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El hombre de Porlock, el misterioso visitante que interrumpió a Coleridge haciéndole perder la inspiración

El hombre de Porlock, el misterioso visitante que interrumpió a Coleridge haciéndole perder la inspiración 13 agosto, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Retrato de Coleridge en 1795, por Peter Van Dyke/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es probable que todos hayamos recibido alguna vez la visita del hombre de Porlock. Al escribir, al estudiar, al trabajar, al hacer cualquier cosa que requiera un poco de atención y creatividad, no es raro que a uno se le vaya el santo al cielo, como se suele decir por aquí. En el mundo anglosajón se habla de una figura cuya intempestiva aparición distrae de lo que se está haciendo y hace olvidar cosas más o menos importantes, metáfora de una visita no deseada, una llamada de teléfono inoportuna o algún suceso en la calle que nos hace despistarnos.

El término hombre de Porlock no es apócrifo. Lo acuñó en 1797 uno de los máximos representantes de la poesía inglesa, Samuel Taylor Coleridge, al vivir una experiencia de ese tipo mientras componía uno de los poemas que simultaneaba con la elaboración de Christabel. Es ésta una larga obra, en verso, de género fantástico, precursora de la temática vampírica que empezaba a ponerse de moda en las Islas Británicas y a lo largo de los siguientes cien años iría dando obras como El vampiro (1819) de John William Polidori, Varney el vampiro o El festín de sangre (1847) de James Rymer y Thomas Peckett Prest, Carmilla (1872) de Joseph Sheridan Le Fanu y Drácula (1897) de Bram Stoker.

La vampira, por Edvard Munch/Imagen: www.edvardmunch.org

Como decia, Coleridge llevaba trabajando dos años en Christabel, pues planeaba que tuviera varias partes, pero al mismo tiempo se metió de lleno con Kubla Khan, pieza que se considera antecedente del Romanticismo por su contenido exótico y su estilo onírico. Obviamente, trataba sobre el famoso caudillo mongol y está considerada una de las obras maestras de su autor, lo cual tiene su gracia por tres motivos: el primero, que en su día fue denostada y no se reivindicó su calidad hasta mucho después; el segundo, que parece ser que la escribió tras un sueño bajo los efectos del opio; y el tercero, que quedó incompleta por culpa del hombre de Porlock.

Según cuenta el propio literato, cuando vivía en la aldea de Nether Stowey había empezado a pasar al papel los versos, inspirado por la lectura de la biografía de Samuel Purchas sobre Kublai Khan, cuando ocurrió el incidente, que narró en tercera persona: “En ese momento, por desgracia, fue llamado por un hombre de negocios de Porlock y entretenido por él durante más de una hora, y al regresar a su habitación encontró, para su sorpresa y mortificación, que aunque todavía conservaba vagos recuerdos, con la excepción de unas ocho o diez líneas dispersas e imágenes todos los demás habían desaparecido como las imágenes en la superficie de un arroyo en el que se ha echado una piedra, pero ¡ay! sin la posterior restauración de estas últimas!”

Colerididge Cottage, la casa del poeta en Nether Stowey/Foto: Daderot en Wikimedia Commons

El relato de Coleridge ha sido interpretado de diversas maneras y hay quien cree que simplemente era una forma de explicar que se le habían pasado los efectos del opio dejándole in albis; en la misma línea, Thomas de Quincey sugiere en su libro Confessions of an english opium-eater (Confesiones de un consumidor de opio) que el hombre de Porlock (o vecino de Porlock o Porlock a secas, como también se suele decir) era el médico del poeta, quien solía suministrarle láudano.

Otros creen, en cambio, que sólo se trata de una expresión literaria para explicar por qué Kubla Khan se quedó en sólo cincuenta y cuatro versos de los trescientos previstos; o sea, que perdió la inspiración (o el favor de la musa, por seguir con símbolos). De hecho, no era la primera vez que Coleridge hacía algo así: en el capítulo XIII de su Biographia literaria también hay una carta a un amigo que deja a medias. El caso es que Kubla Khan quedó inconclusa, algo que también le pasó a Christabel pero no por otra visita del hombre de Porlock sino por razones más concretas: el autor barajó varios finales posibles y no fue capaz de decidirse por ninguno. Por eso en 1816 se publicó en un volumen recopilatorio titulado Christabel, Kubla Khan y Los dolores del sueño.

Una plácida imagen de Porlock/Foto: Arpingstone en Wikimedia Commons

Porlock, por cierto, existe. Es un pequeño pueblo del condado de Somerset -no llega al millar y medio de habitantes- situado a ocho kilómetros de Minehead, en la parte suroeste de Inglaterra y vecino de Nether Stowey, donde Coleridge tenía su granja. Asomado al Canal de Bristol, su nombre se ha hecho popular precisamente por la anécdota del poeta, que no fue la única porque sus paseos nocturnos acompañado de su amigo William Wordsworth, otro de los grandes poetas ingleses, llevaron a los lugareños a pensar que eran espías al servicio de Napoleón y llegó a haber una investigación gubernamental para aclarar el asunto. Hoy en día, el sendero por el que hacían aquellas caminatas es uno de los atractivos turísticos y está señalizado como Coleridge Way.

Para rematar la cosa, hay un tercer artista que acredita relación con Porlock. Se trata de William Blake, que alcanzó la fama por sus insólitas pinturas románticas pero también era rapsoda y se inspiró en un rincón local denominado Glenthorne para pasar a verso en su poema Milton una leyenda local, la que cuenta que Jesús habría viajado hasta allí acompañado de José de Arimatea.

Fuentes: The Man from Porlock. Engagements, 1944-1981 (Theodore Russell Weiss y Rene Weiss)/The book of interruptions (David Hillman y Adam Phillips)/Out of Essex. Re-imagining a literary landscape (James Canton)/30 great myths about the romantics (Duncan Wu)/Wikipedia

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