Fustat, la primera capital musulmana de Egipto, que ardió durante 54 días

Fustat en una postal de principios del siglo XX/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

¿Cuál es la capital de Egipto? El Cairo, por supuesto. O no, dependiendo de la época a la que nos estemos refiriendo. Sin contar las del período faraónico, en el que se fueron sucediendo Buto, Busiris, Tinis, Hieracómpolis, Buto, Menfis, Ity-tauy, Avaris, Tebas, Alejandría y alguna más, si vamos retrocediendo en el tiempo desde hoy podemos contar Al-Qatta’i (siglos IX-X), Al-Askar (siglos VIII-IX) y Fustat. Estas tres últimas fueron progresivamente absorbidas por el desmesurado crecimiento cairota pero aún quedan vestigios arquitectónicos en su casco antiguo.

No en muy buen estado, todo hay que decirlo, pues algunos son casi ruinas y otros están en un lamentable estado de abandono en una ciudad en la que las Pirámides de Giza y la Ciudadela de Saladino prácticamente monopolizan la atención del visitante. Las mezquitas de Ibn Tulun y Amr son los principales monumentos de esa etapa de hace un milenio, aunque las reformas sucesivas hayan desvirtuado algo su aspecto original, especialmente en la segunda. En cualquier caso son los ejemplos más antiguos que se conservan de la ocupación del lugar por los árabes.

La Mezquita de Ibn tulun/Foto: Ashfrhamed en Wikimedia Commons

Los musulmanes iniciaron la conquista de Egipto en el año 634 d.C, poco después de que muriese Mahoma. En el 641 cayó Alejandría, la capital, a manos de Umar ibn al-Jattab, el califa de la dinastía ortodoxa que precedió al período Omeya. Umar había tomado el relevo de Abu Bakr, el primer califa y sucesor del Profeta en oposición al yerno de éste, Alí ibn Abi Tálib, en aquella disputa que derivaría en la escisión del Islam entre chiíes, sunníes y jariyíes. Si Abu Bakr consiguió superar todos los levantamientos que se formaron contra él y la nueva fe, asentándola en la Península Arábiga e iniciando la expansión a costa del Imperio Sasánida, Umar ibn al-Jattab (que también tenía relación familiar con Mahoma al casar a su hija con él) se lanzó a apoderarse del Mediterráneo oriental tomando Siria, Palestina y Mesopotamia.

Por el medio se apropiaron también de Egipto, que entonces era parte del Imperio Bizantino. El califa decidió que Alejandría no era un buen sitio para establecer la capital, dado que estaba en la parte oeste del Nilo y ello significaba que un terreno difícil como era el delta le separaba demasiado de Arabia con aquel obstáculo natural. No era algo nuevo porque había tomado la misma decisión en Irak, así que encargó a su general Amr ibn al-As, quien había dirigido la victoriosa campaña con el apoyo de los coptos, que crease una nueva ciudad en el margen oeste del río.

La campaña de conquista de Egipto de Amr Ibn al-As/Imagen: Mohammad-adil Muslim en Wikimedia Commons

Las fundaciones de ciudades suelen acreditar leyendas detrás y aquí no hubo excepción. Cuentan que cuando Amr ibn al-As se disponía a ponerse en marcha para sitiar Alejandría vio que una paloma había anidado en su tienda y entonces ordenó no desmontarla para evitar alterar la incubación del ave, ya que lo interpretó como una señal divina. Cuando regresó había puesto un huevo, de manera que Amr decidió que aquél sería el lugar para la nueva capital. Estaba al norte de la antigua fortaleza romana de Babilonia, llamada así porque esa estratégica parte meridional del delta (cerca del Canal de Trajano, hoy en día dentro del Barrio Copto de El Cairo) era conocida como la Babilonia egipcia, al atribuirse su creación a Cambises II en el año 525 a.C.

Restos de la fortaleza romana de Babilonia/Foto: Néfermaât en Wikimedia Commons

Por todo esto se le puso el nombre de Miṣr al-Fusṭāṭ, que en árabe significa Ciudad de tiendas, en alusión a que en aquellos comienzos aún no había edificios sino las jaimas de la tropa; la primera construcción arquitectónica fue la citada Mezquita de Amr, erigida sobre el terreno que ocupó la tienda de Amr ibn al-As y que, de hecho, era la primera que se hacía en el país recién conquistado.

Lógicamente, al principio la población estaba compuesta por los soldados y sus familias, que pudieron establecerse de forma más o menos permanente porque Fustat se concibió como una especie de base de operaciones desde la que hacer frente al Imperio Bizantino y desarrollar nuevas campañas para adueñarse del norte de África, aunque unas décadas después, en el 670, quedó desplazada en ese papel por Kairuán, que estaba en Ifriquiya (actual territorio tunecino), más apropiado para la expansión hacia occidente.

La Mezquita de Amr hoy en día; no queda nada de la original/Foto: Mohammed Moussa en Wikimedia Commons

No obstante, no tardaron en llegar nuevos pobladores desde Arabia y Yemen, además de otros grupos que acudieron en busca de fortuna como antiguos soldados romanos, mercenarios, judíos y coptos. De esta forma Fustat empezó a crecer urbanísticamente en torno a la mezquita, primero con las sedes de gobierno y administración, luego con viviendas, y todo ello organizado en unas áreas llamadas khittas, en las que las gentes se asentaban según la tribu a la que pertenecían.

Puesto que Egipto seguía siendo un inmenso granero, como antes para Roma, el Califato Omeya establecido en el 660 dio prioridad a ese país como proveedor de recursos y, por tanto, se prestó una atención especial a los personajes que se designaba para su gobierno desde Fustat. Esto sólo se alteró temporalmente entre el año 750 y el 868, cuando la dinastía fue derrocada por los abásidas, que trasladaron la capital del califato de Damasco a Bagdad y la egipcia de Fustat a Al-Askar.

Luego llegaron los fatimíes e hicieron otro cambio llevando la capitalidad a Al-Qataa’i, pero ésta fue destruida en el 905 y Fustat recuperó la importancia perdida. En realidad los fatimíes también centraron su poder en la tierra del Nilo y, así el esplendor de la ciudad tampoco decayó cuando el general Gawhar prefirió fundar una nueva ciudad un poco más al norte, cerca del mar, a la que llamó Al Qahira, es decir, El Cairo, y donde se instaló el califa Ma’ad al-Muizz Li-Dinillah en el año 971.

Camino del viejo al nuevo Cairo (Louis Comfort Tiffany)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Éste abandonó Al-Mansuriya, una extensión de Kairuán donde tenía su corte y que dejó en manos de los bereberes ziríes, pero su establecimiento en El Cairo no supuso inconveniente para Fustat porque se concibió sólo como sede cortesana, mientras que la administración seguía llevándose desde la capital existente. De ahí que ésta continuase creciendo y enriqueciéndose a lo largo de todo el siglo X. Mercados, jardines, edificios de siete pisos, talleres artesanos, escuelas de arte y un número de habitantes que alcanzaba ya un tercio de Bagdad daban fe de una pujanza económica que no remitió hasta el siglo XII, cuando lo que se puede considerar el prólogo de la Segunda Cruzada trajo la desgracia.

Fue en el año 1168. Amalarico I, conde de Jaffa y Ascalón que más tarde sería proclamado Rey de Jerusalén, dirigió una expedición contra Egipto para castigar la negativa de los fatimíes a pagarle impuestos. Los cristianos aprovecharon la debilidad del califa, un joven de dieciocho años llamado Al-Adid que se mantenía en el poder sólo gracias a la astucia de su visir Shawar, el que verdaderamente manejaba los hilos. Shawar, un verdadero artista de la estrategia diplomática, había alcanzado el gobierno egipcio en un golpe de estado tras el que asesinó implacablemente a todos los familiares de su predecesor y en 1164 logró alcanzar un acuerdo con Amalarico no sólo para evitar la invasión sino para que atacase a un general rebelde llamado Shirkuh, tío de Saladino.

Las campañas de Shirkuh y Saladino en Egipto/Imagen: EvitoSol en Wikimedia Commons

Cuatro años después Amalarico volvió con su ejército y Shawar, en una de sus piruetas, se alió con su antiguo enemigo para enfrentarse a los cristianos. Sin embargo el avance de éstos fue imparable: tomaron y saquearon Bilbei exterminando a casi todos sus habitantes y llegaron hasta Fustat exigiendo su rendición so pena de pasar a todos a cuchillo. Impotente, Shawar ordenó evacuar la ciudad y prenderle fuego; según el historiador egipcio Al-Maqrizi, se distribuyeron veinte mil tarros de nafta y el incendio duró cincuenta y cuatro días. Amalarico se quedó sin el botín que esperaba y encima fue derrotado luego por el ejército sirio de Shirkuh que, a la postre, aprovechó para hacerse con el control del país. Como Shawar falleció al poco, las puertas de Egipto quedaron abiertas de par en par para Saladino, quien se proclamó visir e inauguró la dinastía ayubí.

Fustat, reducida a cenizas, pasó a ser un barrio de El Cairo y al siglo siguiente los mamelucos lo usaron como simple vertedero, mezclando basura con los estratos más bajos de la población; así, es curioso que miles de cairotas convivan con desperdicios mientras otros muchos lo hacen entre las tumbas de la llamada Ciudad de los muertos. Ése fue el triste uso que Fustat tuvo en lo sucesivo y, al menos de momento, el escaso turismo no ha podido revertir la situación.

Fuentes: Cairo (Nezar Alsayyad)/Fustat on the Nile. The jewish elite in Medieval Egypt (Elinoar Bareket)/Ritual, politics, and the city in Fatimid Cairo (Paula Sanders)/State and society in Fatimid Egypt (Yaacov Lev)/Wikipedia