Henrietta Lacks, la mujer que tenía células inmortales

Henrietta Lacks/Foto: Universidad de Harvard

Si como dicen algunos los caminos del Señor son inescrutables los de la ciencia no le van a la zaga y, a veces, resultan igual de sorprendentes y casuales.

Fleming se encontró con la penicilina al hallar un moho inesperado en un cultivo, Röntgen descubrió los rayos X cuando vio los huesos de su mano proyectados sobre una pared, la viagra derivó de un experimento sobre el tratamiento de la angina de pecho y Colón no buscaba un nuevo continente sino una ruta alternativa a las Indias.

Por eso no es de extrañar que el doctor George Otto Gey tuviera que frotarse los ojos cuando se puso a estudiar la biopsia que le había hecho a una paciente poco antes de su fallecimiento por cáncer: ¡aquellas células seguían vivas!

Su infortunada dueña se llamaba Henrietta Lacks y había muerto el 4 de octubre de 1951 a causa de una insuficiencia renal originada por una metástasis que, como se comprobó en la autopsia, se le había extendido por el organismo.

Tenía treinta y un años y llevaba luchando contra la enfermedad desde que se la diagnosticaron en agosto del año anterior; todos los tratamientos -radioterapia, qumioterapia- se revelaron inútiles, máxime teniendo en cuenta que el cáncer se le complicaba con una poliomelitis y varias afecciones venéreas (neurosífilis y gonorrea aguda), éstas últimas probablemente decisivas para el desarrollo de un carcinoma de cérvix.

Proceso de subdivisión de una célula HeLa/Foto: Thomas Deerinck en Smithsonian

El doctor Gey recogió una muestra del tumor porque, tal como le había advertido el ginecólogo, era diferente a otros que había visto. Y, efectivamente, se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que el cultivo celular se mantenía activo, con las células dividiéndose en su proceso de multiplicación natural.

Todo un hallazgo científico convenientemente bautizado con el nombre de HeLa (acrónimo evidente de Henrietta Lacks), si bien el apelativo popular inevitable fue el de células inmortales.

La importancia radicaba en que las células cancerosas demostraban tener capacidad para ser cultivadas en laboratorio, en el ámbito de la investigación médica, de forma ilimitada.

De hecho, Gey donó a la ciencia el cultivo y todo el material desarrollado en su trabajo, que a la postre ha sido fundamental para conseguir la vacuna de la poliomelitis, así como para avanzar en el conocimiento de otras enfermedades como el cáncer o el SIDA, por ejemplo, o perfeccionar terapias génicas contra la leucemia y el Párkinson.

El doctor Gey/Foto: Wikimedia Commons

Sin embargo, no fue un camino fácil. Grey tuvo que enfrentarse a un proceso jurídico por haber tomado las muestras sin permiso ni de la paciente ni de su familia.

En aquella época no se exigía formalmente pero aún así el caso acabó en los tribunales, que finalmente dictaminaron confirmando el uso de entonces: el material obtenido por un médico durante la atención a sus enfermos era propiedad de dicho profesional o de la institución donde trabajase; en consecuencia, los tejidos orgánicos de una persona dejan de ser de ésta en esas circunstancias.

La polémica se originó cuando los familiares de Henrietta se enteraron a mediados de los setenta, veinte años después del óbito, del protagonismo alcanzado por su infortunada hija. ¿La razón? Doble. Les habían llamado para solicitarles muestras de sangre, primero para obtener más células inmortales (porque algunas de las HeLa habían resultado contaminadas por otros cultivos); y segundo, para analizar su ADN y tratar de comprender mejor la singularidad de Henrietta.

Resultó que nadie más la poseía, siendo así un caso único en el mundo. Algo especialmente curioso porque a partir de aquel puñado de células originales han crecido cerca de cincuenta toneladas, lo que obviamente significa bastante más de las que tenía en su cuerpo la propia donante.

Primera imagen tomada de las células HeLa en 1951/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Y a todo esto ¿quién era Henrietta Lacks? Pues alguien a quien jamás se le pasaría por la cabeza que un día su nombre formaría parte de los anales de la medicina. Una persona normal, no especialmente brillante, analfabeta y cultivadora de tabaco.

Nacida el 1 de agosto de 1920 en Roanoke, Virginia, un lugar de reverberancias históricas misteriosas (véase En busca de la colonia perdida de Roanoke) y que probablemente no era el más idílico para alguien de raza negra en aquellos años.

Hija de un sencillo empleado ferroviario llamado John Randall Pleasant y su mujer Eliza, parece ser que el verdadero nombre de Henrietta era Loretta, ignorándose cuándo y por qué se lo cambió.

Sí sabemos que el apellido lo adoptó de su marido David, que también era su primo; en realidad convivían ya desde pequeños en casa de sus abuelos con todos sus hermanos tras la muerte de Eliza, acaecida al dar a luz al décimo de la familia. De hecho, Henrietta (o Loretta) tuvo dos hijos prematrimoniales con David, de ahí la boda, celebrada en abril de 1941.

Henrietta y su marido en 1945/Foto: NPR

Luego se establecieron en Maryland y tuvieron tres niños más. El último nació en el Hospital John Hopkins apenas cuatro meses y medio antes de que a su madre se le diagnosticara el cáncer que la mataría.

Los tintes tremendistas de esta historia se agudizan con el dato de que una de las hijas de Henrietta, Elsie, sufrió abusos en el Negro Insane, una institución después rebautizada Crownsville Hospital Center, donde había sido ingresada en 1950 -era discapacitada mental y sordomuda- y donde falleció un lustro más tarde, a la edad de dieciséis, tras de ser sometida a una trepanación sin autorización.

Henrietta había acudido al Hospital John Hopkins, el único de la zona que aceptaba pacientes negros, a causa de un fuerte dolor en el vientre que llegaba a producirle importantes hemorragias y que, en contra de lo que creía su entorno, no era otro embarazo sino un cáncer cervical; concretamente se le diagnosticó carcinoma epidermoide maligno en el cuello del útero, aunque una revisión del caso en 1970 corrigió ese diagnóstico cambiándolo por un adenocarcinoma, confusión habitual en esos años.

Letrero recordando la vida de Henrietta/Foto: Emw en Wikimedia Commons

Fue enterrada en una tumba sin nombre en un cementerio de Halifax que los descendientes de propietarios esclavistas donaron a las familias de sus antiguos esclavos. Se desconoce la localización exacta del sepulcro, aunque se cree que es vecina de la de su madre y por eso en 2010 un colaborador del doctor Grey costeó una lápida con epitafio que colocó allí.

Fue una de las múltiples iniciativas que se llevaron a cabo -entre ellas una fundación con su nombre- para reconocer de alguna manera el papel de aquella mujer y compensar el malestar de sus familiares por no haber sido informados durante tanto tiempo.

Aunque la polémica no acabaría porque en 2013 se publicó en Internet la secuenciación completa de su genoma, de nuevo sin permiso, y ante las protestas tuvo que retirarse al poco.

Lo verdaderamente irónico de todo esto está en que lo que segó prematuramente la vida de Henrietta terminaría por ser también la salvación para miles de vidas.

Fuentes: The Henrietta Lacks Foundation / La vida inmortal de Henrietta Lacks (Rebecca Skloot) / A Conspiracy of Cells. One Woman’s Immortal Legacy-And the Medical Scandal it Caused (Michael Gold) / Smithsonian