Los poemas inventados para el mayor engaño literario del siglo XX, que hoy se consideran obras maestras

Pintura de Sidney Nolan para ilustrar la obra de Ern Malley/Imagen: Ern Malley Website

En el mes de junio de 1944 la revista literaria australiana Angry Penguins sacó un número monográfico dedicado a un poeta fallecido e ignoto hasta la fecha llamado Ern Malley, publicando diecisiete poemas inéditos.

Éstos habían llegado a la redacción en una carta enviada por su hermana Ethel, quien los había encontrado entre sus pertenencias e ingenuamente preguntaba si eran buenos.

El director de Angry Penguins, el insigne poeta Max Harris, los consideró excelentes y promovió a aquel desconocido entre los círculos literarios del país. Lo que no imaginaba, pero pronto descubriría en medio de un escándalo, era que Malley no había existido jamás y aquellos versos eran obra de dos rapsodas enemigos suyos que querían ridiculizarle.

Así, el caso de Ern Malley pasó a considerarse el mayor engaño literario del siglo XX.

No son raras las rencillas entre escritores, posiblemente una de las profesiones con menor grado de corporativismo que hay. En la historia de la literatura tenemos ejemplos sonados, como la exacerbada enemistad entre Quevedo y Góngora, la protesta pública que varios literatos españoles firmaron contra la concesión del Nóbel a Echegaray, las burlas que le dedicaron a Pardo Bazán, aquella famosa pelea entre Vargas Llosa y García Márquez, la ruptura de la amistad entre Hemingway y Fitzgerald o el odio ideológico que enfrentó a Sartre y Camus, entre otros muchos casos. La Australia de mediados del siglo XX no se sustrajo a esto.

Max Harris era un poeta y crítico de veintidós años que, apenas cumplida la mayoría de edad en 1940, había fundado la revista Angry Penguins en Adelaida con un éxito considerable. Junto con su co-editor John Reeds, defendía el vanguardismo en la lírica, cosa que no gustaba a todo el mundo.

Max Harris en 1943/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Entre los que diferían se hallaban James McAuley y Harold Stewart, dos amigos que servían en la sección de asuntos civiles del ejército pero que antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial formaban parte del mundo bohemio de Sidney, colaborando con publicaciones de su universidad con versos, paradójicamente bastante avanzados.

El problema, pensaban, era que el modernismo había llegado demasiado lejos y ponían como ejemplo a T.S. Eliot, de quien alababan su primera etapa pero criticaban las posteriores, como Tierra inútil, por su falta de sentido y artificialidad. Y consideraban que lo promocionado por Angry Penguins entraba también en esa última categoría, por lo que detestaban a su joven y triunfante director. Y, así, idearon un plan para dejarle en evidencia públicamente.

Lo primero que hicieron fue inventar un poeta. Le dieron forma diseñando incluso una breve biografía: Ernest Lalor Malley, nacido en Liverpool en 1918 pero que al quedar huérfano de padre emigró con su madre y su hermana Ethel a un suburbio de Sidney. Tras fallecer también su progenitora, tuvo que ponerse a trabajar en un taller mecánico, trasladándose a Melbourne a los dieciesiete años como agente de seguros y, más tarde, relojero.

A principios de la década de los cuarenta se le diagnosticó la enfermedad de Graves pero rechazó el tratamiento y se instaló en la capital junto a su hermana, volviéndose su carácter cada vez más difícil a medida que empeoraba hasta que falleció en julio de 1940. Fue ella la que encontró los poemas, que según un prólogo habían sido escritos a lo largo de varios años, y por consejo de una amiga decidió enviarlos a la revista.

Primera parte de la carta de Ethel Malley enviada a Angry Penguins/Foto: Ern Malley Website

Y, en efecto, los versos le llegaron a Max Harris con una carta de Ethel pidiéndole su opinión. Porque el montaje de McAuley y Stewart incluía diecisiete composiciones, todas ellas muy breves -una página máximo- agrupadas bajo el título común The darkening ecliptic y que, en realidad, escribieron ellos mismos imitando el estilo modernista que tanto denostaban: poniendo lo primero que se les ocurría y usando un diccionario para usar los términos más rebuscados o incluso recurriendo a un libro de citas del que extraían palabras o frases enteras al azar, enlazándolas sin aparente sentido.

La idea era hacer unos versos lo más absurdos e incoherentes posibles. Para muestra, un botón: el primer poema, titulado Durero, Insbruck 1495:

I had often cowled in the slumbrous heavy air,
Closed my inanimate lids to find it real,
As I knew it would be, the colourful spires
And painted roofs, the high snows glimpsed at the back,
All reversed in the quiet reflecting waters –
Not knowing then that Durer perceived it too.
Now I find that once more I have shrunk
To an interloper, robber of dead men’s dream,
I had read in books that art is not easy
But no one warned that the mind repeats
In its ignorance the vision of others. I am still
The black swan of trespass on alien waters.

Es difícil traducirlo, por caótico e incomprensible, pero dice algo así como:

A menudo me había acurrucado en el espeso aire pesado,
cerré mis párpados inanimados para encontrarlo real,
como yo sabía que sería, las agujas de colores
y los techos pintados, las altas nieves vislumbradas en la espalda,
todo invertido en las tranquilas aguas reflectantes –
sin saber entonces que Durero lo percibió también.
Ahora encuentro que una vez más he encogido
Para un intruso, ladrón del sueño de los muertos,
Había leído en los libros que el arte no es fácil
pero nadie advirtió que la mente repite
en su ignorancia la visión de los demás. Todavía soy
el cisne negro de la transgresión en las aguas extranjeras
.

Pues bien, Harris leyó aquello y picó. Entusiasmado, pensaba que había descubierto a un genio oculto equiparable a Dylan Thomas, así que corrió a mostrar la obra a sus colegas literatos que, insólitamente, le dieron la razón: aquellos poemas eran toda una sensacional revelación y merecían ser publicados cuanto antes.

Dicho y hecho, junto a Reed se puso a preparar una edición especial de Angry Penguins y encargó al artista Sidney Nolan que pintara una portada basada en la obra de Malley. Pero cuando por fin salió el número, en junio de 1944, se encontró que muchos poetas y críticos no compartían su fogosidad. Una columna del periódico de la Universidad de Adelaida consideró ridículos aquellos versos, sugiriendo además que el autor era el propio Harris que estaba gastando algún tipo de broma. A mediados de ese mismo mes el Daily Mail refrendó esa opinión y no tardaron en sumarse otras voces.

Portada del número especial de Angry Penguins/Foto: Ern Malley Website

Escamado, Harris contrató a un detective privado para que investigase la vida de Ern Malley y su hermana Ethel pero ya no hacía falta: a la semana siguiente el Sunday Sun de Sidney publicó un artículo en primera página desvelando el engaño y la identidad de sus autores, quienes aprovechaban para lanzar acerados dardos contra su víctima y explicaban que lo habían hecho para desenmascarar la fatuidad de los defensores del modernismo lírico.

El tema se convirtió en la sensación del momento, apareciendo en todos los medios para humillación de Harris, quien terminó discutiendo con su socio y, pese a una subida de ventas, cerrando Angry Penguins (aunque en ello tuvo que ver también el hecho de que las autoridades secuestraran todos los ejemplares e impusieran una fuerte multa porque consideraban que los versos de Malley eran obscenos); Harris quedó desacreditado y con él los postulados estilísticos que defendía.

James McAuley el año del suceso/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, la cosa no acabó ahí y con el paso del tiempo dio un giro inesperado. Pese a ser un personaje ficticio, Ern Malley se convirtió en protagonista de novelas y pinturas (incluso tiene web oficial) y el nombre siguió flotando en la vida cultural australiana durante décadas.

En la primera mitad de los cincuenta, Harris, que se convertirtía en un prestigioso escritor y columnista, fundó una nueva revista literaria a la que llamó sardónicamente Ern Malley’s Journal y en 1961 republicó en ella The darkening ecliptic subrayando que, sin querer, McAuley y Stewart habían escrito sus obras maestras.

Éstos habían tenido bastante éxito en sus respectivas carreras, el primero publicando varios libros de poemas, fundando a su vez la revista Quadrant y ejerciendo de profesor de inglés en la Universidad de Tasmania hasta su muerte en 1976; y el segundo estableciéndose en Japón en 1966, gracias a lo cual publicó dos volúmenes de traducciones de poesía nipona con buenas ventas en Australia, falleciendo en 1995, el mismo año que Max Harris.

Harold Stewart en el mismo año del fraude/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Lo cierto es que el editor burlado terminó admitiendo comprender las razones que llevaron a sus adversarios a hacer aquel montaje. Podía permitirse el lujo de ser condescendiente, ya que los poemas de Ern Malley siguieron y siguen reeditándose una y otra vez e incluso han dado el salto a otros países.

De hecho, gran paradoja, desde los años setenta se considera que The darkening ecliptic es lo mejor salido de la pluma de McAuley y Stewart, siendo esos versos mucho más leídos que sus obras reales en opinión de la mayoría de escritores, porque, dicen, al dar rienda suelta a aquella técnica experimental dieron un paso adelante en su arte. Ello confirma las irónicas palabras al respecto de Harris: «A veces, el mito es mayor que sus creadores».

Fuentes: Where Fiction Ends: Four Scandals of Literary Identity Construction (Therese-Marie Meyer) / Who’s Who? Hoaxes, Imposture and Identity Crises in Australian Literature (Maggie Nolan) / The Ern Malley affair (Michael Heyward) / The darkening ecliptic (los poemas de Ern Malley en Jacket Magazine) / Ern Malley. The Official Website / Wikipedia