Stanley Clifford Weyman, el impostor más descarado del siglo XX

Weyman, haciéndose pasar por militar ante la princesa Fátima de Afganistán/Foto: Library of Congress

Quizá recuerden a Claude Khazizian, aquel jubilado francés que se entretenía colándose en eventos de estado y se fotografiaba junto a los grandes líderes, charlando con ellos como si fuera uno más del establishment y sin que nadie sospechara nada.

O al inefable Thamsanqa Jantjie, el intérprete del lenguaje de signos que se dio a conocer ante las cámaras de todo el mundo durante el funeral de Nelson Mandela inventándose los gestos porque, en realidad, no tenía ni idea.

La impostura no es algo nuevo en la Historia y podemos recordar casos como el del Pastelero de Madrigal, que suplantaba al rey portugués don Sebastián, o la falsa princesa Anastasia a la que delató el ADN.

Pero probablemente el récord de los impostores, aunque sólo sea por insistente, lo tenga el estadounidense Stanley Clifford Weyman.

Weymann dijo una vez una frase que resume de forma tan gráfica como ajustada su existencia: “La vida de un hombre es bastante aburrida. Yo viví muchas vidas. Nunca me aburrí“.

Literalmente porque a su fallecimiento, ocurrido el 27 de agosto de 1960, este inefable individuo había asumido al menos una decena de identidades falsas, algunas verdaderamente atrevidas.

Lo sorprendente es que siempre tenía éxito, pese a que con el tiempo se hizo bastante conocido para las autoridades. Pero era incorregible; un tiempo tras las rejas, salida en libertad y vuelta a las andadas.

Thamsanqa Jantjie junto a Barack Obama/Foto: Daily News

En cierta forma, pertenecía a otro siglo; de hecho, llegó a este mundo en el XIX, el 25 de noviembre de 1890 -lástima que no hubiera esperado un mes para nacer el 28 de diciembre-.

Fue en el neoyorquino barrio de Brooklyn, hijo de una familia modesta que no pudo sufragar sus estudios superiores, razón por la cual Stanley Jacob Weinberg -que tal era su verdadero nombre- tuvo que ponerse a trabajar desde joven.

Al parecer ejerció los oficios más variopintos, pero ya entonces empezaba a practicar ocasionalmente el arte de la impostura aparentando pertenecer a una clase superior.

Nueva York hacia 1900/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Esos primeros escarceos le sirvieron de ejercicio para empezar su verdadera vocación ya en serio en 1910, cuando contaba veinte años de edad y se hizo pasar por cónsul de Marruecos en EEUU. Gracias a ello se pegó una buena vida, cenando de gorra en los mejores restaurantes y agasajado como merecía su cargo, en una época donde no era fácil hacer las comprobaciones pertinentes.

Sin embargo, se trataba de una carrera en un callejón si salida; tarde o temprano tenían que descubrirle y así pasó cuando aprovechó las circunstancias para robar una cámara, terminando arrestado bajo la acusación de fraude y estafa, y pasando un año en un reformatorio.

Ello no sólo no le disuadió sino que le hizo ver lo fácil que resultaba engañar a la gente si uno sabía cómo actuar. Así que con aquel potencial por explotar no tardó en reincidir y en sólo un lustro fingió tres identidades distintas: aparte de la citada del cónsul, asumió la de agregado militar de la embajada de Serbia y después la de teniente de la US Navy.

Ese período acabó con una nueva detención pero, al igual que en el caso anterior, quedó muy pronto en libertad condicional. Para entonces ya utilizaba un nombre falso, el que le hizo famoso: Stanley Clifford Weyman, que le parecía más glamouroso -y menos judío-, si bien a veces se hacía llamar también Stephen Weinberg o de otras muchas formas.

En 1915 pasó a ser cónsul de nuevo, esta vez de Rumanía: el comandante Ethan Allen Weinberg; como se ve, usaba su propio apellido sin tapujos. No obstante, no podía evitar cierta tendencia irreflexiva a autodesenmascararse: tras una visita de inspección al acorazado USS Wyoming , que estaba fondeado en el río Hudson, no tuvo mejor idea que invitar a todos los presentes a una cena en el fastuoso Hotel Astor, que se había inaugurado en 1904 en pleno Times Square y relevaba en prestigio al Waldorf-Astoria de la calle 34, que había sido demolido para construir el Empire State.

El problema es que ese banquete se anunció en la prensa y llamó la atención del FBI (departamento de investigación federal que también acababa de ser creado, en 1908). Los agentes se personaron en el restaurante y se llevaron arrestado a Weyman ante los lamentos de los demás comensales, a quienes había caído en gracia y reclamaban que, al menos, se esperasen a terminar.

El Hotel Astoria de Times Square en 1909/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Fue juzgado y, como era reincidente, condenado a un año de prisión. Salió en 1917 e inasequible al desaliento volvió a adoptar la identidad de un militar pero cambiando de cuerpo, pasándose a la fuerza aérea: Royal St. Cyr, teniente del Army Air Corps, un cuerpo auxiliar. Por lo visto, en esta ocasión fue un sastre militar el que sospechó de él y le denunció, siendo detenido cuando realizaba una inspección en el arsenal de Brooklyn. La cárcel volvió a ser su hogar durante tres años.

Pero ya estaba totalmente metido en esa vida de farsante y en cuanto cumplió la pena se metió en la piel de médico de empresa de una constructora que buscaba un inspector para unas instalaciones sanitarias que hacía en Perú. Se trasladó a Lima y de nuevo pasó a ser un bon vivant que iba de fiesta en fiesta derrochando dinero a crédito: lujosa mansión, dos coches… Cuando éste rebasó su límite la ley cayó sobre él una vez más.

Eso no le detuvo. De regreso a su país embaucó a la princesa Fátima de Afganistán, aprovechando la visita que ésta hacía a EEUU en busca de reconocimiento oficial del gobierno; fue uno de sus momentos álgidos, como veremos.

Otro momento de Weyman con la princesa Fátima y su séquito/Foto: Library of Congress

Mientras el Departamento de Estado desoía la propuesta de la afgana, Weyman se presentó ante ella como oficial de enlace naval disculpándose por la tardanza y prometiéndole que le conseguiría una entrevista personal con el presidente Warren Harding.

Con unas sorprendentes dotes de persuasión, la convenció de que habría que sobornar a algunos funcionarios, logrando arrancarle diez mil dólares; ese dinero sirvió para reservar suites en el opulento Hotel Willard de Washington, situado a dos manzanas de la Casa Blanca, donde alojar a todo el séquito -él incluido, claro está- e incluso alquilar un tren privado. Por supuesto, el nivel de vida del descarado impostor subió como la espuma durante aquellos días.

Lo más increíble de todo fue que realizó sus gestiones y, en efecto, consiguió cita con el secretario de Estado y con el presidente mismo, celebrándose el 26 de julio de 1921. Pero lo que tenía que ser su triunfo definitivo fue su perdición, ya que Weyman cometió varios errores de protocolo que levantaron sospechas.

Descubierto, pasó por los tribunales una vez más y le enviaron a prisión otros dos años. Sin embargo, la jugada había sido lo suficientemente prometedora como para volver a intentar otra parecida cuando salió libre, aunque esta vez por encargo.

María de Sajonia-Coburgo-Gotha/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

El Evening Graphic deseaba realizar una entrevista a María de Sajonia-Coburgo-Gotha, reina consorte de Rumanía y esposa del soberano Fernando I. Era un personaje muy popular y en 1926 estaba de visita oficial en EEUU, donde fue recibida con entusiasmo, pero resultaba difícil acceder a ella, de ahí que el periódico recurriera a Weyman.

Éste cumplió su cometido de forma impecable, haciéndose pasar por el Secretario de Estado y acordando una interviú; también, se supone, recibiendo una buena recompensa por ello.

Ese mismo año redondeó su currículum con la acostumbrada desfachatez que le caracterizaba. El 23 de agosto moría en Nueva York, a causa de una súbita peritonitis, el famoso galán Rodolfo Valentino.

El funeral fue impresionante, todo un acontecimiento en el que cien mil personas abarrotaron Manhattan para darle el último adiós y que terminó como el rosario de la aurora cuando la policía tuvo que cargar contra la multitud para imponer orden en medio de la histeria colectiva; de hecho, todo fue una sucesión de esperpentos, con la actriz polaca Pola Negri, su presunta novia, de pie sobre el ataúd llorando a gritos y varios actores contratados por el propio dueño de la funeraria disfrazados de camisas negras mussolinianos formando una guardia de honor.

La gente agolpada ante la funeraria donde reposaban los restos mortales de Valentino/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

La impostura estaba a la orden del día, como se ve; es más, dicen que el cadáver depositado en el féretro ni siquiera era el de Valentino. El caso es que aquél parecía el caldo de cultivo idóneo para Weyman: fingiendo ser el médico personal de Valentino, auxilió los desmayos de la desconsolada Pola Negri durante el sepelio y luego continuó atendiéndola, recetándole sedantes y publicando notas de prensa en las que informaba sobre el estado de salud de su cliente; incluso utilizaba la casa del fallecido para atender pacientes, tal como ya había hecho en 1922 al colaborar con un famoso quiropráctico que visitaba EEUU. Como cabía esperar, le cayeron algunas denuncias pero ninguna de Negri.

La estancia más larga de Weyman en prisión, de las trece veces que fue condenado, tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial: siete años desde 1941 por un oscuro caso de asesoramiento a soldados sobre cómo fingir enfermedades que les evitaran ser enviados al frente; para ello se hacía pasar por abogado y hasta abrió una asesoría en pleno Broadway.

En 1948, ya libre, se hizo con credenciales de periodista para acceder a la ONU y entrevistar a importantes personalidades, entre ellas Warren Austin, embajador de EEUU en ese organismo, y Andréi Gromyko, que era el representante de la URSS; con ambos mantuvo una relación amistosa.

Andréi Gromyko/Foto: Alchetron

En ese mismo papel periodístico, se las arregló para convencer a la delegación de Tailandia de que había trabajado en la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense y le nombraron agregado oficial de prensa.

No obstante, por una vez Weyman quiso ser legal y consultó al Departamento de Estado si había algún impedimento; en cuanto vieron quién era se lo notificaron a los tailandeses, que dieron marcha atrás y prescindieron de sus servicios.

Los años pasaban y el mundo cambiaba. Ya no resultaba tan sencillo embaucar y menos aun con las limitaciones que imponía la edad. Pese a todo, siguió con su carrera siempre al filo de la navaja, haciendo estafas menores y visitando los juzgados periódicamente hasta que, quizá asumiendo el final de sus días de gloria, aceptó un trabajo humilde, como aquellos que desempeñaba en su juventud: portero nocturno de un hotel de Nueva York.

Fue allí donde redimió definitivamente su pasado. El 27 de agosto de 1960, intentando impedir un asalto a mano armada, fue asesinado. Ya no le quedaban vidas que usurpar.

Fuentes: Grandes maestros de la estafa (Néstor Durigon)/Fraudes, engaños y timos de la historia (Gregorio Doval Huecas)/A Treasury of Deception: Liars, Misleaders, Hoodwinkers, and the Extraordinary True Stories of History’s Greatest Hoaxes, Fakes and Frauds (Michael Farquhar)/Reporting at Wit’s End. Tales from The New Yorker (St. Clair McKelway)/Wikipedia