La orden masónica dieciochesca creada por y para católicos que admitía mujeres

Ritual de iniciación de la orden/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Una de las grandes bestias negras del catolicismo -hasta caer en la obsesión- ha sido la masonería. Ahora bien ¿y si una de sus ramas se presentase como oficialmente católica?

Históricamente se trata de una institución de carácter humanista y filantrópico, pero su ideario filosófico, la atención centrada en el Hombre en lugar de la divinidad, su estructuración jerárquica, la orientación liberal e ilustrada y, sobre todo, la envoltura formal de que se dotó, con rituales de iniciación algo estrambóticos y un presunto secretismo que en realidad no es tal, hicieron que la Iglesia la declarase incompatible con la fe.

Las sociedades secretas nunca se llevaron bien con la Iglesia. El celo de ésta por ostentar su poder la hizo desconfiar siempre, máxime teniendo en cuenta que muchas de esas organizaciones se situaban ideológicamente en la oposición.

Desde que se entra en la Edad Contemporánea se observa cómo el número de ese tipo de agrupaciones se va multiplicando hasta hacerse habituales en el siglo XIX e intervenir más o menos decisivamente en el devenir político de los países. Hay numerosos ejemplos: los Carbonarios, la Sociedad Landaburiana, Los Comuneros…

La mayoría eran de carácter liberal pero también los absolutistas se apuntaron a la moda, como demuestran El Ángel Exterminador o los Apostólicos.

En el número uno de esa larga lista estaría, por supuesto, la masonería, que en realidad carecía de unidad más allá de unas bases comunes y se subdividía en varias ramas. Una de ellas, probablemente la más curiosa por insólita, fue la llamada Mops-Orden u Orden del Pug, nombre alusivo a un tipo de perro.

La peculiaridad que tenía era el hecho de estar formada por católicos, a pesar de que la bula In eminenti apostolatus specula dictada por el papa Clemente XII había prohibido a sus fieles ser francmasones bajo pena de excomunión. Ello postergaba a muchos creyentes que no veían el porqué de esa incompatibilidad y que decidieron tirar por una vía intermedia.

Clemens Augustus de Baviera/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así nació la Mops-Order en Baviera, hacia el año 1740 y de la mano de Clemens August von Bayern, que no sólo era miembro de una ilustre familia de sangre azul, la de los Wittelsbach, sino que además ocupaba el cargo de arzobispo de Colonia. Hijo del elector Maximiliano Emmanuel II, hermano de Carlos VII de Austria y nieto del rey Juan Sobieski III de Polonia, él mismo era Elector, aparte de Príncipe-Obispo de Münster, Hildesheim y Osnabrück, y Gran Maestre de la Orden Teutónica.

Mecenas de artistas (impulsó la construcción de varios palacios, iglesias y monumentos, y el abuelo de Beethoven, que también era músico, estuvo bajo su protección), fue quien patrocinó la fundación de la nueva orden, aunque en realidad los datos no son precisos y existe una versión algo diferente que sitúa su origen en el mismo año pero en Francia, desde donde se habría extendido a Alemania y los Países Bajos.

El nombre, decíamos, hacía referencia a una raza canina denominada mop (pug, en inglés) cuyo origen se remonta a China aunque adquiriró sus características morfológicas definitivas en Inglaterra. Es un tipo de moloso, pequeño pero fuerte, de gran musculatura y hocico muy chato que, a la vez,resulta muy amistoso (de hecho, pug deriva del inglés pugg, término aplicado a mascotas juguetonas y cariñosas). En España a estos perros se los conoce como carlinos, en recuerdo de un famoso actor italiano dieciochesco (Carlo Antonio Bertinazzi) que en escena usaba un antifaz que se parecía un poco al rostro oscuro del animal.

El caso es que el pug era un símbolo de la Ilustración en Inglaterra, asociado al reinado de Guillermo III de Orange, el monarca surgido de la Revolución Gloriosa que derrocó a Jacobo II y que tanto admiraban en el continente los contrarios al absolutismo, de manera que poseer uno de esos perros era una forma de mostrar el abrazo a las ideas de Diderot, Voltaire y otros ilustrados.

Un pug actual/Foto: Abuk Sabuk en Wikimedia Commons

Aquellos católicos bávaros escogieron un ritual de iniciación bastante estrambótico que obligaba al aspirante a ponerse un collar de perro, arañar la puerta solicitando entrar y finalmente ser recibido por el resto de miembros con imitación de ladridos mientras besaba el trasero de un can de porcelana.

Entonces, el Gran Maestre, exclamando «memento mori», le quitaba la venda de sus ojos para que viera la luz, en la expresión clásica que se usaba, poniendo en sus manos una espada y un espejo. Todos los integrantes de la orden llevaban un colgante de plata con forma canina, símbolo de lealtad, honradez y firmeza.

Uno de los elementos distintivos de esta sociedad respecto a otras de inspiración masónica era que permitía el ingreso a las mujeres, siempre y cuando fueran católicas; y, aunque no podían aspirar al grado de Gran Maestre, sí integraban una jefatura bicéfala en cada logia. Por supuesto, la mayoría de los integrantes pertenecían a la alta sociedad germana. Se organizaban en logias a cuyo frente había un maestro pero debido a ese elitismo de sangre y a su credo religioso nunca fueron grupos demasiado numerosos, superando apenas el medio centenar en cada caso.

De todas formas, en 1745 un libro publicado en Ámsterdam (L’ordre des Francs Maçons trahi et le Secret des Mopses révélé, firmado por un tal Abad Larudan) desveló todos los secretos de su funcionamiento y tres años después la orden fue prohibida por la Universidad de Gotinga, ya que allí se había extendido especialmente entre los estudiantes y el gobierno había iniciado una incómoda investigación.

Pugs de porcelana/Foto: Freemasons for Dummies

La falta de información en lo sucesivo impide determinar con exactitud qué pasó finalmente con la orden. Se sabe que Clemens August falleció en 1761 dejando una hija ilegítima que había tenido con su amante y esa conducta «inmoral» llevó al Papa a impedir que el difunto fuera sucedido en el cargo por su hermano. Sin embargo, el destino de la orden es incierto y mientras unos creen que quedó proscrita en toda Europa -al menos en la práctica-, otros reseñan cierta actividad bastante más tarde, en 1902, en Lyon.

Lo que sí se conservan son algunas de las figuras de porcelana que hizo el escultor Johann Joachim Kaendler, maestro de la fábrica de Meissen, representando a los citados perros.

Fuentes: Women’s Agency and Rituals in Mixed and Female Masonic Orders (Alexandra Heidle y Jam A. M.Snoek, ed) / Spirit, Faith and Church. Women’s Experiences in the English-Speaking World, 17-21st centuries (Laurence Lux-Sterritt y Claire Sorin ed) / Gender and Fraternal Orders in Europe, 1300–2000 (Máire Fedelma Cross) / Wikipedia.

Libro recomendado: Yo fui masón (Maurice Caillet).