El masivo desembarco genovés que propició la primera reconquista de Almería

La toma de Almería en un mosaico de la Plaza de España sevillana

Aunque de la larguísima etapa de la Reconquista suele ofrecerse una imagen más bien monolítica y algo simplista, lo cierto es que fue un proceso bastante complejo con períodos de iniciativa por ambos bandos y frecuentes alianzas mutuas, de ahí que se prolongase durante casi ocho siglos. Tiempo de sobra para encontrar multitud de situaciones y episodios que seguramente sorprenderían a muchos lectores. Uno de ellos es el de la participación de ejércitos extrapeninsulares y no hablo únicamente de los musulmanes (en cuyas filas había bereberes, árabes, rifeños, mauritanos y otros cuya llegada se resume en las oleadas iniciales y las posteriores de almorávides y almohades); también hubo combatientes cristianos de otros lugares de Europa y un buen ejemplo lo tenemos en la conquista de Almería por Alfonso VII.

Tras una infancia difícil en la que tuvo que permanecer junto a su madre Urraca I en Galicia, el que era joven soberano de León reclamó sus derechos también sobre Castilla, solventó la oposición de algunos obispos a su matrimonio con Berenguela de Barcelona, aspiró (sin éxito) al trono navarro-aragonés a la muerte de su tocayo y padrastro El Batallador, y sometió a vasallaje los territorios de Zaragoza, La Rioja, Pamplona, Barcelona, Tolosa y sur de Francia (Gascuña, Urgel, Montpellier, Foix…), lo que le permitió recuperar la vieja idea imperial.

Porque a Alfonso VII, rey de León y Castilla, no se le conocía con el apodo de El Emperador por capricho. El que fue primer monarca leonés de la dinastía Borgoña (la que sería luego sustituida por la Trastámara) se coronó Imperator totus Hispaniae haciendo realidad una vieja tradición de sus predecesores, la de la auctoritas ibérica, para dar fuste a su predominancia sobre los otros reinos peninsulares (Portugal, Aragón, Navarra, el condado de Barcelona y varias taifas musulmanas le rendían vasallaje) y continuar la justificación de la legitimidad real como descendiente de la monarquía visigoda.

Alfonso VII (por José María Rodríguez de Losada)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Solucionadas esas cuestiones y bajo la denominación extra de Rex Hispaniarum, tal como cita el Poema de Almería (también conocido como Praefatio Almeriae, un añadido posterior a la Chronica Adefonsi imperatoris), volvió su atención hacia el sur iniciando una serie de incursiones de saqueo contando con aliados musulmanes como Ahmad al-Mustansir Sayf al-Dawla (más conocido como Zafadola), señor de Rueda de Jalón, o Muhammad ibn Mardanis, alias Rey Lobo, otro militar andalusí que, al igual que el anterior, era opuesto a los almorávides. Como el dominio de éstos se derrumbaba irremisiblemente, con ayuda de los citados les arrebató Coria, Jaén y Córdoba. Pero en el año 1146 ocurrió un hecho inesperado que cambió el panorama: la aparición de un nuevo y potente enemigo.

Eran los almohades, que con su rigorista visión del Islam desembarcaron en Algeciras dispuestos a poner fin a la decadencia espiritual en la que habían caído los almorávides, originalmente también severos. Éstos, conscientes del peligro -los recién llegados avanzaban imparables- pactaron una alianza con Alfonso; el objetivo era la conquista de Almería, que había sido ocupada. Pero no era tarea fácil, por lo que se imponían medidas especiales y se solicitó al papa Eugenio III un llamamiento de cruzada a toda la cristiandad. El prelado cumplió y se empezó a constituir una importante coalición internacional en cuyas filas formaban soldados castellanos, aragoneses y catalanes pero también genoveses, pisanos (el pontífice lo era) y franceses.

El papa Eugenio III/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Almería cayó en octubre de 1147, después de tres meses de asedio. Tradicionalmente, las crónicas atribuyen el mérito principal a las tropas ibéricas, sobre todo aragonesas y del Condado de Barcelona. Sin embargo, es interesante ver la versión que da Caffaro di Rustico da Caschifellone, un diplomático, marino, escritor y militar genovés que tomó parte en la campaña y dejó un relato de los hechos. En su obra Ystoria captionis Almarie et Turtuose explica cómo en la ciudad de Génova se celebró un consejo en el que los cónsules, seis de los notables y cuatro populares, «conscientes de la voluntad de Dios y conociendo el deseo del pueblo», atendieron la llamada de la Santa Sede y empezaron a organizar un ejército. Por supuesto, como puede apreciarse, su punto de vista era cristiano y providencialista.

La gente debía aportar fondos con los que financiar armas, tiendas, banderas, bagajes de asedio y provisiones, de manera que en cinco meses se consiguió formar una flota de sesenta y tres galeras más un centenar y medio de otras naves menores. Aquella fuerza arribó al puerto de Barcelona pero una escuadra de quince naves al mando del cónsul Balduino continuó hacia Almería como avanzadilla para contactar con Alfonso VII. Una vez allí resultó que el Emperador no estaba, lo que les dejaba en una situación expuesta, así que enviaron a Otto de Bonvillano en su busca. Lo encontró en Baeza, donde había librado otra guerra con los musulmanes de Jaén tras la que licenció a su gente, quedándose únicamente con una exigua tropa de mil hombres y cuatrocientos jinetes que poco podía aportar.

Busto de Caffaro en Génova/Foto: Daderot en Wikimedia Commons

Mientras tanto los almohades, viendo su superioridad, intentaban arrastrar a Balduino a presentar batalla. Las peticiones de éste para que acudiera el grueso de la flota cayeron en saco roto porque aún se estaba aprovisionando. Quien sí lo hizo fue el Conde de Barcelona, con el que Balduino diseñó una celada: los genoveses fingirían un asalto anfibio desde el mar con parte de sus efectivos para incitar a los sarracenos a salir de sus murallas, momento en que se haría una señal a los catalanes para dejar su escondite al otro lado del río y caer sobre ellos.

Aunque al principio desconfiaron, los exploradores musulmanes no fueron capaces de descubrir a ningún enemigo oculto y se lanzaron sobre los genoveses que desembarcaban. Estos consiguieron aguantar lo suficiente como para dar tiempo al Conde de Barcelona a llegar y sorprender a los atacantes, siendo reforzados enseguida por el resto de las galeras. Los almohades quedaron atrapados entre tres frentes y el mar, sufriendo una descomunal matanza entre los que cayeron en la playa y los que lo hicieron intentando huir entrando en el agua. Caffaro calculó unos cinco mil muertos.

La Almería musulmana/Imagen: Historia y Arabismo

Tras esa victoria se inició el sitio a la ciudad propiamente dicho, con torres, catapultas, trincheras y demás parafernalia. La flota enemiga intentó tres salidas pero fracasó en todas. También la infantería realizo incursiones para tratar de destruir el tren de asedio; sin embargo, el ejército cristiano ya tenía una superioridad numérica demasiado importante y encima fue ampliada con la llegada de Alfonso VII y sus mil cuatrocientos efectivos. Así, los aliados lograron demoler dos torreones y abrir una brecha de dieciocho metros en la muralla. La situación se volvió dramática para los defensores de Almería, que se pusieron en contacto con el Emperador, Armengol VI de Urgel y el rey García Ramírez de Pamplona para pactar un acuerdo.

La oferta era de cien mil maravedíes y otras riquezas a cambio de levantar el sitio, dejando solos a los genoveses. Al enterarse de ello, los cónsules decidieron llevar a cabo un esfuerzo extra mediante un asalto frontal a Almería a la mañana siguiente. Caffaro cuenta que se organizaron en doce compañías de unos mil hombres cada una e instaron al Emperador y al Conde de Barcelona a unírseles, pero que Alfonso «vino sólo a regañadientes, y cuando lo hizo, encontró las compañías genovesas ya armadas en el campo». El ataque se inició «en silencio, sin gritos de batalla» y tres horas después las tropas conseguían entrar en la ciudad.

Vista de la Alcazaba almeriense/Foto: Jebulon en Wikimedia Commons

El cronista relata que «ese día murieron veinte mil sarracenos» y se llevaron «diez mil mujeres y niños a Génova», se deduce que como esclavos. La alcazaba aún resistió otros cuatro días, transcurridos los cuales tuvo que rendirse; para que se respetara la vida de los defensores éstos tuvieron que pagar treinta millones de maravedíes. Otto de Bonovillano, al que se nombró conde de Castilla y León, se quedó como gobernador de Almería con una guarnición de mil soldados mientras las galeras regresaban a Barcelona llevándose una tercera parte del botín. Eso sí, la ciudad sería recuperada por los almohades diez años más tarde y Alfonso, que la intentó reconquistar de nuevo sin éxito, falleció inmediatamente después. Para entonces Caffaro ya había escrito su libro; murió en Génova en 1164.

Fuentes: The Genoese expedition to Almeria (1147) (DRM Peter en De Re Militari)/Caffaro, Genoa and the Twelfth-Century Crusades (Martin Hall)/Christians and Moors in Spain (Colin Smith)/El enemigo en el espejo. Cristianos y musulmanes en la España medieval (Ron Barkai)