La Masacre del Boyd, cuando los maoríes se comieron a 70 marineros británicos

El incendio del Boyd (Walter Wright)/Imagen: University of Birmingham

En diciembre de 1809 el barco City of Edinburgh echaba el ancla en Whangaroa, una ensenada de la costa norte de Nueva Zelanda formada por playas y manglares. El capitán, Alexander Berry, bajó a tierra en un bote con un grupo de marineros y se acercó al poblado maorí dueño de esa región para retener a dos jefes maoríes como rehenes y negociar así la liberación de cuatro prisioneros blancos que había en el poblado. Ambas partes llevaron a cabo el intercambio sin incidencias y el navío continuó su viaje, pero detrás de aquel final aparentemente feliz para todos había una espeluznante historia: la conocida como Masacre del Boyd, que todavía habría de traer consecuencias para los aborígenes.

Boyd era el nombre de un bergantín, un velero de dos palos y velas cuadradas que utilizaban tanto la marina de guerra como la mercante, al igual que corsarios y contrabandistas, por su rapidez y maniobrabilidad. Aunque los había más grandes, el Boyd, botado en Inglaterra en 1783, desplazaba trescientas noventa y cinco toneladas y solía transportar una carga muy particular pero habitual por esas latitudes: convictos. Recordemos que las colonias británicas de Oceanía fueron pobladas básicamente con presos que cumplían allí sus penas y luego tenían la opción de quedarse como colonos.

Retrato de Alexander Berry, el marino que rescató a los prisioneros/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Pero en este caso, el capitán John Thompson había zarpado desde Port Jackson, en Sidney (Australia), para dirigirse a Whangaroa con el objetivo de recoger madera de kauri (Agathis australis), un tipo de conífera autóctona cuyo tronco es muy ancho y de gran resistencia, por lo que se utilizaba mucho, entre otras cosas, en la fabricación de mástiles y vergas. El Boyd llevaba a bordo setenta personas, entre marineros, oficiales y algunos pasajeros (exconvictos y gente que regresaba a su Nueva Zelanda natal desde Australia). Precisamente el hijo del jefe maorí de Whangaroa se había enrolado como tripulante y llevaba un año de vida en la mar en varios barcos. Aunque todos le llamaban George, su verdadero nombre era Te Ara y estaba entre los que volvían a su tierra, pero pagándose el pasaje con trabajo. Sería el desencadenante de los trágicos acontecimientos.

Se desconoce la causa exacta, pues hay varias versiones. Según una, el cocinero, al arrojar por la borda la basura, tiró también sin percatarse unas cucharas y luego acusó a Te Ara de haberlas robado para no ser sancionado; otra dice que el maorí se negó a acatar una orden porque estaba enfermo. Sea cual sea la explicación, el caso es que el capitán decidió castigar su desobediencia y mandó azotarle, privándole además de comida. Era una pena frecuente en la dura vida del mar en aquellos tiempos y, de hecho, probablemente el cocinero hubiera recibido una parecida de confirmarse que había perdido los cubiertos. Pero el caso es que Te Ara no era un maorí cualquiera; tenía sangre azul por ser hijo del jefe Te Puhi y consideró aquello una ofensa intolerable.

Cuando desembarcaron en Whangaroa corrió a contárselo a su gente, que ya tenía pocas simpatías hacia los pākehā (forasteros) porque el año anterior unos marineros que habían hecho escala allí habían transmitido una mortal epidemia. Como cabía esperar, la indignación fue generalizada por lo que se consideraba maná, es decir, deshonra, y se convirtió en un clamor el clásico grito ¡Utu!, que significaba venganza. Ésta se sirvió fría, como mandan los cánones: pasaron tres días sin mayor trascendencia pero el último, el jefe Te Puhi guió al capitán, al primer oficial y un equipo de tres hombres hasta la desembocadura del río Kaeo, donde se suponía que abundaba la madera que buscaban; marcharon todos en canoas mientras el Boyd se quedaba fondeado en la bahía.

El abordaje del Boyd por los maoríes disfrazados/Imagen: New Zealand History

De pronto, los maoríes cayeron sobre los británicos y los mataron a todos sin darles tiempo a darse cuenta de lo que ocurría. Los cadáveres fueron llevados al poblado, donde los guerreros llevaron a cabo la ancestral tradición ritual de devorarlos. Esa misma noche se disfrazaron con sus ropas y contando con la oscuridad y la sorpresa como aliadas, abordaron el barco y asesinaron a cuanto marinero encontraron (unos 70). De aquella masacre sólo se libraron cinco tripulantes que lograron encaramarse al trinquete, más la pasajera Ann Morley que viajaba con su bebé y fue apresada en su propio camarote; el grumete Thomas Davis, que se había escondido en la bodega y no fue hallado hasta que se calmaron los ánimos (le perdonaron porque había facilitado comida a Te Ara de forma clandestina durante su castigo); y una niña de tres años llamada Betsy Broughton.

Los cinco marinos del mástil creyeron ver una oportunidad al ver acercarse una gran canoa de otra tribu: era la del jefe Te Pahi, que venía desde Rangihoua para comerciar con Whangaroa. Te Pahi mantenía buenas relaciones con los blancos, habiendo recibido de ellos una medalla y una casa estilo occidental por haber permitido levantar una iglesia en su tierra, así que rescató a los marineros. Pero los asaltantes se percataron e iniciaron una persecución. Les alcanzaron y Te Pahi desembarcó a los británicos en la playa, obligado por los perseguidores. Aquellos desgraciados echaron a correr por la arena pero fueron rápidamente cazados. Sólo dejaron vivo a uno, el segundo oficial, para que les enseñase a hacer anzuelos; después corrió la misma suerte que los demás: muerte y canibalismo.

A continuación, los maoríes trataron de remolcar el barco pero encalló en unos bajíos cercanos a la isla de Motu Wai. Entonces lo saquearon y en la bodega encontraron un cargamento de mosquetes y pólvora. En medio del pandemónium organizado, en el que los guerreros tiraban y esparcían por el suelo cuanto encontraban, el suelo quedó lleno de pólvora esparcida y el jefe Piopio trató de cargar una de las armas. Se prendió una chispa y una tremenda explosión, que mató al jefe instantáneamente junto a otros nueve maoríes, originó un incendio. Entre el maderamen y los barriles de aceite de ballena que también había a bordo, las llamas terminaron enviando a pique al Boyd.

La explosión del Boyd (Louis John Steele)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tres semanas más tarde, en cuanto se supo lo ocurrido, el City of Edinburgh acudió al rescate, tal como contábamos al principio. El capitán también recuperó la documentación del buque siniestrado y los huesos de los marineros devorados, en los que se apreciaba el horror de las marcas del canibalismo. Como explicó en una carta al gobernador, consciente de que si intentaba llevarse a los jefes retenidos para juzgarlos provocaría una guerra, los liberó limitándose a exigir que fueran destituidos aún sabiendo que no le harían caso; gracias a ello, en efecto, los maoríes no presentaron batalla.

Curiosamente, los británicos rescatados parecían abocados a un mal destino. Tras una serie de tormentas que obligaron al City of Edinburgh a variar su rumbo y recalar en Lima, Ann Morley murió en esa ciudad. Su hijo y la otra niña serían devueltos a Sidney en 1812 (Betsy, por cierto, se casaría con un famoso explorador australiano, Charles Throsby). Por su parte, Thomas Davis regresó a Inglaterra, se convirtió en marinero profesional… y se ahogó en un naufragio en 1822. El mismo City of Edinburgh terminó hundiéndose a la altura de las Azores al poco de los hechos.

Te Pahi/Imagen: Antique Print & Map Room

Pero aún falta un siniestro epílogo a este episodio. En 1810, cinco buques balleneros arribaron a Rangihoua, la tierra del jefe Te Pahi, para vengar el trágico final de sus colegas del Boyd. Lamentablemente confundían a Te Pahi con Te Puhi, el jefe de Whangaroa y verdadero responsable de la matanza. Los marineros exterminaron a más de medio centenar de maoríes y saquearon el lugar, resultando herido el propio Te Pahi; percatándose del porqué del error de sus agresores, se ofreció a llevar a cabo una incursión contra Whangaroa y en ella perdió la vida. La medalla que le había regalado el gobierno fue robada y no se supo de ella hasta que reapareció en 2014 en una casa de subastas de Sidney.

Aquella parte de la costa se consideró maldita por todos: los maoríes le dieron consideración de tapu (o sea, tabú, prohibido) al pecio del Boyd mientras que los blancos ni se acercaron por allí durante años. Además, las dos tribus quedaron enemistadas hasta que tiempo después un célebre misionero llamado Samuel Marsden consiguió que volviera la paz.

Fuentes: The world, the flesh and the devil. The life and opinions of Samuel Marsden in England and the Antipodes, 1765, 1838 (Andrew Sharp)/This horrid practice (Paul Moon)/Race and identity in the Tasman world, 1769–1840 (Rachel Standfield)/New Zealand History/Wikipedia