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El día que llovió carne sobre Kentucky

El día que llovió carne sobre Kentucky 13 septiembre, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Imagen: Redbubble

Al anochecer del 3 de marzo de 1876 la señora Crouch estaba con su nieto fabricando jabón en el jardín de su granja, a dos millas de Olympian Springs (condado de Bath, Kentucky), cuando asistió a un insólito espectáculo: de pronto, a su alrededor empezaron a caer del cielo trozos de carne sanguinolenta. El inaudito fenómeno duró algunos minutos y luego se acabó tan misteriosamente como había empezado, despertando la estupefacción en el vecindario. No es una leyenda porque el diario The New York Times publicó el correspondiente artículo a la semana siguiente, bautizándolo en su titular como The Kentucky Meat Shower (La ducha de carne de Kentucky) y otros medios de comunicación también se hicieron eco del caso.

La lluvia adopta multitud de variantes según sus características y orígenes. Hay lluvias convectivas, orográficas y ciclónicas; hay lloviznas, chubascos y aguaceros; hay rocío y hay monzones; hay lluvia negra y dorada e incluso, si atendemos la canción, lluvia de hombres. Pero una lluvia de carne, aunque tendría algún vínculo conceptual con el tema de The Weather Girls, estaría más cerca de una escena de película gore tipo Posesión infernal que de la realidad. Es cierto que a veces también llueven otras cosas raras, como ranas o sangre, que enseguida desatan fervores bíblicos. En cualquier caso, seguramente la señora Crouch no fabricó jabón suficiente para aquel día.

Imagen: Memolition

Su propiedad, desde el césped a la valla de madera que lo circundaba, quedó sembrada de tan anómalo producto, que aparecía en pequeños pedazos de unos cinco centímetros, aunque algunos eran el doble de grandes. Parece ser que los Crouch no se tomaron la molestia de limpiar aquello, de manera que a la mañana siguiente, cuando la gente acudió a verla, la carne ya estaba reseca tras pasar toda la noche a la intemperie. Algunos de los curiosos, no muy escrupulosos, incluso se atrevieron a probarla y opinaron que era de cordero o venado; luego, un cazador local llamado Benjamin Franklin Ellington también hizo una cata y la identificó como de oso. Otro que se sumó al festín fue el perro de la familia que, por cierto, enfermó.

Lo cierto es que nadie parecía tener claro a qué animal correspondía, ya que un científico llamado Leopold Brandeis tomó algunas muestras, las metió en glicerina para conservarlas y se las llevó para analizarlas. Su conclusión, publicada en The Sanitarian y Scientific American, fue que no se trataba de carne sino de un género de cianobacterias procariontes (lo que antaño se conocía como algas verdeazuladas) de la familia Nostoc que a veces presentan formas redondeadas de color parduzco. Al mojarse se hinchan formando una masa gelatinosa translúcida y durante mucho tiempo se creyó que caían con la lluvia o el granizo, de ahí que recibieran bonitos nombres populares como jalea de estrella, mantequilla de la bruja y similares.

Cianobacterias/Foto: Christian Fischer en Wikimedia Commons

Brandeis concretó que la especie era Nostoc carneum, que, en efecto, se había inflado al caer con la lluvia y que la confusión se debía al tono carnoso que había adquirido, haciendo honor a su nombre. Pero había un problema: aquel crepúsculo no llovió. Según todos los vecinos fue una noche de cielo despejado y la carne cayó, dijo la señora Crouch, como lo hacían los copos de nieve, aunque en un área muy concreta de unos noventa por cuarenta y seis metros. Por tanto sí que había llegado del cielo; no podía ser Nostoc.

Por suerte, Brandeis había enviado algunas muestras a la Newark Scientific Association, donde su presidente, el dr. A. Mead Edwards, y el dr. Allan McLane Hamilton la analizaron y llegaron a la conclusión, tal como expusieron en Medical Record, de que se trataba de tejido pulmonar de caballo o de bebé humano, cuya estructura era muy parecida (con los limitados medios de entonces, basados en la textura y con el concepto de ADN aún incipiente -se formularon sus bases apenas ocho años antes-). En un artículo de The American Journal of Microscopy and Popular Science, el histólogo J.W.S Arnold, que pudo estudiar aquellas muestras con más profundidad, refrendó lo expuesto por sus colegas identificando tejido pulmonar y muscular, además de cartílago, procedentes de algún tipo de animal.

Una de las muestras conservadas/Foto: Scientific American

La posible respuesta al misterio fue propuesta por el dr. L.D. Kastenbine en el Louisville Medical News tras someter una muestra a calentamiento por fuego y percatarse del olor a cordero. Con su trabajo solucionó dos enigmas en uno, pues aparte de la naturaleza de la carne estaba otro que, visto lo visto, suscitó menos interés: cómo había caído del cielo. Al fin y al cabo hablamos de una época en la que aún no había aviones (el vuelo seminal de los hermanos Wright no llegaría hasta 1903) y no parecía probable que un globo volase de noche, aparte de que nadie vio ninguno.

Kastenbine explicaba en su artículo algo que un viejo agricultor de Ohio le había contado: a veces, en determinadas circunstancias, los buitres regurgitan en pleno vuelo parte de lo que han comido y todavía no digirieron, como tendones, huesos, grasa… Normalmente ocurre al sentir alguna amenaza, pues así pierden peso en un momento y pueden escapar con mayor ligereza; lo hace uno y los otros le imitan. El vómito es empujado por el viento y tiende a concentrarse en un punto; los trozos se aplanan por la presión del choque contra el suelo.

Un buitre cabecirrojo/Foto: Gabriel Pérez Salazar en Wikimedia Commons

Lo irónico de todo esto es que los lugareños ya habían aventurado esa teoría, pues en Kentucky hay dos especies de buitre, el negro americano comúnmente llamado zopilote (Coragyps atratus) y el cabecirrojo o gallipavo (Cathartes aura). Los periódicos habían hinchado la noticia hablando de una cantidad de carne como para cargar un carro pero la propia señora Crouch admitió que era mucho menos… aproximadamente lo que podría comer una bandada de aves carroñeras. Carne parcialmente digerida, pues, de ahí que al perro le sentara mal. Al final la ciencia siempre se impone.

Fuentes: The United States of absurdity. Untold stories from American History (Dave Anthony,Gareth Reynolds)/The Great Kentucky Meat Shower mystery unwound by projectile vulture vomit (Bec Crew en Scientific American)/Artículo original de The New York Times/The Monthly Microscopical Journal. Transactions of the Royal Microscopical Society/Wikipedia

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