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Sanajt, el faraón que fue el gigante más antiguo del que tenemos noticia

Sanajt, el faraón que fue el gigante más antiguo del que tenemos noticia 9 agosto, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Vistas frontal y superior/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Sanajt no es precisamente uno de los faraones que se vienen a la cabeza cuando se habla del Antiguo Egipto, a pesar de que resulta fundamental en su historia al ser el primero y fundador de la III Dinastía y, por tanto, el que inició el período conocido como Imperio Antiguo (antes tenemos los períodos Predinástico, Protodinástico y Arcaico). No obstante, ahora podríamos recordarle mucho mejor gracias a un curioso trabajo científico publicado en la prestigiosa revista médica The Lancet: Sanajt podría haber sido un gigante de su época.

En la sección Diabetes & Endocrinology se puede leer un artículo que firma un equipo de médicos de la Swiss National Science Foundation y la Mäxi Foundation de Zúrich. Lo integran los doctores Francesco M. Galassi, Maciej Henneberg, Wouter de Herder, Frank Rühli y Michael E. Habbicht, todos ellos expertos en especialidades tan fascinantes como paleopatología, neuroanatomía, física antropológica, endocrinología y medicina evolutiva, en el que se explica el trabajo de análisis realizado sobre los huesos de Sanajt y la posibilidad de que estuviera afectado de acromegalia.

Este personaje, cuyo nombre significa fuerte protector, también tenía Nebka como nombre de trono, es decir, el que se ponía oficialmente en los cartuchos, y como tal aparece en las fuentes principales como la Lista Real de Abidos (un bajorelieve del Templo de Seti I) o el Canon Real de Turín (un papiro con una lista de reyes conservado en el Museo Egipcio de la ciudad italiana), aunque los historiadores antiguos se refirieron a él como Nequeroquis (caso de Eusebio de Cesarea) o Nequerofes (caso de Sexto Julio Africano). Otras fuentes sobre su reinado son la Piedra de Palermo (una losa de diorita negra con inscripciones incisas con acontecimientos asociados a faraones), un sello de Elefantina y un relieve en una roca de Uadi Maghara.

Relieve en roca representando a Sanajt/Foto: Captmondo en Wikimedia Commons

Sanajt nació en Menfis en torno al año 2682 a.C. y su coronación tuvo lugar en el 2650 sucediendo a Jasesemuy, que probablemente era su suegro. Según Manetón se mantuvo en el trono dieciocho años -algo muy discutido- de los cuales apenas sabemos que se casó con la princesa Initkates y ordenó expediciones en busca de turquesa, una campaña contra la rebelión de los libios y la inevitable actividad constructora típica de todos los faraones. En ese sentido hay que apuntarle la pirámide de E-Kula, la mastaba de Meidum y, sobre todo, la primera mastaba de Sakkara, base de la famosa pirámide escalonada que erigiría luego su sucesor Zóser (a quien unos egiptólogos consideran su hermano y otros su hijo).

Pues bien, en 1901 una expedición arqueológica que excavaba en el desierto cerca de Beit Khallaf encontró un grupo de tumbas de la III Dinastía, en una de las cuales -la Mastaba K2- yacían los restos mortales de alguien excepcional. Excepcional no por sus hechos, ya que entonces aún no había sido identificado, sino por su tamaño: medía 1,87 metros, una altura muy poco común hace cuatro milenios y medio. Los estudios posteriores atribuyeron el esqueleto a Sanajt, aunque no hay una seguridad al cien por cien porque en realidad aquella no era su tumba original, que se cree que estaba en Abu Roash.

El tamaño sí importa cuando hablamos de antropomorfología referida a tiempos tan lejanos, ya que podría revelar algún tipo de enfermedad que produjera un crecimiento anormal del sujeto. Es lo que pasa con este faraón. Se sabe que, en general, en el Antiguo Egipto las clases altas no eran tales sólo en lo económico y social sino también físicamente, debido a una mejor alimentación generación tras generación. Pero los huesos de Sanajt se sitúan en lo más alto del percentil, con valores extraordinarios.

El Canon de Turín/Imagen: PLstrom en Wikimedia Commons

De ahí la atracción que supuso para la ciencia y el trabajo antropométrico que llevaron a cabo los médicos citados, evaluando las mediciones craneales a partir de artículos anteriores sobre otros individuos y revisando las fotografías disponibles de los restos. Al confrontar los resultados obtenidos con los registrados en dos bases de datos sobre anatomía de antiguos egipcios, tanto plebeyos como de sangre azul, quedó claro que aquel faraón había tenido una estatura anómala, muy por encima de las mayores alturas registradas. El médico y naturalista Charles S. Myers consideraba que la media era de 1,67.

Además, el cráneo presenta ciertas anomalías en la mandíbula, lo que hace sospechar a los autores que quizá sufría de acromegalia, una enfermedad en la que una actividad excesiva de la glándula pituitaria produce un exceso de hormona del crecimiento, haciendo que el sujeto crezca de forma desproporcionada con especial manifestación en cabeza, cara y extremidades, aparte de las afecciones en los órganos internos que pueden llevar al fallo. En el caso de Sanajt sería ligera y no deformó en exceso el resto del rostro. No se sabe con certeza, por supuesto, como tampoco si Sanajt lo sufría desde la infancia, en cuyo caso se llama gigantismo acromegálico, o le empezó ya de adulto.

Vistas lateral y posterior del presunto cráneo de Sanajt/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

La rareza de este mal -entre 40 y 70 afectados por cada millón de habitantes- hace que aquel faraón probablemente fuera el gigante más antiguo del que tenemos noticia, pues en Nuevo México se encontraron restos de uno datados entre 9.500 y 11.500 años atrás pero eso ya sería la Prehistoria. Es obvio que las antiguas leyendas de gigantes tendrían origen en el hallazgo de huesos de personas afectadas por esa enfermedad. En cualquier caso, a Sanajt no le supuso un obstáculo para llegar al poder ni para mantenerlo. Es más, a la vista de los honores funerarios que se le dispensaron parece que tampoco experimentó discriminación ni levantó suspicacias. Y eso que, según los egiptólogos, en el período dinástico temprano se consideraba más estética la estatura pequeña.

Los trabajos con el esqueleto de Sanejt todavía no han terminado y el siguiente paso es intentar hacer un análisis genético, que sería el que confirmaría la hipótesis de la acromegalia. Claro que para ello es necesario conseguir una muestra de ADN en buen estado y a lo mejor no es posible; quizá el hijo de Horus encarnado quiera mantener su secreto, midiera lo que midiera.

Vía: The Lancet

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