Arqueología

Huesos oraculares, el singular soporte de la primera escritura china

Huesos oraculares, el singular soporte de la primera escritura china 7 octubre, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Una escápula con escritura/Foto: Herr Klugbeisser en Wikimedia Commons

Hace unos días, en el artículo dedicado a la protoescritura neolítica hallada en caparazones de tortuga, reseñábamos su parecido con los huesos oraculares de la China de los Shang. Pero es posible que algún lector se haya quedado con la duda y le surjan las correspondientes preguntas: ¿qué eran exactamente esos objetos? ¿En qué período cronológico se sitúan? ¿Cuál era su procedencia? ¿Y su utilidad?

Aunque se llamen huesos, en realidad incluyen también plastrones (caparazones de tortuga), como vimos, si bien es cierto que predomina el material óseo y, más concretamente, los omóplatos (aunque no faltan bóvedas craneales, costillas…) de ganado bovino, ovino, equino y porcino, así como animales salvajes e incluso algún caso humano aislado. Probablemente de ejemplares sacrificados por motivos religiosos. Lo verdaderamente curioso e interesante, más allá de su vasta edad de varios miles de años, está en que se usaron como soporte para escritura en una época en que aún no se había inventado el papel ni nada parecido. Por tanto, se puede decir que en esencia los huesos oraculares son documentos escritos.

Un plastrón inscrito/Foto: BabelStone en Wikimedia Commons

Los primeros documentos escritos de China, puesto que los incisos en cerámica son anteriores pero no utilizan un lenguaje articulado. Aquí sí, aunque en un sistema ideográfico de unos cuatro mil caracteres (de los que se han descifrado tres mil) con los que se narran rituales mágicos y pirománticos plasmados con pincel, a veces con grabado previo y tras pulir la superficie. La piromancia era el arte de la adivinación (de ahí lo de oracular) a través de la interpretación de colores, del chasquido de los huesos al calentarlos o de la forma que adoptan las llamas; los pictogramas imitaban la forma en que quedaba el hueso tras la quiebra y éste era enterrado en una fosa ad hoc. Si bien encontramos esta forma de augurio en el mundo clásico (en la antigua Grecia la practicaban las sacerdotisas de Atenea y Hefestos), su relación con los huesos en China era una tradición que se remontaba ya al Neolítico.

Escápula con agujeros producidos por calor para la adivinación piromántica/Foto: Wikimedia Commons

Para situarnos, tenemos que ir hasta el valle del Río Amarillo, una zona comprendida entre la mitad norte de la actual provincia de Henan y la mitad sur de Hebei, la parte occidental de Shandong, la zona más al norte de Anhui y el noroeste de Jiangsu. Ése era el territorio que estaba bajo el dominio de la dinastía Shang, también llamada Yin, considerada la segunda de la historia de China y la primera de existencia documentada, ya que de su predecesora, la legendaria Xia, no hay textos y sólo el registro arqueológico permite identificarla con una cultura del bronce postneolítica.

Los Shang, que habrían derrocado y suplantado a los Xia gracias a su superior grado de civilización -fundamentalmente el perfeccionamiento de la agricultura-, tienen como una de sus señas principales los huesos oraculares, siendo pues los inventores de la forma de escritura china más antigua que se conserva. Se han encontrado unas doscientas mil piezas con esos signos arcaicos inscritos con el referido carácter profético (con un esquema que se repite: pregunta, respuesta y confirmación del resultado), que proporcionan a los investigadores valiosa información sobre aspectos de aquella cultura: política, economía, arte, religión, etc.

Área de influencia de la dinastía Shang/Imagen: Kanguole en Wikimedia Commons

Pese a que ese material se elaboró sólo en los últimos dos siglos y cuarto del período Shang (hace unos tres mil doscientos años), resulta de gran valor porque ha proporcionado una genealogía completa de la dinastía, que tuvo treinta mandatarios. No obstante, la datación es algo confusa, ya que los historiadores no coinciden en la concreción de la fecha en que los Shang fueron sustituídos por la siguiente dinastía, la de los Zhou; se suele situar ese momento en torno al año 1122 a.C., por lo que los huesos oraculares se situarían entre los siglos XIV y XI a. C. aproximadamente, poniendo como fecha máxima el año 1050 a.C.

De hecho, la mayoría de las piezas desenterradas corresponden al reinado de Wo Ding, el quinto de la lista, extendiéndose hasta el de Di Xin, el último. Antes de esos personajes no hay huesos oraculares -o no se han encontrado aún- y después son muy escasos, casi testimoniales, porque los augures cambiaron de técnica y adoptaron la adivinación mediante semillas de la hierba milenrama y, sobre todo, la consulta del I Ching (un libro cosmogónico del que se extraían las predicciones combinando los guarismos de un sistema numérico con otros aritméticos y geométricos escritos en los sesenta y cuatro hexagramas de sus páginas).

Otro ejemplo de hueso oracular/Foto: Vassil en Wikimedia Commons

Eso hizo que los huesos oraculares cayeran en el olvido durante los siglos siguientes y hubo que esperar al XIX de nuestra era para que, como pasa tantas veces en arqueología, una casualidad permitiera recuperarlos de la destrucción. Fue un alto funcionario de la dinastía Quing llamado Wáng Yìróng el que en 1899, enfermo de malaria, preparaba en casa la correspondiente medicina ayudado por su amigo Liú É. El remedio tradicional para esa enfermedad consistía en hacer el fármaco triturando lo que se conocía popularmente como huesos de dragón, que podían adquirirse en cualquier mercado.

Los huesos de dragón eran hallados y desenterrados en las tierras de labranza por los campesinos, que los vendían como tales para la citada función farmacológica o para mantener el filo de espadas y otras armas. El caso es que, durante la molienda de los huesos, Wáng Yìróng y Liú É, ambos eruditos, se percataron de que algunos tenían incisos unos caracteres que le parecieron muy similares a los que habían visto en viejas placas de bronce. Tras estudiarlos durante un tiempo, Liu É publicaría un libro sobre el tema que abrió la puerta a su consideración científica.

Wang Yirong/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Se realizaron docenas de campañas arqueológicas y los académicos recorrieron los mercados comprando huesos de dragón (que a veces resultaban ser falsos). La principal cantera se localizó en Anyang, donde el arqueólogo chino Li Ji encontró entre 1928 y 1937 cerca de veinte mil ejemplares que arrojaron mucha luz sobre los Shang no sólo por los textos en sí sino también porque permitieron descubrir los primeros vestigios materiales de esa dinastía en Xiaotung, y Yin Shu, más allá de las inciertas referencias documentales de las Memorias históricas del cronista Han Sima Qian. Hoy forman el grueso de la colección de la Academia Sínica de Taiwán, que posee aproximadamente el diez por ciento del total existente.

Fuentes: Breve historia de la China milenaria (Gregorio Doval Huecas)/Los orígenes de la escritura (Wayne M. Senner)/This is China. The first 5.000 years (Haiwang Yuan)/Chinese history. A manual (Endymion Porter Wilkinson)/Oracle bones. A journey through time in China (Peter Hessler)/I Ching. The Oracle (Kerson Huang)/Wikipedia/

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