Macrino, el bereber que llegó a ser emperador de Roma

Áureo con el retrato de Macrino/Foto: icollector

La damnatio memoriae es esa costumbre romana de condenar la memoria de un personaje eliminando todo aquello que pudiera recordarlo, desde retratos a inscripciones pasando por proscripción de su nombre en documentos.

Se cebó especialmente en uno de los emperadores romanos más efímeros que tuvo el Imperio: Macrino. Sucesor de Caracalla y predecesor de Heliogábalo, fue el primer máximo mandatario no procedente de la clase senatorial.

Su caída tras poco más de dos años en el poder, durante los cuales no llegó a pisar Roma ni una vez, fue seguida de la supresión de referencias a él y su hijo en la documentación oficial, así como de la destrucción sistemática de sus imágenes en estatuas y monedas, de ahí que hoy sea difícil encontrar alguna representación suya íntegra.

Marcus Opellius Macrinus nació en el año 165 d.C. No era itálico de origen sino bereber, natural de Cesarea, ciudad de la Mauritania Cesariense (lo que hoy es Cherchel, un puerto argelino), y procedía de la ordo equester (clase ecuestre, caballeros), lo que le permitió una buena educación para dedicarse a las leyes y formar parte de la burocracia estatal de Septimio Severo. Más tarde, Caracalla le nombró prefecto de su guardia pretoriana.

Busto de Macrino/Foto: José Luiz Bernardes Ribeiro en Wikimedia Commons

Dion Casio cuenta que un augur le profetizó que sustituiría al emperador; es imposible saber qué hay de cierto y si ello tuvo que ver con su decisión, pero como la noticia llegó a Roma, en la primavera del año 217 y temiendo que aquello se interpretase como un acto de traición, Macrino se atrevió a adelantarse y organizó un complot contra Caracalla.

Durante la inacabable campaña contra los partos ordenó su asesinato y tres días después se cumplió la predicción: el mauritano ascendía al trono apoyado por el ejército y sin que el Senado se opusiera porque, al fin y al cabo, estaba harto del fallecido emperador.

Busto de Caracalla/Foto: Marie-Lan Nguyen en Wikimedia Commons

Adoptando el nombre de Severo para legitimarse dinásticamente, añadió el de Antonio a su hijo Diadumeniano (que sólo tenía ocho años) para entroncarlo también con la dinastía anterior.

Aún así, y pese a la popularidad inicial que despertó entre las tropas, los senadores le despreciaban por su baja cuna y porque nombró a otros sin apellidos ilustres para puestos de responsabilidad.

Pero no era algo que, de momento, preocupara al nuevo césar. Lo verdaderamente perentorio era resolver los apuros económicos de las arcas del estado, que su predecesor había dejado vacías a costa de sufragar sus campañas militares y pagar más que generosamente a los soldados.

Para solucionarlo, Macrino aprovechó que seguía en Antioquía para negociar el fin de las hostilidades con los partos a cambio de una cuantiosa indemnización a su rey Artabano V. Era algo necesario porque otros enemigos acechaban en Dacia y Armenia; pero aunque el nuevo emperador demostró habilidad para apaciguarlos, la paz a precio de oro exigía encontrar fondos en algún sitio.

Para ello incrementó la pureza y el peso del denario de plata y retomó la política fiscal de Septimio Severo. Pero no fue suficiente y lo único que halló realmente útil fue reducir los disparatados sueldos que Caracalla había concedido a los legionarios.

Evidentemente, eso le hizo perder su apoyo, que era el único con que en realidad contaba ante el Senado, y empezaron las conspiraciones en su contra. La primera la encabezó Julia Domna, esposa de Septimio Severo y madre de Caracalla, quien fue descubierta y recluida, aunque al estar gravemente enferma optó por suicidarse.

Efectos de la damnatio memoriae sobre un posible busto de Macrino/Foto: Harvard T Museums

El relevo lo tómó su hermana, la enérgica Julia Maesa, a quien el destierro en Emesa (su ciudad natal, la actual Homs siria) decretado por Macrino no hizo sino ayudarla a desarrollar sus planes con mayor comodidad.

Su familia estaba vinculada al sacerdocio del culto a El-Gabal, la versión local del Sol Invicto, y su hijo Basiano, de catorce años, fue nombrado sacerdote; ello le confirió un aura de respetabilidad que su madre reforzó divulgando la leyenda recurrente de que su verdadero padre había sido Caracalla.

Los militares de la III Legio Gallica, acantonada en esa tierra, se entusiasmaron con la historia a pesar de su improbabilidad (Caracalla tendría once años al engendrarle) y proclamaron emperador a Basiano, rebautizándolo con el nombre de Marco Aurelio Antonino.

Busto de Heliogábalo/Foto: José Luiz Bernardes Ribeiro en Wikimedia Commons

La reacción de Macrino fue asociar al trono a Diadumeniano como augusto y enviar un ejército a reprimir la rebelión. Pero las tropas enviadas no sólo resultaron incapaces de romper las defensas contrarias sino que fueron convencidas de que Basiano era realmente del linaje de los Severos y se cambiaron de bando.

El contraataque le obligó a huir de Antioquía; a pesar de que se había afeitado la barba y la cabeza para pasar desapercibido, le reconocieron a su paso por Calcedonia, desde donde pretendía cruzar el Bósforo con la idea de llegar a Roma y pedir -quizá ingenuamente- ayuda al Senado.

Acabó capturado, al igual que Diadumeniano también cayó en manos del adversario en la ciudad parta de Zeugma, mientras intentaba ponerse bajo la protección de Artabano V; padre e hijo corrieron la misma suerte ese verano de 218, siendo ejecutados y enviadas sus cabezas al nuevo emperador, que había asumido como nombre complementario aquel con el que pasaría a la Historia, Heliogábalo… y que tendría el mismo final cuatro años después, continuando el sanguinario ciclo de sucesiones: si las legiones habían derribado a un emperador elegido por los pretorianos, a la siguiente ocasión sería al revés.

Fuentes: Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas (Stephen Dando-Collins)/Breve historia de Roma (Miguel Ángel Novillo López)/Historia romana (Dion Casio)/ Wikipedia.