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Yehohanan, la única evidencia arqueológica encontrada de crucifixión en la Antigüedad

Yehohanan, la única evidencia arqueológica encontrada de crucifixión en la Antigüedad 15 julio, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Escena de la película The gospel of John/Imagen: Infinity Now

“Al llegar a un lugar llamado Gólgota (que significa Calavera) dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero él lo probó y no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suertes. Y se sentaron allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron la causa de su condena: Éste es Jesús, el rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda (…) En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio de beber”.

Estos versículos del Evangelio de San Mateo constituyen el testimonio más famoso que conservamos sobre la crucifixión de un reo, una forma de ejecución brutal que, pese a lo que se suele creer, no inventaron los romanos sino que se encuentra en toda la Antigüedad y en muchos sitios del mundo -desde Asiria hasta Grecia, pasando por Persia, Fenicia, Cartago… y a lo largo de los siglos hasta nuestros tiempos-, aunque es cierto que Roma le confirió su característico toque (aprendido de los cartagineses, por cierto). Pero si bien hay referencias al castigo de la cruz en tantas civilizaciones, las pruebas materiales ya son otra cosa y, de hecho, sólo disponemos de las de un único caso: casualmente, las de la muerte de otro judío llamado Yehohanan.

El llamado Grafito de Alexámenos, de tiempos de Marco Aurelio, muestra un crucificado con cabeza de asno en tono burlesco/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Vamos por partes. Lo que le da un carácter especialmente bárbaro a morir en la cruz es el hecho de que se hace de una forma tan lenta como dolorosa. Cortar la cabeza mata más o menos instantáneamente y un ahorcamiento que no se base en la rotura de las cervicales sino en la asfixia colgado de la soga -como se hacía tradicionalmente hasta bien entrado el siglo XIX-, puede tardar un minuto o más (el espectáculo de ver al reo pataleando en el aire era considerado algo infamante, por eso esa pena estaba reservada al pueblo llano y a los nobles les estaba reservada la decapitación). La hoguera era aún peor, aunque la inhalación del humo solía acabar con el sufrimiento antes que las llamas, y el empalamiento requería tal pericia técnica que rara vez se conseguía que el reo agonizara el tiempo previsto.

En realidad el catálogo de horrores en ese sentido es tan amplio que hay libros enteros dedicados a ello y aquí queremos centrarnos en la crucifixión, sistema en el que el condenado podía pasarse varios días sufriendo en medio de terribles dolores provocados por los calambres, la asfixia y el agotamiento antes de fallecer, al margen de la parte humillante (el reo, fuera hombre o mujer, era crucificado desnudo y si estaba tiempo suficiente en la cruz se hacía encima sus necesidades a la vista pública). Por eso en la antigua Roma se reservaba a esclavos, libertos y piratas y rebeldes, quedando los ciudadanos exentos salvo casos excepcionales como la traición.

Un flagrum/Imagen: Rubén Betanzo S. en Wikimedia Commons

Antes de aplicarlo, los romanos azotaban al reo con un flagrum taxillatum, un látigo de tiras cortas hechas de cuero y con bolas de hierro o trozos de hueso o concha trenzados a lo largo de dichas tiras. Los evangelios cuentan que los legionarios también practicaron con Jesús una vieja costumbre de ámbito militar que se hacía en las Saturnalia (las fiestas de fin de año), consistente en disfrazar a un esclavo como a un rey y burlarse de él para después sacrificarlo. Después, el preso tenía que cargar con el patibulum (el travesaño de la cruz, si bien a veces no había y la crucifixión se llevaba a cabo sólo sobre un stipes o poste vertical o incluso en el tronco de un árbol, en lo que se conocía como crux simplex).

El reo podía ser clavado -los clavos no directamente sobre los miembros sino a través de unas tablillas de madera para evitar que se rasgaran piel y músculos- o simplemente atado. A efectos prácticos el resultado era parecido porque en ambos casos se presentaban los mismos problemas para el infortunado: graves calambres musculares por falta de sodio, la posición del cuerpo colgante hacia delante que le ahogaba obligándole a incorporarse para tomar bocanadas de aire, el cansancio de repetir eso una y otra vez, el debilitamiento por la pérdida de sangre que causaba la flagelación…

Cruz commissa/Imagen: Rubén Betanzo S. en Wikimedia Commons

Los verdugos sabían cómo prolongar el martirio (poner un suppedaneum o reposapiés, de manera que el reo pudiera levantarse ligeramente; a veces incluso un sedile o asiento) o acortarlo si era necesario (el crurifragium, que consistía en romperle las piernas de forma que sin poder incorporarse para respirar terminara ahogándose, como se hizo con los ladrones que acompañaban a Jesús porque se echaba el sábado encima, según cuenta el Evangelio de San Juan). En cualquier caso, cada ejecución de este tipo presentaba características propias y las fuentes históricas documentan numerosas diferencias de una a otra en tipo de cruz (conmissa, inmissa, simplex, en aspa…), forma de colocar al reo (atado o clavado, con los brazos abiertos o sobre la cabeza, los pies a cada lado del poste o juntos…), causas finales de la muerte (hipoxia, shock hipovolémico, parada cardíaca, septicemia o todo combinado), etc.

Decíamos que hay referencias a esta pena por parte de varios autores, evangelistas aparte: Tito, Plauto, Tertuliano, Tácito, Séneca, Dionisio de Halicarnaso… La lista es larguísima y habría que destacar, sobre todo, a Flavio Josefo: un historiador judío, fariseo para más señas, que aunque hecho prisionero durante el levantamiento contra el dominio romano consiguió salir bien librado y acabó haciéndose amigo de Vespasiano y ganándose el perdón, gracias a lo cual pudo escribir algunas obras fundamentales para conocer mejor la época.

Cruz simplex/Imagen: Rubén Betanzo S. en Wikimedia Commons

Sin embargo, el registro arqueológico sobre el tema está prácticamente inédito, y eso que se conocen lugares específicos donde se llevaban a cabo crucifixiones, caso del citado Gólgota en Jerusalén o la puerta del Esquilino en Roma; incluso los flancos de la Vía Apia son potenciales yacimientos, teniendo en cuenta que Marco Licinio Craso los “decoró” con cerca de seis mil crucificados (los hombres derrotados del ejército esclavo de Espartaco) a lo largo de dos centenares de kilómetros entre Capua y Roma. Pero hay que tener en cuenta que la madera es un material algo endeble para conservarse (teniendo en cuenta que el emperador Constantino prohibió la crucifixión en el siglo IV, probablemente el destino de las cruces fue acabar como leña) y los clavos -no siempre utilizados, como vimos- solían recogerse como amuletos, pues por su singular uso se pensaba que tenían propiedades mágicas.

Por eso el hallazgo de Yehohanan fue tan importante. Tuvo lugar en 1968, cuando unos obreros que trabajaban en un barrio del norte de Jerusalén llamado Giv’at ha-Mivtar encontraron una antigua tumba. Al examinar el interior, un equipo de arqueólogos del Departamento de Antigüedades de Israel dirigido por Hersell Shanks desenterró un osario bimilenario, una urna de piedra dentro de la que se habían depositado los huesos de un hombre llamado Yehohanan, a juzgar por la inscripción exterior: Yehohanan el hijo de Hagkol. Los posteriores análisis realizados en la Universidad Hebrea desvelaron que pertenecían a alguien que había sido crucificado.

El osario del segundo esqueleto/Imagen: Ilan Shtulman, Museo de Israel

Lo dedujeron porque un largo clavo de hierro atravesaba el hueso del talón, aunque los de las manos o muñecas estaban intactos, señal de que le la crucifixión de los miembros superiores fue atándolos con sogas. Para ser exactos, esto se supo más tarde, en 1985, tras una revisión de los restos llevada a cabo por Joe Zias (conservador de la Autoridad de Antigüedades de Israel) y el Dr. Eliezer Sekeles (del Centro Médico Hadassah), desmintiendo que las laceraciones de los antebrazos reseñadas en 1970 se debieran a clavos, como había propuesto entonces Nicu Haas, de la citada universidad. Eso llevó a sugerir que las crucifixiones en la región se hacían en un único poste vertical, dada la escasez de madera, y algunos especialistas opinan que incluiría el caso de Cristo.

Fue, en suma, un hallazgo revolucionario, único. No se sabe qué delito cometió Yehohanan, que vivió en el siglo I; tan sólo que tendría unos veinticinco años, medía alrededor de 1,67 m. y que sus pies fueron clavados uno a cada lado del stipes con sendos clavos (aunque sólo se conserva uno), tal cual se ve en la foto de cabecera. Además se le quebraron tibias y peronés (el ángulo de las roturas demuestra, además, que las piernas estaban dobladas). Como el clavo se dobló al entrar en la madera (de olivo la del poste y de acacia la de las tablillas intermedias, según los restos hallados en la punta), fue necesario cortarle los pies al reo para descolgarlo cuando murió.

Hueso del talón con el clavo atravesado/Foto: Ilan Shtulman en el Museo de Israel

Tras pasar un año en un sepulcro subterráneo para que se descompusiera el cuerpo, de acuerdo con la tradición judía, se pasaron luego sus huesos al osario. Y en él no estaba solo porque apareció otro esqueleto, de un niño de tres o cuatro años. El arqueólogo israelí Yigael Yadin opina que una segunda inscripción con el nombre Yehohanan es la que se refiere realmente al crucificado, mientras que la anterior corresponde al niño, que sería su hijo.

Así, Hagkol, un nombre muy raro, no sería tal sino que, por similitud cacofónica con palabras similares, significaría “crucificado”. Es decir, que la traducción correcta sería Yehohanan, hijo del crucificado y, por tanto, Yehohanan no identificaría al adulto sino al niño.

Fuentes: A su imagen y semejanza. La historia de Cristo a través del arte (Omar López Mato)/Ancient jewish and christian perceptions of crucifixion (David W. Chapman)/The cross (Rod Parsley)/42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo (Miguel Llorente)/Crucifixion in the Mediterranean world (John Granger Cook)

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