Cuando Polonia arrebataba territorios a Checoslovaquia antes de ser invadida por Alemania en la Segunda Guerra Mundial

Polonia ha pasado a la historia de la Segunda Guerra Mundial como la primera víctima del expansionismo militar nazi, tras la anexión de Austria y los Sudetes. Sin embargo, la imagen de pacífico país invadido primero por germanos y luego por soviéticos tiene que ser matizada y mucho porque no corresponde con la realidad. Como vimos hace un par de días en el artículo sobre el Intermarium, el gobierno polaco llevaba décadas intentando materializar lo que llamaba Międzymorze, una unión de países de Europa central y oriental con el objetivo de convertirse en una potencia continental y, de paso, debilitar a sus vecinos rusos. Asimismo, no tuvo problema en unirse a Hitler en la tarea de desguazar Checoslovaquia.

Por supuesto, ese despojo no llegó porque sí; obedecía a una serie de reclamaciones territoriales ejercida desde 1918 en la que también participaba una tercera nación, Hungría, y afectaba a las regiones de Silesia Cieszyński, Orawa y Spisz. Eran zonas fronterizas y, por tanto, habitadas por una multiplicidad de etnias, lo que históricamente solía derivar en conflictos. La parte septentrional, los Gorales o tierras altas, que ocupaban la región de Podhale, tenía fuertes vínculos culturales y lingüísticos con Polonia.

Un habitante de los Gorales de cultura polaca (por Gustaw Pillati)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, desde finales del siglo XIX existía un movimiento romántico que reivindicaba su incorporación, aún cuando los habitantes del área carecían de conciencia nacional polaca y, en todo caso, resultaba más influyente la eslovaca; excepto en Orava porque allí la población era mayoritariamente católica y estaba atendida por sacerdotes polacos. Pero cuando terminó la Primera Guerra Mundial la reclamación de Silesia por parte del estado polaco se topó con un rival: Checoslovaquia.

Los checos no sólo estaban interesados por razones históricas sino también por otras de distinta naturaleza. Para empezar, las económicas, ya que Silesia era un lugar de gran riqueza minera e industrial: carbón, hierro, acerías… Algo muy a tener en cuenta para las otras razones, las estratégicas, pues Checoslovaquia estaba en conflicto armado con la República Soviética Húngara (una dictadura del proletariado que apenas duró unos meses de 1919), que trataba de recuperar parte de Eslovaquia; y se daba la circunstancia de que el principal medio de transporte de tropas checas era un ferrocarril que atravesaba precisamente esa región.

Entretanto, para sobrellevar la situación, Silesia estaba regida por dos consejos locales: el Rada Narodowa Księstwa Cieszyńskiego (polaco) y el Czech Národní výbor pro Slezsko (checo). En 1919 y ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo, ambos fueron absorbidos respectivamente por los gobiernos de Varsovia y Praga. Pero los problemas no se limitaban a Silesia.

Mapa de la silesia histórica, a caballo entre Checoslovaquia, Polonia y Alemania/Imagen: Lommes en Wikimedia Commons

En el otoño de 1918 se autoproclamó el Consejo Nacional de Polacos de Orava Superior y unos días más tarde el ejército polaco entraba en Spisz. Tuvo que retirarse en diciembre ante la presión internacional pero no sólo regresó seis meses después sino que se extendió a Orava. No obstante, los polacos tenían que atender dos frentes, ya que también estaban en guerra con Ucrania, y era demasiado para su potencial. Por tanto,tras algunos choques bélicos menores y una promesa de referéndum que nunca se hizo efectiva, Polonia y Checoslovaquia acordaron someterse a un arbitraje.

Éste se llevó a cabo primero en la Conferencia de Paz de París de 1919 y luego en la de Spa (Bélgica) en julio de 1920. El resultado fue que los checos recibían la parte oeste de los territorios en disputa mientras que los polacos se quedaban con la este. Como Varsovia no quedó satisfecha, recurrió al tribunal internacional de justicia del Consejo de la Sociedad de Naciones, que el 12 de marzo de 1924 hizo unos ajustes en el reparto y estableció las que habían de ser fronteras definitivas.

Mapa de Checoslovaquia en 1928/Imagen: Wikimedia Commons

De hecho, son las que se mantienen hasta hoy (aunque Polonia aún reivindica algunos puntos) tras confirmarse en un tratado bilateral el 24 de abril de 1925. Parecía que, al menos en su mayor parte, todo estaba solucionado; pero en unos años se desmoronaría el castillo de naipes con la irrupción de la Alemania nazi. En mayo de 1938 Hitler puso en marcha a sus tropas con el objetivo de anexionarse los Sudetes (una parte de Checoslovaquia de habla germana), cosa que terminó haciendo en septiembre pese a la oposición internacional tras torear diplomáticamente al premier británico Neville Chamberlain.

Los checos se movilizaron para la defensa pero entonces entró en juego un tercer contendiente al acecho: Polonia. El gobierno de Józef Beck no estaba dispuesto a perder la parte del pastel que tanto ambicionaba y que de momento, el 27 de septiembre, se concretó en los ochocientos kilómetros cuadrados y el cuarto de millón de habitantes del distrito silesio de Tesin, después de que las tropas polacas enviasen un ultimátum a Praga exigiendo la entrega y la evacuación de sus hombres.

Otra imagen de la ocupación polaca de Tesin/Foto: World War II in Pictures

Alemania no puso ninguna pega porque así descargaba responsabilidad en otros y dos días después firmaba con Francia, Gran Bretaña e Italia el Acuerdo de Múnich, por el que se le entregaban los Sudetes a cambio de dejar en paz el resto del país… que debería negociar con Polonia y Hungría las reivindicaciones de éstas. Porque los polacos aún recibieron más cesiones el 1 de noviembre (Zaolzie y los alrededores de Lesnica y Skalité), mientras que los húngaros, que también querían su porción, se llevaron la región de Rutenia Transcarpática, que consideraban les había sido arrebatada por el Tratado de Trianon de 1920.

El Acuerdo de Múnich: Chamberlain, Daldier, Hitler, Mussolini y Ciano/Foto: Bundesarchiv, Blid, en Wikimedia Commons

¿Había forma de complicar más las cosas? La había, en efecto, pues los eslovacos demandaban su independencia y el gobierno de Praga tuvo que concederles una amplia autonomía, además de cambiar el nombre del país para que fuera más explicita la doble nacionalidad, pasando a llamarse Checo-Eslovaquia. Todo esto ante la mirada impasible de París y Londres, que se limitaron a acusar a Polonia y Hungría de connivencia con los nazis.

La situación de Checo-Eslovaquia en 1938/Imagen: Druha en Wikimedia Commons

Pero los eslovacos no se conformaron y el 14 de marzo de 1939, apoyados por Alemania, proclamaron la secesión y la creación de la República Eslovaca. Checoslovaquia quedó así desintegrada; lo que restó pasó a ser el Protectorado de Bohemia y Moravia, un estado títere de Alemania, al igual que el eslovaco. Éste contaba con la promesa de protección de Hitler ante las ansias depredadoras de Polonia y Hungría, pero esta última se lanzó sobre ella el 23 de marzo y tras la llamada Pequeña Guerra consiguió arrebatarle millar y medio de kilómetros sin que Berlín moviera un dedo; de nuevo repartía responsabilidades.

¿Y Polonia? No pudo disfrutar mucho de sus logros. Stalin, en parte irritado con Francia y Gran Bretaña por haber sido mantenido al margen del Acuerdo de Múnich, firmó en agosto el famoso Pacto Ribbentrop-Molotov, un acuerdo bilateral de no agresión con Hitler (similar al que había firmado antes con Beck) que en la práctica dejaba a los polacos a merced de Alemania. De hecho, no sólo Alemania. Efectivamente, el 1 de septiembre la Luftwaffe empieza la invasión, terminándola en poco más de un mes, el 6 de octubre.

Pero no fue la única; a la fiesta también se sumaron la Unión Soviética, el día 17 ocupando la parte oriental del país, y un inesperado contendiente más, la República Eslovaca, que envió tres divisiones bajo el nombre de Bernolák para recuperar la zona fronteriza que los polacos se habían quedado tras el Acuerdo de Múnich. Polonia había sembrado vientos y ahora recogía tempestades.

Fuentes: Central Europe. Enemies, neighbors, friends (Lonnie Johnson)/The Slovak–Polish border, 1918-1947 (Marcel Jesenský)/The great powers and Poland. From Versailles to Yalta (Jan Karski)/Wikipedia