La Carretera del Karakórum, la autopista del techo del mundo

Foto: Anthony Maw wn Wikimedia Commons

Ya hubieran querido Danny Dravot y Peachy Carnaham, los inolvidables protagonistas de El hombre que pudo reinar, haber dispuesto en sus tiempos de la KKH (Karakoram Highway) para moverse con mayor facilidad por aquellas agrestes tierras que circundan el Himalaya y llegar desde la India británica hasta el Kafiristán que estuvieron a punto de conquistar.

Lo cierto es que, de haber existido realmente en lugar de salir de la imaginación literaria de Kipling (o de John Huston, en su versión cinematográfica), aquel par de bribones habría tenido que esperar un siglo, ya que la novela sitúa sus aventuras en el último cuarto del siglo XIX cuando la carretera no se inauguró hasta 1980. Y eso después de una veintena de años de difíciles trabajos que necesitaron una mano de obra superior a las cuarenta mil personas.

Cuentan que murió una por cada kilómetro, lo que nos da una idea de la complejidad del proyecto -y su trágica dimensión- si se tiene en cuenta que esa vía mide un total de mil doscientos cincuenta kilómetros. Unen Rawalpindi (Pakistán) y Kashgar (China) atravesando el Karakórum (que le da nombre, Karakoram Highway) y el Himalaya, y alcanzando en algunos puntos los cuatro mil setecientos metros de altitud (paso de Khunjerab).

Comienzo de la carretera en Pakistán / foto Kogo en Wikimedia Commons

Precipicios vertiginosos, helados glaciares, puentes colgantes y valles de belleza primitiva van jalonando el camino de los pocos vehículos que se arriesgan a circular por la KKH, la mayoría de gentes locales -incluso autobuses públicos- aunque no faltan viajeros curiosos, ya que el tráfico se abrió a los extranjeros en 1986. Todo ello bajo la presencia abrumadora de dos imponentes ochomiles como el Nanga Parbat y el K2, que llevan milenios contemplando a los humanos hollar sus dominios; y es que por allí pasaba la famosa Ruta de la Seda cuando no había más motor que las patas de camellos y yaks.

Vista de la carretera desde Fort Altit en Pakistán / foto Faizanahmad en Wikimedia Commons

Vigilada a esporádicos tramos por controles militares que deben combatir una costumbre tan antigua como esa caravana, el bandolerismo, lo más temible probablemente siga siendo la climatología, pues una tormenta puede helar el pavimento o cubrirlo de nieve, cuando no bloquearlo directamente con algún alud de barro o piedras, obligando a esperar jornadas enteras a que se despeje el camino y a realizar continuas labores de mantenimiento.

Puesto fronterizo entre China y Pakistán sobre la carretera / foto Shozib ali en Wikimedia Commons

Cada vez hay más valientes que, mochila a la espalda y cámara en ristre, se animan a recorrer la KKH en busca de vivir la experiencia más exótica, sin importarles la coyuntura internacional que convierte esa parte del mundo en una continua zona de conflictos: al fin y al cabo, la carretera serpentea entre las fronteras de sitios «calientes» como Cachemira, Afganistán o el mismo Pakistán.