La Primera Gran Evasión, la mayor fuga de prisioneros en la Primera Guerra Mundial

El túnel de Holzminden/Foto: History Extra

¿Hay alguien que no haya visto La gran evasión? La célebre película de John Sturges, protagonizada por una pléyade de estrellas (Steve MacQueen, James Garner, Charles Bronson, Richard Attenborough, James Coburn…)

Contaba un hecho real a ritmo de la pegadiza banda sonora de Elmer Bernstein: la fuga masiva de prisioneros aliados de un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no es tan conocido, quizá porque falta que Hollywood le preste atención, es un hecho similar ocurrido en 1917, durante el conflicto anterior, y que consiguientemente se ha bautizado como la Primera Gran Evasión.

La situación fue parecida, aunque en este caso no era un campo de concentración sino una prisión y no estaba en Polonia sino en Holzminden, una pequeña localidad de la Baja Sajonia fundada en la Edad Media y que pasó la mayor parte de su historia conocida bajo la jurisdicción del Ducado de Brunswick.

Allí se levantaron dos complejos penitenciarios: uno era un campo en el que se internó a cerca de diez mil civiles polacos, rusos, belgas y franceses (incluyendo mujeres y niños) y otro la susodicha prisión, que reaprovechaba un antiguo cuartel de caballería y constaba de dos barracones de cuatro pisos cada uno. Esta segunda fue inaugurada en septiembre de 1917 para acoger oficiales británicos que habían sido capturados en combate.

Curiosamente, como pasaría luego en el Stalag Luft III, todos pertenecían al arma de aviación (y varios de ellos derribados por el Barón Rojo), que demostró ser la más activa en cuanto a fugas, acaso porque sus miembros, acostumbrados a volar, no soportaban permanecer encerrados.

Uno de los bloques de la prisión/Foto: Imperial War Museums

Los soldados del X Cuerpo de Hannover se encargaban de su custodia, igual que hacían en otros sitios parecidos -más pequeños- ubicados no muy lejos, en Clausthal, Ströhen y Schwarmstedt. La construcción de la prisión de Holzminden tenía como objetivo aliviar el hacinamiento de presos, y las remesas iniciales fueron enviadas desde los citados lugares más otros de Friburgo y Krefeld.

Todos oficiales, pues los usos sociales en aquella época los separaban de la tropa. El mando inicial correspondió al general Karl von Hanisch, que dirigía el X Cuerpo y designó al coronel Habrecht para ocuparse de Holzminden.

Pero éste ya era septuagenario y acabó por ser sustituido por el capitán Karl Niemeyer, cuyo hermano gemelo Heinrich también era kommandant de un campo, el mencionado de Clausthal. La razón para poner a los Niemeyer al frente de aquellos sitios era que hablaban inglés, ya que habían pasado buena parte de su vida anterior en Milwaukee, EEUU, aunque cuentan que los prisioneros se burlaban del acento y el argot americano de Karl y le apodaban Bill Milwaukee.

Karl Niemeyer/Foto: Imperial War Museums

En Holzminden fueron recluidos más de medio millar de británicos custodiados por entre cien y ciento sesenta guardias. Como suele pasar, algunos prisioneros desempañaban tareas de asistentes y gozaban de cierta libertad de movimientos por el recinto, que además de los dos bloques -denominados Kaserne A y Kaserne B- estaba dotado también de instalaciones como cocinas, aseos, carbonera, gimnasio o celdas de castigo, entre otras; todo rodeado por una doble valla de alambradas que separaba la parte arquitectónica de una zona ajardinada protegida por un muro exterior rematado con alambre de espino.

Algunos lo calificaron como “el peor campo de Alemania”, no tanto por las medidas de seguridad como por el duro régimen de vida diaria, en el que una comida pobre -en parte motivada por la escasez que sufría Alemania a esas alturas de la guerra- y el trato brutal dispensado a los prisioneros -se dieron casos de muerte deliberada a bayonetazos- contrastaban con la situación en otros lugares.

Oficiales prisioneros en Holzminden/Foto: National Army Museum

No obstante, los británicos se las arreglaron para sobrevivir gracias a los paquetes de comida que recibían de sus familias y de la Cruz Roja, que les permitían trapichear con los soldados germanos; de hecho, en la fase final de la guerra incluso llegaron a estar mejor provistos que sus captores hasta el punto de que se burlaban de ellos desperdiciando víveres. Asimismo, para sobrellevar su cautiverio practicaban deportes variados y organizaban sesiones de lectura y funciones teatrales.

Quien sabe si éstas fueron el inicio de la vocación del preso más famoso, el teniente James Whale, que años después se convertiría en un prestigioso cineasta dirigiendo películas hoy clásicas como Frankenstein, La novia de Frankenstein o El hombre invisible.

James Whale dirigiendo a Boris Karloff/Foto: James Whale-Director

Ahora bien, la aspiración de todos los oficiales internos en Holzminden era escapar y hubo intentos desde el principio, fuera cortando las alambradas, fuera por la misma puerta vestidos con uniformes enemigos o con ropas de los trabajadores civiles -incluso de mujer-.

Sorprendentemente, solían tener éxito, aunque otra cosa era evitar luego el ser capturados de nuevo; en ese sentido, todos volvían al recinto al cabo de unos días de fuga. Pero la llegada del capitán David Gray en septiembre de 1917 cambió completamente las cosas; no llevaba ni dos meses allí cuando trazó un plan de evasión diferente, mucho más elaborado y ambicioso porque, de tener éxito, permitiría salir no a uno sino a un buen número de hombres.

Su idea, apoyada con entusiasmo por otros dos inquietos compañeros, el capitán Caspar Kennard y el teniente Cecil Blain, era excavar un túnel por debajo de las vallas. Teniendo en cuenta las dimensiones y caraterísticas de la prisión, lo ideal era empezar a hacerlo desde el Kaserne B, donde se alojaban, no sólo por realizar los trabajos a cubierto sino también porque era el punto más cercano al exterior: sólo una decena de metros, algo muy a considerar dado el precario material de que disponían para cavar, los cubiertos de la comida.

Por supuesto, sobre la marcha se presentaron otros problemas, como la falta de aire para poder trabajar -que se solucionó improvisando una bomba casera con lo que encontraron a mano- o la prohibición de acceso al sitio donde se situó la entrada del túnel, el hueco de la escalera, que salvaban disfrazándose de subalternos hasta que practicaron una puerta disimulada en el ático.

Croquis de Holzminden con el plan de huida/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Durante meses todo pareció ir bien hasta que Niemeyer mandó situar centinelas en el exterior del perímetro; uno de los puestos se colocó justo en el punto de salida del túnel previsto, lo que obligó a prolongarlo otros veinte metros más adelante, ocultando la abertura en un campo de maíz.

Era un riesgo porque ello triplicaba el trabajo y retrasaba la fecha de fuga, metiéndose de lleno en el verano, que era cuando se procedía a hacer la cosecha; pero no quedó más remedio. Y, en efecto, no se terminó hasta la segunda mitad de julio de 1918, eligiéndose para llevar a cabo la evasión la noche del 23.

Había ochenta y seis hombres inscritos en la lista para huir que deberían ir saliendo según el esfuerzo que hubieran aportado a las excavaciones, pero cuando ya iban por el treinta el túnel se desmoronó, quedando a la vista y poniendo fin a la operación.

El túnel al descubierto/Foto: Imperial War Museums

Consiguieron escapar veintinueve, contra los que se desató una caza exhaustiva que incluía una oferta de recompensa a quien facilitara información. De esa manera los alemanes recapturaron a diecinueve, recluyéndolos repartidos por varios campos. Los otros diez, viajando a pie durante dos angustiosas semanas, lograron alcanzar los Países Bajos, que eran neutrales en el conflicto; desde allí se embarcaron para Gran Bretaña, donde les tributaron un recibiento de héroes.

Entre ellos estaban los tres citados antes que pusieron en marcha el plan y el coronel Charles Rathbornem, que era quien tenía la máxima graduación entre los presos y se puso a salvo en sólo cinco días gracias a que pudo coger un tren, ya que hablaba alemán perfectamente.

Apenas cuatro meses más tarde, el 11 de noviembre, concluía la guerra. En diciembre se cerró la prisión de Holzminden y, antes de irse, los oficiales británicos prendieron fuego a todos los muebles y enseres que reunieron. No obstante, actualmente aún se conservan los barracones, sólo que, irónicamente, en vez de acoger prisioneros enemigos ahora alojan a militares alemanes.

Fuente: The tunnellers of Holzminden (Hugh Dunford) / The real Great Escape (Jacqueline Cook) / Escape from Germany (Neil Hanson) / Wikipedia.

Libro recomendado: The War Behind the Wire: The Life, Death and Glory of British Prisoners of War, 1914-18 (John Lewis-Stempel)