Guerra Negra, el exterminio de los aborígenes de Tasmania

Combate entre colonos y aborígenes.

Hace unos días, en el artículo sobre el Tratado de Batman, veíamos cómo su protagonista, el hacendado australiano John Batman, había pasado unos años en Tasmania y tomado parte en lo que se llamó la Guerra Negra. Fue ésta una campaña de los colonos británicos contra los aborígenes, que se desarrolló aproximadamente a lo largo de cuatro años de la primera mitad del siglo XIX y que supuso no sólo el imaginable expolio de sus tierras sino una implacable cacería humana.

En realidad no se trató de una guerra en sí, ya que no hubo una declaración formal, sino de una serie de conflictos entre ambos bandos que con el tiempo fueron acrecentándose en cantidad y gravedad hasta desembocar en una contienda abierta. De hecho, es difícil establecer en qué momento empezaron los roces, aunque lo lógico sería retrotraerse al año en que llegaron los blancos a la isla. Tasmania, un pedazo de tierra situado en el extremo sur de Australia, estaba habitada desde la Prehistoria pero no fue descubierta por el mundo occidental hasta que el navegante holandés Abel Tasman la avistó en 1642, bautizándola con el nombre de Anthoonij van Diemenslandt en honor del gobernador general de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Por eso los británicos, que llegaron en 1803, la llamaban Tierra de Van Diemen.

Situación de Tasmania, al sur de Australia/Imagen: TUBS en Wikimedia Commons

Por supuesto, ya antes fondeaban allí barcos y sus tripulaciones bajaban a tierra comportándose con la agresividad abusiva propia de la época con los nativos, a los que cazaban como esclavos. De ahí que desde el primer momento la llegada de los intrusos fuera vista con suspicacia en la isla, en la que vivían entre dos y cuatro millares de tasmanos. Sin embargo la coexistencia se sobrellevó hasta ese citado 1803, en que un destacamento británico llegó para fundar un penal (Londres solía enviar a sus convictos a Australia como colonos). Ya no se trataba de visitantes eventuales sino permanentes y, tras una serie de enfrentamientos menores y esporádicos pero cada vez más frecuentes, al año siguiente se registró el primer incidente serio: las autoridades locales reportaron un ataque de los indígenas a la colonia de Risdon, teniendo que ser rechazado abriendo fuego de mosquete y artillería.

La escaramuza no fue especialmente cruenta según algunas fuentes que hablan de sólo dos víctimas mortales entre los atacantes más algunos heridos, pero otras elevan la cifra hasta el medio centenar y designan los hechos como la Masacre de Risdon. En cualquier caso, se había terminado la coexistencia para abrir ese tipo de puerta que luego resulta difícil cerrar, pues los damnificados respondieron atacando granjas y viajeros.

Y todo por un motivo que podría parecer bastante absurdo a ojos de hoy: la caza del canguro por parte de los colonos, ya que los nativos consideraban a ese animal de su propiedad al constituir la base de su alimentación. Claro que ésa sería la chispa (que no es poco, los recursos alimentarios al fin y al cabo); estaban también los malos tratos, el secuestro de mujeres (únicamente había una blanca por cada dieciséis hombres) y el apropiamiento de tierras en las que se soltaban grandes rebaños de ovejas y vacas (y hablamos de decenas de miles de reses).

Las tribus de Tasmania a a llegada del hombre blanco/Foto: MartyMan en Wikimedia Commons

Este último factor se produjo sobre todo a mediados de la década de los veinte y coincidió con un editorial de prensa del Colonial Times and Tasmanian Advertiser en el que se incitaba a la autodefensa como primera ley de la Naturaleza, en referencia a los más de cincuenta ataques de los aborígenes, y exhortaba al gobierno a tomar medidas contra ellos o si no serían «cazados como animales salvajes y destruidos». El texto continuaba proponiendo su deportación a la vecina y pequeña isla King, que tenía poco más de un millar de kilómetros cuadrados y serviría para «civilizarlos», pues la alternativa era acabar con ellos o mandarlos a Nueva Holanda (Australia Occidental), donde también tendrían un oscuro destino.

Eso fue en diciembre de 1826 y no se concretó. Pero como las cosas no cambiaron, seguían produciéndose conflictos porque cientos de británicos seguían llegando a Tasmania como una ola imparable que además iba adueñándose de todo. A finales de 1828 el recién llegado gobernador George Arthur, que había tratado de desarrollar una legislación que protegiera a las tribus creando incluso instituciones regidas por ellos, vio superados sus bienintencionados propósitos por la vorágine de violencia desatada, que se cobró la vida de seis colonos y dio lugar al citado editorial.

Arthur tuvo que transigir y dividió Tasmania en dos, ordenando la expulsión de los nativos de las zonas ocupadas por los blancos, lo que en la práctica significaba empujarlos hacia el interior porque los nuevos asentamientos británicos se erigían en la costa. Tan sólo se les permitiría acercarse una vez al año para poder pescar y con salvoconducto; cualquier otro intento de pasar la frontera significaría la muerte inmediata a manos de los trescientos soldados que vigilaban desde catorce puestos.

El gobernador Sir George Arthur/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero la medida sólo fue eficaz un tiempo; reventó en pedazos entre el verano y el otoño, cuando fueron asesinados quince colonos, con el agravante de que por primera vez había mujeres y niños entre las víctimas. El gobernador decretó la ley marcial, lo que significaba que las patrullas armadas podían detener a los indígenas que encontraran sin necesidad de orden judicial, autorizándoseles a disparar si se resistían aunque puntualizando que sólo como medida extrema. Nadie se imaginaba que aquella situación duraría tres años nada menos.

Evidentemente y pese a las instrucciones recibidas, el uso de las armas de fuego fue el primer recurso durante el año largo en que se puso en práctica y, unas veces como represalia por ataques nativos y otras porque sí, abundaron los asaltos por sorpresa a poblados que terminaban en matanzas. Tanto así que en febrero de 1830 el mandatario tuvo que ofrecer una recompensa de cinco libras esterlinas por cada adulto apresado con vida (dos libras en caso de menores). Pero el honesto próposito de la medida tampoco resultó porque impulsó a los colonos a salir a la caza de prisioneros para cobrar el dinero, con lo cual se hizo necesario emitir una nota aclaratoria indicando que se pagaría sólo por los nativos detenidos en acciones armadas.

Representación de la proclamación de igualdad de 1830/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y mientras, en golpes y contragolpes por ambas partes, la sangre seguía regando el suelo insular. Y si desde el inicio de la ley marcial hasta la primavera de 1830 habían muerto cincuenta blancos (más sesenta heridos) por unos doscientos nativos, con la prensa exigiendo su exterminio total mediante cualquier método (se habló de ofrecerles comida envenenada, de lanzarles perros de guerra o incluso traer maoríes desde Nueva Zelanda para que acabasen con ellos), en esa última fecha el gobernador, que había proclamado la igualdad jurídica de blancos y negros -más teórica que práctica-, encargó la formación de un Comité de Aborígenes. Presidido por el archidiácono William Broughton, su misión era establecer el porqué de la hostilidad indígena y cómo tratarla. Se concluyó que habían perdido el sentido de inferioridad y era necesaria una operación a gran escala, compatibilizándola con las recompensas.

Por supuesto, en la práctica era imposible determinar la razón de los arrestos a nativos, así que George Arthur ideó una operación para evitarlo: la Black Line (Línea Negra). Consistía en un cordón humano formado por unos dos mil doscientos soldados y civiles que avanzarían desplegados de Este a Oeste a lo largo de trescientos kilómetros para arrinconar a los tasmanos en la península de Tasma, la lengua de tierra que se adentra en el istmo de Eaglehawk Neck, donde quedarían recluídos manteniéndose a salvo con sus costumbres y lengua.

La campaña no dio el resultado previsto por insuficientes efectivos, la mala metereología y el complicado terreno, elementos que permitían a los indígenas -que apenas serían tres centenares- saltarse la línea. No obstante, el desgaste había sido excesivo para sus limitados y endebles recursos hasta el punto de que habían ido apartando los ataques a colonos para sustituirlos por saqueos y robos de comida, por lo cual finalmente aceptaron negociar su traslado a otra isla; no a King Island, como había sugerido el periódico, sino Flinders, que era algo más grande (no mucho más, mil trescientos treinta y tres kilómetros cuadrados).

Aborígenes tasmanos atacando a pastores blancos (Samuel Calvert)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La rendición se hizo ante el predicador George Augustus Robinson, un hombre en el que los aborígenes confiaban por su humanidad, a partir de 1831. Se entregaron poco a poco doscientos veinte tasmanos que en el verano del año siguiente fueron llevados a su destino insular, poniendo fin a la Guerra Negra. Claro que para ellos la cosa no resultó tan bien como esperaban. En poco más de doce meses las enfermedades -la gripe, fundamentalmente- habían reducido su número a la mitad. Charles Darwin, que visitó Tasmania en 1836 durante su famoso viaje a bordo del Beagle, dejó un relato de aquel episodio histórico justificándolo y presentándolo como algo inevitable, aunque no por ello dejase de ser lamentable.

Cosas de la mentalidad decimonónica, que llevaron a todo un socialista utópico como H. G. Wells a escribir en su novela La guerra de los mundos unas frases estremecedoras: «Debemos recordar lo que la destrucción implacable y completa de nuestra propia especie ha causado, no sólo de animales, como los desaparecidos bisontes y dodos, sino también de sus propias razas inferiores. A pesar de su apariencia humana, fueron barridos por completo de la existencia en una guerra de exterminio librada por inmigrantes europeos en el espacio de cincuenta años».

George Augustus Robinson/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

El caso es que los últimos nativos exiliados se concentraron en Wybalenna, un extremo de la isla Flinders ahora llamado Settlement Point. En 1847, cuando lo abandonaron para dirigirse a Oyster Cove, apenas quedaban catorce familias, unas cuarenta y siete personas, de las casi trescientas recluidas. En ese tiempo se les había sometido a un proceso de aculturación, obligándoseles a vestir a la manera occidental, a asistir a clase y a aprender oficios rurales. Como suele suceder, no hay unanimidad a la hora de catalogar la Guerra Negra como genocidio.

Fuentes: Van Diemen’s Land. An aboriginal history (Murray Johnson e Ian McFarlane)/Colonialism and genocide (Dirk Moses y Dan Stone)/Perfil de Indoamerica de nuestro tiempo (Alejandro Lipschutz)/Van Diemen’s Land. A History (James Boyce)/The last man. A british genocide in Tasmania (Tom Lawson)/Frontier conflict in Van diemen’s Land (Nicholas Patrick Clemens)/Wikipedia