a unos cien soldados canadienses llegados expresamente para reducirlos y equipados con bates de béisbol.

La pelea recreada en una escena de la película The McKenzie break/Imagen: MGM Channel

El Camp 30 se convirtió en escenario de una monumental pelea a palos que terminó con un buen numero de descalabrados. Aquel estrambótico duelo se prolongó cinco días pero al final se impusieron los canadienses gracias al uso de mangueras de agua a presión. Y aunque se habían evitado las armas de fuego para no provocar una masacre, un alemán llamado Volkmar König resultó herido de bala y otro por una bayoneta, aunque irónicamente el que se llevó la peor parte fue un canadiense con fractura de cráneo tras recibir el impacto de un tarro de mermelada. Ciento veintiséis prisioneros que se habían distinguido especialmente por su agresividad fueron repartidos por otros campos y la calma volvió a aquel rincón de Ontario.

O eso parecía. Por supuesto, menudearon los intentos de fuga pese a que en Camp 30 los reclusos recibían un trato similar al de los ciudadanos locales y tenían un nivel de vida parecido cuando no superior, tal cual pasaba en otros muchos sitios como el Fritz Ritz estadounidense. Camp 30 contaba con piscina y canchas deportivas, los internos recibían su paga y podían adquirir múltiples productos, formaron una orquesta y un grupo de teatro, la comida era excelente… Pero frecuentemente el ansia de libertad solía imponerse entre los más inquietos. Ya el 25 de noviembre de 1941, al poco de llegar los prisioneros, uno trató de escabullirse pasando por debajo de la alambrada, siendo rápidamente reducido. El 30 de diciembre otro probó suerte escondiéndose en un camión de la lavandería pero también fue descubierto. Y durante una inspección de rutina en julio de 1943 se le incautaron a un tercero un mapa y varias herramientas.

Imagen del comedor del futuro Camp 30, donde se desarrollaría la pelea, una década antes/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Eran tentativas individuales condenadas al fracaso porque, de todas formas, tenían poquísimas posibilidades de regresar a su país estando en Canadá. Más importantes fueron las evasiones planificadas a mayor escala, a base de perforar túneles. Hubo varios, siendo el más prometedor el que denominaron Haus IV: tenía medio metro de ancho por parecida altura, estando entibado con soportes de madera cada uno o dos metros y contando tanto con un sistema de iluminación -pirateado del tendido eléctrico- como otro de ventilación fabricado artesanalmente con latas. Lamentablemente para sus futuros usuarios, en septiembre de 1943 el peso lo desmoronó y los guardias lo cegaron después.

Ahora bien, el plan de fuga más ambicioso fue el que se llevó a cabo bajo el nombre de Operación Kiebitz, que no fue concebido por los prisioneros sino por la Kriegsmarine, con el objetivo de rescatar a oficiales de submarinos; hacían falta porque, a esas alturas de la contienda, la flota de U-boote se había convertido en la principal baza alemana para la guerra en el mar al no poder sus barcos de superficie competir con la abrumadora combinación de la Royal Navy y la US Navy. Y entre los elegidos había un cuarteto en el que figuraban los líderes del motín reseñado antes más otros ases de la guerra submarina: Otto Kretschmer, capitán del U-99; Horst Elfe, capitán del U-93; Hans Ey, capitán del U-433; y Hans Joachim Knebel-Döberitz, antiguo ayudante del almirante Dönitz.

Otto Kretschmer/Foto: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

El plan, que de tener éxito proporcionaría además una buena propaganda, se diseñó en 1942 pero con vistas a ponerse en práctica en septiembre de 1943. Básicamente consistía en escapar de Bowmanville y recorrer millar y medio de kilómetros hacia el norte, a New Brunswick. Allí, en la bahía de Chaleur, les esperaría un submarino que saldría a la superficie cada noche un par de horas; ellos tenían un plazo de dos semanas para llegar hasta él. Los servicios de inteligencia alemanes escribieron mensajes codificados con las instrucciones que les hicieron llegar a los elegidos a través de la Cruz Roja. Sin embargo, el contraespionaje canadiense se percató del ardid y elaboró su propio plan para capturar el susodicho submarino. Lo bautizó como Operación Pointe Maisonnette, en referencia a un cabo cercano al punto de recogida, y estaba dirigido por el comandante Desmond Piers, de la Royal Canadian Navy.

De esta forma, los guardias de Camp 30 fingieron no enterarse de que los presos estaban excavando otro túnel (en realidad tres pero éste era el principal), esta vez más sofisticado que el otro porque se lo dotó de raíles para sacar la tierra en carretillas, lo que hacía que los trabajos fueran más rápido. La pantomima se mantuvo incluso cuando una vez la obra se desplomó parcialmente, de manera que los alemanes, pasado el primer susto, pudieron reanudar la obra. Por fin, siendo ya inminente la fecha prevista, policías y guardias intervinieron para poner a buen recaudo a los implicados y cegar el túnel. En medio de la confusión, viendo que su sueño se esfumaba, otro de los marinos que esperaban huir, Wolfgang Heyda, capitán del U-434, logró salvar a la desesperada las alambradas usando los cables de la luz, eludir a sus perseguidores y subir a un tren con destino a New Brunswick.

El teniente comandante Desmond Piers en 1944/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Allí acabó definitivamente su aventura porque el pueblo hervía de agentes de la Policía Montada y soldados: Heyda, que en el momento de ser detenido adujo inútilmente ser un turista, ignoraba que se había preparado una trampa al U-536, el submarino que debía recogerle a él y sus compañeros; se había metido de lleno en la boca del lobo y la nave parecía que seguiría el mismo camino. En efecto, en el faro local de Pointe Maisonnette se había instalado un radar portátil de superficie para localizarla cuando emergiera; la zona era patrullada por una escuadra que formaban el destructor HMCS Chelsea, las corbetas HMCS Agassiz, HMCS Shawinigan y HMCS Lethbridge, cinco dragaminas y la corbeta HMCS Rimouski, a la que se había dotado del nuevo sistema de camuflaje por iluminación difusa para la lucha antisubmarina.

A la hora señalada, nocturna, del 26 de septiembre, el U-536 salió a la superficie y emitió las señales acordadas para ponerse en contacto con los prisioneros evadidos. Le contestaron los canadienses pero no debieron hacerlo correctamente porque el capitán Rolf Schauenburg sospechó y cuando sus hidrófonos revelaron la presencia de barcos ordenó la inmersión inmediata. Justo a tiempo porque la flotilla canadiense salió en su caza, en una larga noche en la que unos y otros jugaron al gato y al ratón entre cargas de profundidad hasta que el submarino logró alcanzar mar abierto y despistar al enemigo. No obstante, su destino estaba sellado: un buque británico y dos canadienses lo hundieron al mes siguiente a la altura de las Azores.

Cartel de la película “Los que saben morir”

Dos operaciones opuestas, ambas fracasadas, que se recrearon en la película The Mckenzie break (aquí retitulada absurdamente Los que saben morir), aunque cambiando algunos nombres y trasladando la acción a Escocia. Como recuerdo real de aquellos hechos ha quedado el POW Camp 30, que después de la guerra se utilizó como escuela de entrenamiento hasta 1979, pasando luego a ser sede de la escuela de estudiantes malayos en el extranjero, de la Escuela Católica de San Esteban e incluso de una universidad islámica privada. Amenazando ruina, desde 2013 está protegido como Sitio Histórico Nacional de Canadá.

Fuentes: Operation Kiebitz and Operation Pointe Maisonnette (Musée Naval de Québec. Musée Naval Stanislas-Déry)/U-Boats against Canada. German submarines in canadian waters (Michael L. Hadley)/War in the St. Lawrence. The forgotten U-Boat battles on Canada’s shores (Roger Sarty)/First U-Boat Flotilla (Lawrence Paterson)/WWII P.O.W Camp 30 Bowmanville/Wikipedia

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