La Conspiración de los Esclavos que estuvo a punto de echar a los caballeros hospitalarios de Malta

Llegada de los otomanos a Malta en 1565/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La esclavitud es una institución ancestral que hunde sus raíces ya en tiempos muy antiguos, ligada a la aparición de las primeras civilizaciones en el Creciente fértil, al menos documentalmente.

Y probablemente desde sus mismos comienzos hubiera quienes no se resignaban a ese triste destino y protagonizaran rebeliones buscando la libertad. La mayoría, cabe suponer, cayeron en el olvido pero de otras tenemos noticias a lo largo de la Historia, siendo algunas especialmente conocidas como la de Espartaco en la Roma republicana, la de Toussaint-Louverture en Haití o la de Nat Turner en los EEUU decimonónicos, por citar sólo unos pocos ejemplos.

Sin embargo, puede que una de las más sorprendentes fuera la que tuvo un escenario tan insólito como la Malta del siglo XVIII: la llamada Conspiración de los Esclavos.

Hay que situarse en el tiempo y el espacio para comprender la situación. Malta es el nombre de un pequeño archipiélago situado justo en el centro del Mediterráneo y compuesto por la isla homónima -que es la más grande- más las de Gozo y Comino, aparte de otros islotes menores. Un lugar que, pese a su aislamiento, estuvo habitado desde la Prehistoria con migraciones procedentes de Sicilia.

Después pasaron por allí fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, vándalos y árabes, siendo estos últimos los que dejaron una mayor impronta porque, al fin y al cabo, la lengua maltesa deriva de la suya. En el siglo XI los normandos echaron a los musulmanes y se instalaron en la isla, favoreciendo una repoblación siciliana que dio forma definitiva a la cultura maltesa.

No obstante, hay dos fechas fundamentales en la historia insular. Una es el año 1282, cuando Malta es incorporada a la Corona de Aragón, quedando bajo su dominio durante dos siglos y medio. La otra el año 1530, cuando Carlos V cedió el archipiélago a la Orden de San Juan de Jerusalén (la leyenda dice que a cambio de una estatuilla de oro y piedras preciosas en forma de halcón, si bien la historia real era otra, más prosaica), que pasó a denominarse Orden de Malta, dado que había sido expulsada de su feudo de Rodas por Solimán el Magnífico ocho años antes y desde entonces vagaba sin un lugar donde establecerse.

Escudo de la Orden de Malta/Imagen: Mathieu Chaine en Wikimedia Commons

En esa cesión también iba incluida Trípoli y todo obedecía a una cuestión estratégica: convertir aquel pedazo de tierra en medio del mar en una base de operaciones contra los otomanos, que se extendían por el Mediterráneo conquistando un puerto tras otro.

Los tiempos habían cambiado y los caballeros hospitalarios, como se conocía a sus miembros, ya no podían acudir a cruzadas en Tierra Santa, así que diversificaron sus actividades más allá de la guerra abierta contra el infiel. Una de ellas, motivada por las dificultades económicas que atravesaron tras la Reforma Protestante (que les privó de numerosos prioratos y otras propiedades inmobiliarias, especialmente en el norte de Europa e Inglaterra) fue la práctica del corso, que emplearon con su propia flota contra todo tipo de barcos al margen del pabellón que llevasen, fuera cristiano o mahometano, salvo los considerados aliados.

Los botines obtenidos por los corsarios -conocidos como los Halcones del mar, de ahí lo de la estatuilla- invirtieron la situación y enriquecieron la orden, permitiendo que incluso llegara a acuñar su propia moneda con la efigie del Gran Maestre.

En realidad no fueron sólo las mercancías y rescates las que mejoraron las finanzas hospitalarias sino también las donaciones, los impuestos a las gentes locales, el comercio y, he aquí lo que nos ocupa, la trata de esclavos. Treinta y cinco años después de su asentamiento en Malta, volvieron a encontrarse con los otomanos, que se presentaron con una gigantesca escuadra de 138 galeras y más de 30.000 hombres que puso sitio al Fuerte de San Elmo, en lo que hoy es el puerto de La Valetta.

La orden, dirigida por el gran maestre Jean Parisot de la Valette, sólo podía oponer poco más de medio centenar de caballeros junto a unos 9.000 irregulares malteses y un millar de arcabuceros españoles. El asedio fue terrible, de varios meses durante los cuales se llegaron a contar 5.000 cañonazos diarios; al final los turcos lograron tomar el fuerte pero las enormes bajas que acumulaban los atacantes y la llegada de una flota española desde Sicilia salvaron la situación.

El sitio de Malta en 1565/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Aparte de 50.000 muertos, los otomanos dejaron atrás cientos de prisioneros que sentaron las bases de un próspero negocio, ampliado con frecuentes incursiones a las plazas norteafricanas. Al principio para paliar la ruina económica y el hambre que los efectos de la guerra y una larga sequía dejaron en el archipiélago; pero luego, visto lo rentable del asunto, como una actividad económica más.

Y muy lucrativa, ya que la orden se enriqueció de tal forma que las islas se llenaron de palacios decorados por los mejores artistas europeos y se construyó la Catedral de San Juan. Malta rebosaba esclavos, pues, alrededor de 9.000, cuando en el verano de 1749 éstos organizaron una rebelión.

Aunque la mayoría de los esclavos eran musulmanes y de nacionalidades diversas, sobre todo turcos, berberiscos y griegos, el régimen esclavista resultaba relativa y sorprendentemente liviano, hasta el punto de que los cautivos gozaban de cierta libertad de movimientos, pudiendo trabajar como comerciantes con ventas al público, reunirse para rezar o incluso obviaban la condición de no relacionarse con los malteses, tal era su relajada manera de vivir.

Al fin y al cabo, no pocos mahometanos se convirtieron al cristianismo para conseguir su libertad, tal cual hacían a la inversa muchos cristianos presos en Argel y otros lugares; sin embargo, otros siguieron fieles a su fe.

Manuel Pinto da Fonseca, Gran Maestre en 1749/Imagen: Pierre Bernard en Wikimedia Commons

Fueron éstos los que tramaron la conspiración, que incluía un plan para asesinar a Manuel Pinto da Fonseca, el Gran Maestre, y no para escapar sino con el objetivo de hacerse con el control de la isla. Contaban con el visto bueno del bajá otomano de Rodas, que vivía en Malta convertido al cristianismo después de que sus propios galeotes cristianos se hubieran amotinado y hecho con el control de su galera, llevándole a Malta.

El bajá aceptó la idea de la revuelta y la fecha elegida fue el 29 de junio porque ese día era el día de San Pedro y San Pablo, fiesta patronal y, por tanto, los caballeros solían ausentarse de los puestos de la administración para ir a las celebraciones en la Ciudad Vieja. Los conspiradores contaban, además, con que el calor estival obligaría a mucha gente a permanecer en sus casas durante el mediodía en espera de que refrescase por la tarde.

Estaba previsto que, hacia la una aproximadamente, uno de los esclavos, el camarero del Gran Maestre, degollara a su señor y exhibiera la cabeza desde el balcón como señal de inicio del golpe. Todos los sirvientes turcos deberían matar a sus amos y una vez se apoderasen del Fuerte de San Elmo contactarían con los piratas berberiscos para huir con ellos o cederles el control de la isla.

Por suerte para los hospitalarios y por desgracia para los conjurados, la noticia de la conspiración se filtró por mediación de un judío llamado Giuseppe Cohen, que la oyó en el café que regentaba y dio el correspondiente aviso, aunque alguno de los turcos tuvo tiempo de atentar contra su dueño.

En cualquier caso, Cohen fue debidamente recompensado con dinero y una casa (ésta todavía existe y alberga el Monte de Piedad) y, paralelamente, los caballeros tomaron las medidas oportunas: pusieron bajo arresto especial a los cabecillas, a los que más tarde ejecutaron, y endurecieron el régimen esclavista del resto, proscribiendo el llevar armas, restringiendo la libertad de movimientos a las murallas de La Valetta y prohibiendo a los cautivos acercarse a las zonas fortificadas y los edificios de gobierno.

La casa de Giuseppe Cohen, hoy Monte de Piedad/Foto: Continentaleurope en Wikimedia Commons

Asimismo, se vetaron las reuniones excepto en la mezquita y se estableció la obligatoriedad de pernoctar encerrados en la Gran Prigione (Gran Prisión), algo que hasta entonces podía evitarse debido a que sólo tenía capacidad para 900 personas.

Por cierto, ese lugar, popularmente conocido como el Bagnio, era un sitio realmente curioso: contaba con taberna, tiendas, barberías, mezquita para los presos musulmanes y capillas para los cristianos, siendo dirigido por un gobernador que, normalmente, era un caballero hospitalario.

La Conspiración de los Esclavos causó una honda sensación en Malta, pasando a la Historia insular como un episodio con nombre propio y plasmado en varias obras literarias.

El edificio de la Gran Prisión coronando el puerto de La Valetta/Foto: Frank Vincentz en Wikimedia Commons

Fuentes: Historia de Malta y el Gozo (Frédéric Lacroix) / Travels in Malta and Sicily. With Sketches of Gibraltar, in MDCCCXXVII (Andrew Bigelow) / Los halcones del mar. La Orden de Malta (Carlos Canales y Miguel del Rey) / Malta, Mediterranean Bridge (Stefan Goodwin).