Enheduanna, la sacerdotisa acadia considerada la primera escritora conocida

Enheduanna representada en el disco que lleva su nombre / foto Penn Museum

Tiempo atrás publicamos aquí un artículo dedicado a la reapertura de Carquemís, una ciudad de la Antigüedad descubierta por el arqueólogo George Smith en 1876 y excavada por Leonard Woolley en 1911 con la ayuda de Lawrence de Arabia, antes de que éste alcanzara protagonismo en la Primera Guerra Mundial al unir en armas las naciones árabes. Pues otro trabajo de Woolley fue en Ur, donde en 1927 encontró una singular pieza: un disco de piedra cuyo principal interés es que contiene una alusión a Enheduanna; a la mayoría no le dirá nada pero resulta que es uno de los primeros nombres de mujer que aparecen documentados en toda la historia.

A Woolley se le considera el primer arqueólogo moderno porque durante sus excavaciones en la ciudad sumeria Ur, desarrollados entre 1922 y 1934 halló evidencias geológicas de una gran inundación que aparecía en el Poema de Gilgamesh (una narración épica de hace más de cuatro milenios sobre el personaje homónimo) y que inspiró el relato bíblico del Diluvio Universal. Fue él también quien sacó a la luz la necrópolis real sumeria y el famoso estandarte real, una especie de caja de madera cuyos paneles están decorados con frisos bélicos y costumbristas. Pero, además, entre los objetos recuperados para el Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania, figuraba la pieza circular que decíamos antes y que hoy es conocida como Disco de Enheduanna.

T.E. Lawrence (izq) y Leonard Woolley (dcha) en 1913/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Se trata de un disco votivo de piedra caliza (primero se dijo de calcita y luego de alabastro traslúcido) de 25,6 centímetros de diámetro por 7,1 de grosor que estaba enterrado en la zona del Giparu, el complejo del templo de Sin-Luna (santuario), muy cerca del célebre zigurat de Ur. No estaba en buen estado y parecía que se lo había intentado destruir deliberadamente en su época, por lo que fue necesario recomponerlo pedazo a pedazo. Fruto de ese paciente y minucioso trabajo resultó la visibilidad de dos caras, una de las cuales muestra la representación de algún tipo de ceremonia religiosa con cuatro figuras haciendo una ofrenda al dios lunar Nannar-Sin (Nannar en sumerio, Sin en acadio), el hijo del todopoderoso Enlil.

Una de esas figuras se ha identificado como la sacerdotisa Enheduanna, situada detrás de un sacerdote y por delante de un sirviente y un escriba. Aparece resaltada en tamaño para mostrar su importancia, luciendo un vestido de volantes lanosos y una diadema (no se aprecia si la típica de cuernos, símbolo divino), de la que salen trenzas. En la otra cara hay una inscripción con el nombre de ella: «Enheduanna, sacerdotisa zirru, esposa del dios Nanna, hija de Sargón, rey del mundo, en el templo de la diosa Innana». Quizá porque no se encontró su tumba, a Enheduanna no se le dio mayor importancia hasta finales de la década de los cincuenta del siglo XX, cuando tras encontrarse más fuentes (un disco de alabastro, sellos cilíndricos) los autores empezaron a dedicarle artículos y publicaciones al misterioso pero sugestivo personaje.

El Disco de Enheduanna/Foto: Zunkir en Wikimedia Commons

Es fácil deducir que no se trataba de una mujer cualquiera sino de la hija del gran Sargón I, el creador del Imperio Acadio, que a mediados del siglo XXIV a.C. abarcaba buena parte de Mesopotamia, no sólo en las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates sino incluso hasta Líbano y el litoral mediterráneo. Siguiendo la estela de un precursor, Lugalzagesi, el rey de Umma que se había adueñado del sur mesopotámico y al que hizo prisionero, Sargón fue conquistando una ciudad-estado tras otra: Uruk, Ur, Lagash, la mencionada Umma, Elam… Estableció la capital en Agadé (Acad) y se ganó el apodo de el Grande, siendo sus hazañas continuadas por su nieto Naram-Sin, que fue quien alcanzó la máxima extensión del dominio acadio llegando a Susa hasta que le frenaron los guti.

El Imperio Acadio de Sargón/Imagen: Wikimedia Commons

Naram-Sin era hijo de Manishutusu, el segundo vástago que Sargón tuvo con su esposa Tashlultum y que había heredado el trono tras el primogénito Rimush, siendo su linaje el que se perpetuó a través de ocho hijos. Pero Naram-Sin y Rimush tenían más hermanos: Ibarum, Abaish-Takal y nuestra Enheduanna, la pequeña de la familia, nacida en torno al año 2300 a.C. En realidad no sabemos cómo se llamaba porque Enheduanna no es un nombre de persona sino una dignidad. Su etimología, según los expertos, implica una combinación de palabras como En (en sumerio, sumo sacerdote o sacerdotisa), hedu (adorno) y an (cielo), de donde se deduce el significado Gran Sacerdotisa Adorno del Cielo. Cierto que otras interpretaciones dicen que la partícula an sería el nombre de la divinidad celeste Anu o, combinando ambas versiones, que el conjunto de la palabra no era sino una forma poética de designarla como sacerdotisa de la Luna.

Estela de Naram-Sin, en la que aparece victorioso en la guerra/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

O sea, que para ser sinceros desconocemos el nombre auténtico de aquella princesa pero aún así ha pasado a la posteridad por varias razones. La primera, ser una de las primeras mujeres identificadas documentalmente -aunque sea haciendo un poco de trampa-, precediendo en eso a Emmenanna, la hija de Naram-Sin, que al igual que su tía-abuela, también fue gran sacerdotisa del dios Nannar-Sin y de la diosa Inanna. Esto nos lleva a la segunda razón, que es el importante papel que tenían las princesas al encarnar la cúspide de la casta sacerdotal. Algo, probablemente instaurado de forma intencionada por Sargón para tener un mayor control sobre Sumeria, la región a la que pertenecía Ur y que solía rebelarse; ese sentido, Enheduanna fue la primera que asumió ese rol.

Ruinas arqueológicas de Ur con la reconstrucción del zigurat al fondo/Foto: M.Lubinski en Wikimedia Commons

Cuando su hermano Rimush subió al trono, ella siguió ejerciendo como suma sacerdotisa hasta que se vio envuelta en una de esas frecuentes revueltas sumerias, lo que provocó su destitución y expulsión de Ur al negarse a aceptar como pretendiente a un usurpador, Lugalanne; posteriormente, Rimush sofocó la insurrección y la restituyó en su cargo, en el que continuó durante el mandato de su sobrino Naram-Sin. Parece ser que alcanzó tal prestigio que más tarde sería divinizada, al menos parcialmente. Ella misma lo cuenta en una obra titulada Nin-Me-Sar-Ra (Exaltación de Inanna), que constituye la tercera razón para recordarla especialmente porque hay que considerarla la primera escritora conocida.

Exaltación de Inanna es una composición religiosa en ciento cincuenta y tres versos que, como dice su propio título, firmó en honor de la diosa sumeria Inanna, señora del amor y la guerra, protectora de la ciudad de Uruk y posteriormente fundida sincréticamente con la babilónica y acadia Ishtar (más tarde se la identificó también con la Astarté fenicia y la Afrodita griega). Inanna era hija de Nannar-Sin, al que Enhedanna también dedica glosas en el Himno a Nanna; asimismo incluye una parte autobiográfica, como señalamos antes, pues la invocación a Inanna tenía por objeto pedirle recuperar su cargo.

Representación de Inanna/Foto: Hispalois en Wikimedia Commons

Escrita en caracteres cuneiformes sobre tablillas de barro (si bien siglos más tarde se harían numerosas copias, no sólo en Ur sino también en Nippur y Lagash), forma parte de un corpus literario en el que también están In-nin sa-gur-ra (doscientos setenta y cuatro versos), In-nin me-hus-a y los cuarenta y dos himnos que se han podido reunir a partir de la recopilación de treinta y siete tablillas de varios períodos y que al estar dirigidos a los templos de Sumeria y Acad se la conoce como Himnos de los templos sumerios.

Es posible que otras obras consideradas anónimas pudiesen atribuirse a Enheduanna; en cualquier caso, revela datos interesantes sobre el considerable papel de esta mujer, tan distinto al sometido de las otras féminas de la antigua Mesopotamia, casi un paralelismo con algo que ella escribe al equiparar a Inanna con su esposo Anu: era éste el dios supremo de la mitología sumeria, padre y soberano de los demás, que igualmente sería asimilado por los asirios como Assur y por los babilonios como Marduk. Un buen referente para esa comparación pues, al fin y al cabo, Enheduanna, princesa, sacerdotisa y poeta -no necesariamente por ese orden-, ejerció un papel destacable: como suma sacerdotisa no sólo dirigía el culto y gestionaba el giparu sino que además supervisaba las cosechas y llevaba la administración de los silos de cereal, de las fincas y hasta de las tabernas, así como servía de crisol cultural y político entre las tradiciones sumerias y acadias.

Fuentes:
Encyclopedia of women in the Ancient World (Joyce E. Salisbury)/Sacred places of goddess. 108 destinations (Karen Tate)/Women’s political & social thought. An anthology (Hilda L. Smith y Berenice A. Carroll)/Ishtar (Louise M. Pryke)/Enheduanna, daughter of king Sargon, princess, poet, priestess (2300 B.C.) (Janet Roberts en Transoxiana)/Wikipedia