La fea costumbre de dejar grafitis e inscripciones incisas en monumentos históricos no sólo no es nueva sino que, a su vez, también es histórica y, paradójicamente, puede proporcionar interesante información. Lo malo es cuando los dejan turistas mancillando obras milenarias. Ahora bien ¿y los viajeros también son de otra época?

Hay casos muy conocidos de inscripciones que ya forman parte indivisible del propio sitio donde se hicieron, como los encontrados en Pompeya, con insultos y obscenidades preservados gracias a las cenizas acumuladas por la erupción del Vesubio; o los que hizo un vikingo dentro del túmulo de Maes Howe (Islas Orcadas, Escocia) cuando se resguardaba de una tormenta; o los realizados por presos en la Torre del Homenaje de la Alhambra entre los siglos XVIII y XIX. Pero en 2017 se descubrieron unos asombrosos grafitis que rondan los cuatro mil años de edad y que, en efecto, se atribuyen a turistas de antaño.

Se trata de los encontrados en Egipto, en el famoso Valle de los Reyes, ese paraje desértico donde se acumulan hipogeos de la antigua realeza y que constituye uno de los más importantes focos de atracción para los visitantes porque allí está la celebérrima tumba de Tutankamón, entre otras muchas. El caso que nos ocupa es el sepulcro de un faraón posterior, Ramsés VI, aunque parece ser que no es la única con inscripciones improvisadas y se han registrado en al menos una decena más del total de sesenta que hay en el valle.

Fragmento del sarcófago de Ramsés VI/Foto: CaptMondo en Wikimedia Commons

Nebmaatra-Meriamón Ramsés-Amonhirjopshef-Necherheqaiunu, que tal era el nombre completo de aquel personaje, fue el quinto de la XX dinastía, reinando entre los años 1143 y 1136 a.C. tras usurparle el trono a su sobrino Ramsés V. Para entonces el otrora poderoso Imperio Egipcio estaba en abierta decadencia y sólo la figura de Ramsés III descuella un poco por su victoria militar rechazando la invasión de los llamados Pueblos del Mar.

La tumba de Ramsés VI, identificada con el código KV9 y que en realidad también se la arrebató a su predecesor, está justo al lado de la de Tutankamón; pero a diferencia de ésta fue saqueada por ladrones, por lo que en su interior no se ha encontrado más riqueza que la arquitectónica y decorativa. Lo que nadie esperaba era encontrar una sorpresa como la de los grafitis, mérito del equipo del Instituto de Arqueología Mediterránea de la Universidad de Varsovia que trabaja allí.

Mapa del Valle de los Reyes/Imagen: Daily Mail

Aunque en sentido estricto constituyen una muestra de vandalismo histórico, lo cierto es que no les falta cierto valor para comprender mejor el pasado y saber qué pensaban los viajeros de entonces sobre los sitios que visitaban y los personajes enterrados en ellos. El hipogeo KV9 fue elegido para un estudio más a fondo por la cantidad y variedad de inscripciones halladas en sus paredes: cerca de un millar, nada menos, lo que no está mal para una tumba que ronda los cien metros de longitud.

Con semejante número es fácil imaginar que hay de todo, desde mensajes intrascendentes tipo “fulanito estuvo aquí” hasta testimonios más elaborados. “Visité y no me gustó nada el sarcófago” dice uno; “Admiré” declara lacónicamente otro; “No puedo leer los jeroglíficos” se lamenta un tercero. Incluso hay poemas. Y es que, como explica Adam Lukaszewicz, director de las excavaciones, “el Valle de los Reyes ya era un destino turístico en la Antigüedad”.

El hipogeo de Ramsés VI/Foto: A. Lukaszewic en Science in Poland

La mayor proporción de grafitis viajeros corresponde, como cabe imaginar, al período helenístico, ya que en ese segmento cronológico Egipto fue ocupado primero por Alejandro Magno, cuyo general Ptolomeo fundaría una dinastía faraónica, y después por Roma, que convirtió al país del Nilo en su granero, hasta el siglo IV. Por esa razón la mayor parte de los mensajes encontrados están en griego y, menos frecuentemente, en latín. Los autores tenían cierto estatus, pues algunos dejaron constancia de su nombre, procedencia y profesión.

Así, sabemos que entre los firmantes hubo prefectos militares, gobernadores, filósofos (cínicos y platónicos) y médicos. Incluso hay algún nombre conocido, como el del príncipe sasánida Cosroes en el siglo IV d.C. o Amr ibn al-As, el árabe que conquistó Egipto en el VI d.C. tras el colapso romano; este último, además, no se contentó con una pequeña inscripción y dejó letras bien grandes, de veinticinco centímetros. Después, ya en la Edad Media, aparecen testimonios de cruzados.

El Libro de la Tierra en una de las paredes de la tumba/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Según los investigadores, las crónicas nos cuentan que la práctica de visitar monumentos y dejar una reseña se hizo habitual en los siglos siguientes y los propios guías ofrecían a los viajeros sus cuchillos como herramienta de escritura, si bien en otros casos los escritos no eran incisos sino con pintura roja. A menudo incluso se buscaban recodos especiales donde escribir, como el interior de los discos solares, donde las palabras resaltaban más, y sorprende ver algunos a varios metros de altura o en el techo. Los arqueólogos lo explican porque la arena llenó la tumba, facilitando a la gente llegar tan arriba.

Lo más divertido, al igual que pasa hoy en las clásicas puertas de los servicios públicos, es ver cómo algunos grafitis eran contestados por viajeros posteriores, como uno en el que su autor dejó dicho “No puedo leer este escrito” y alguien puso debajo “¿Por qué te importa no poder leer los jeroglíficos? No entiendo tu preocupación”

Los Colosos de Memnón/Foto: JMCC1 en Wikimedia Commons

¿Por qué la tumba de Ramsés VI acumula tantos grafitis? Según explica Lukaszewicz, todo deriva de un error muy común: la confusión de este faraón con el legendario héroe Memnón. Era éste el rey de Etiopía y sobrino de Príamo, soberano de Troya, por lo que colaboró en la defensa de la ciudad ante los griegos hasta que murió a manos de Aquiles. Según el mito, su cadáver fue recogido por los cuatro vientos, que son los que silban por las grietas de las dos estatuas gigantes que se alzan cerca de Menfis y se conocen como Colosos de Memnón.

Fuente: Science & Scholarship in Poland

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