Maniotas, los griegos que conservaron su antigua religión olímpica hasta el siglo IX

Antiguo casco de hoplita/Foto: Einsamer Schütze en Wikimedia Commons

Aunque en plena Edad Media el cristianismo ya era la religión oficial en casi toda Europa, aún hubo que esperar un tiempo para conseguir la conversión de algunos pueblos que seguían aferrados a sus creencias ancestrales. El más conocido, quizá, es el vikingo, que empezó a aceptar la nueva fe a partir del siglo VIII aunque no la asumió de forma masiva hasta el XIII y fue precisamente este pueblo el que llevó a cabo una colosal expedición conocida como el Gran Ejército Pagano, destinado a conquistar Inglaterra. Pero en el otro extremo del continente, en Grecia, también hubo un pueblo que permaneció fiel a la religión olímpica y a la que continuaron fieles hasta el siglo IX: los maniates o maniotas.

Maniotas viene de Mani (o Maina), la central de las tres penínsulas del Peloponeso meridional, situada entre el Golfo Lacónico y el Mesenio, y donde está el célebre Monte Taigeto, el que la tradición dice que usaban los espartanos para deshacerse de los recién nacidos con taras físicas o hijos de delincuentes. De hecho, los maniotas, que al igual que los espartanos descendían de la población dórica, pudieron mantener ese legado espiritual gracias en parte a la abrupta orografía, que hacía que su territorio fuera casi inaccesible y, por tanto, quedara bastante aislado. La clásica fiereza de sus guerreros también resultó disuasoria ante las penetraciones foráneas.

El sur del Peloponeso mostrando Laconia/Foto: Wikimedia Commons

Mani ya tiene un papel en la historia desde muy atrás, remontándose su poblamiento al Neolítico. Homero cita esta ciudad en la Ilíada como una de las que aportaron barcos en la campaña contra Troya, ya que sufría el deshonor de que Helena y París pasaran allí su primera noche nupcial. En el período micénico adquirió poder suficiente como para construir un templo en el cabo Tenaro en honor de Apolo que fue una referencia para el culto, pero sería la invasión de los dorios en el siglo XII a. C. la que conferiría a los maniotas un carácter especialmente belicoso, iniciando una expansión a partir aproximadamente del año 800 a.C.

Esparta aprovechó aquel espíritu incorporando a los maniotas a su ejército como mercenarios y, de paso, sacó provecho también del puerto de Gitión. Éste, que había nacido de una colonia fenicia fundada para la recolección de murex (el molusco del que se sacaba el tinte púrpura, muy abundante en la región), se convirtió en la principal base naval espartana. Tras la caída del poder espartano en Leuctra en el año 371 a.C., Gitión quedó en manos de los vencedores tebanos durante un tiempo. Más tarde llegó el dominio macedonio que, pese a terminar controlando Grecia bajo el reinado de Filipo V, no pudo imponerse a la empecinada resistencia de Mani y sus ciudades satélite como Las, Asina o la citada Gitión. Ésta, por cierto, recuperó su estatus de importante base marítima para Esparta bajo el gobierno del rey Nabis, teniendo su protagonismo en la guerra contra la República Romana de finales del siglo II a.C. Los romanos terminaron venciendo ayudados por la Liga Aquea y tomaron la estratégica ciudad.

Concha de murex Haustelum brandaris/Foto: M.Violante en Wikimedia Commons

El consiguiente tratado obligó a Nabis a conceder plena autonomía a las urbes aliadas de Mani, integrándolas en la Koinon Lakonia o Liga Laconia Libre, bajo el control de la citada Liga Aquea. Sin embargo, Nabis reconquistó Gitión en el 192 a.C y la guerra se reanudó hasta su asesinato y el triunfo definitivo de Roma, que invadió el Peloponeso pero, no obstante, concedió cierta autonomía a Laconia. Como Mani había quedado bastante debilitada tras años de lucha, durante un tiempo fue presa frecuente de incursiones de piratas cilicios y cretenses hasta que Pompeyo puso fin a ese problema. En agradecimiento, los arqueros maniotas integraron sus filas en la guerra civil que mantuvo contra Julio César y que, como sabemos, terminó con la victoria de éste.

Pero los servicios maniotas debieron ser lo suficientemente apreciados como para que en la contienda entre Octavio y Marco Antonio el primero también los reclutase. Combatieron contra la flota egipcia en Accio y como premio, el nuevo mandatario y futuro emperador les otorgó el privilegio de ser independientes junto a los demás enclaves lacedemonios, abriendo así un período de esplendor para la Liga Laconia libre. Constaba ésta de veinticuatro ciudades, siendo Gitión una vez más la de mayor importancia a causa de su puerto. Ahora bien, Mani también floreció de forma especial por centrar el comercio del murex con Roma, lo que supuso una gran mejora urbanística: acrópolis, ágora, teatro, baños públicos… Parte de ese patrimonio está hoy bajo las aguas mediterráneas al retroceder la línea costera.

La batalla de Accio (por Lorenzo A. Castro)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commos

Aunque algunos maniotas no se resignaron al dominio romano y se fueron a vivir a las montañas (conservando hasta hoy, por falta de mezcla, cierta pureza de sangre y algunos arcaísmos en su lengua griega), Mani siguió con ese estatus un par de siglos hasta que lo cambió la reforma administrativa de Diocleciano y las invasiones bárbaras empujaron a mucha gente a refugiarse en Grecia. Pero un terremoto sacudió la región en el 375 d.C y Gitión fue destruida. Poco después Mani quedaba integrada en el Imperio Romano de Oriente y como tal sufrió el saqueo de Alarico, que asoló el Peloponeso en su camino hacia occidente. No fue el único bárbaro que los maniotas tuvieron que sufrir porque en el 468 llegaron los vándalos de Geserico, que fueron contundentemente rechazados, y en el 590 el turno correspondió a los ávaros, si atendemos a algunos autores.

Para entonces el Imperio Romano ya era cristiano pero en Mani continuaba vigente la religión griega y por eso se les llamaba helenos, sinónimo de paganos, al igual que también se les dio la denominación de romioi o romanos, como conservadores de la cultura y costumbres clásicas; por supuesto, ello no quiere decir que no hubiera ya iglesias en el sur del Peloponeso, pues se han encontrado restos de ellas correspondientes ya al siglo IV. En el siglo IX, bajo el reinado del emperador bizantino Basilio Augusto el Grande, se extendió la evangelización y con ella la conversión general. En 1250 incluso tuvo su primer obispo.

Bandera de Mani/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pese a todo, los maniotas no perdieron su fiero carácter y formaron uno de los pilares para detener las invasiones eslavas del siglo XIII, al igual que luego resistieron a los otomanos hasta el límite. Pero ésa ya es otra historia.

Fuentes: Hellenistic and roman Sparta. A tale of two cities (Paul Cartledge y Anthony Spawford)/Life in Mani today. The road to freedom (Mickey Demos)/Mani. Travels in the Southern Peloponnese (Patrick Leigh Fermor)/Lost capital of Byzantium. The history of Mistra and the Peloponnese (Steven Runciman)/Wikipedia