Historia

La epidemia de cólera que provocó una matanza de frailes en Madrid en 1834

La epidemia de cólera que provocó una matanza de frailes en Madrid en 1834 10 febrero, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Degollación de los frailes de San Francisco el Grande/Imagen: Museo del Romanticismo

El anticlericalismo fue un movimiento de reacción surgido contra la poderosa influencia de la Iglesia en la sociedad, basándose en el laicismo que había empezado a tomar forma y extenderse desde los tiempos de la Ilustración.

En España, el anticlericalismo no creyente -que decía Julio Caro Baroja- cobró tintes agresivos durante el llamado Trienio Liberal, aunque la primera manifestación abiertamente violenta tuvo lugar en 1834 con la tristemente famosa matanza de frailes de Madrid.

Como decía, tuvo un leve precedente en 1820, justo al día siguiente de que, merced al pronunciamiento del coronel Riego, se proclamara la Constitución.

Aquel sexenio anterior de absolutismo que daba vivas a las cadenas dio paso a un desfogamiento que se plasmó en el asalto popular a la cárcel de la recién abolida Inquisición , en la madrileña plaza de Santo Domingo -luego se repitió en otras ciudades- para liberar a los presos y destruir los instrumentos de tortura, aunque hubo cierta decepción al no encontrarse nada de eso; el tribunal hacía ya tiempo que no ejercía tan duramente como antaño y sólo había siete encausados, no todos por cuestiones religiosas. Tampoco apareció rastro de tormentos, pero pervivía la imagen siniestra del Santo Oficio.

En cualquier caso, el gobierno liberal dictó una batería de medidas destinadas a poner límites a la Iglesia, como obligar al clero a explicar la Constitución desde los púlpitos, la puesta en marcha de una desamortización que abolió los mayorazgos (Ley de Desvinculación) y señoríos (Ley de Monacales), supresión de monasterios excepto los ocho históricos (en total fueron unos ochocientos) para dedicar el dinero de su venta a amortizar la deuda pública, limitación de los conventos a uno por localidad y orden siempre que tuvieran más de doce miembros, reducción del diezmo a la mitad y nueva expulsión de los jesuitas.

Rafael del Riego/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso en el aspecto jurídico, porque en el de la vida cotidiana se generalizó un ambiente muy crítico con los religiosos -que en su mayoría eran profundamente reaccionarios-, plasmado en obras literarias burlescas y en la circulación de pasquines satíricos que, sin pretender pasar a mayores, prepararon un caldo de cultivo que eclosionó en 1821 con el asesinato del cura Vinuesa, capellán de honor del Rey, tras asaltar una turba el calabozo de la Puerta del Sol donde estaba recluido acusado de conspiración.

Esa desaforada acción debe enmarcarse en el contexto político, en el que los partidarios del absolutismo, que habían empezado a protagonizar intentos golpistas para devolver a Fernando VII su plena autoridad, obtenían el apoyo activo del clero. En 1823, la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis y la restitución absolutista que dio paso a la llamada Década Ominosa, en la que se retornó al sistema político de tres años antes devolviendo a la Iglesia todo su poder, dejó sembrado el terreno para la trágica cosecha que llegaría en 1834.

Fernando VII falleció en septiembre de 1833 dejando tras de sí un grave problema. Su promulgación de la Pragmática Sanción, que abolía la Ley Sálica para que su hija Isabel pudiera subir al trono bajo la regencia inicial de su madre María Cristina, al ser menor de edad-, no fue aceptada por su hermano Carlos María Isidro por considerar que esa iniciativa sólo podía adoptarse en las mismas condiciones en que se había propuesto originalmente allá por 1789: mediante un Auto Acordado entre la Corona y las Cortes (que nunca se llegó a sancionar por el miedo de Carlos IV a convocar dichas Cortes tras el estallido de la Revolución Francesa).

Consecuentemente, se consideraba legítimo heredero y, una vez que su hermano ya no estaba, se echó al monte iniciando la I Guerra Carlista. El país volvía así a sufrir los rigores de un conflicto en suelo propio, tras la devastadora Guerra de Independencia que había supuesto la ruina durante décadas y después de la infinidad de pronunciamientos de liberales y absolutistas que habían salpicado todo ese tiempo. En ese contexto, la mayoría de los integrantes de las órdenes religiosas se alinearon con los carlistas y eso, en el ámbito urbano, donde había un predominio de la ideología liberal, les convertía a todos en sospechosos.

Clero y carlismo aliados (revista La Flaca)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En un primer momento, el gabinete de Cea Bermúdez -que había sido ministro de Fernando VII- intentó unir las dos tendencias liberales, la de los moderados (nobleza, alto clero y burguesía acomodada, partidarios del sufragio censitario) y la de los exaltados (clases medias, funcionarios, oficiales bajos del ejército, partidarios del sufragio universal).

Pero no sólo fracasó sino que su inoperancia en dejar atrás el absolutismo terminó con su relevo y exilio, sustituído por el abogado y literato Martínez de la Rosa, que también había sido ministro pero durante el Trienio Liberal. Había atemperado mucho su radicalismo de juventud y prueba de ello fue que se ganó el apodo de Rosita la pastelera por intentar contemporizar con todos.

Pero su intento de sacar adelante la situación con la promulgación del Estatuto Real, un texto que imitaba el ordenamiento jurídico británico (que muchos liberales conocían bien por haber tenido que refugiarse allí de la persecución fernandina), tampoco contentó a nadie; el mismísimo Larra lo describió con su verso: “Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto”.

Francisco Martínez de la Rosa/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Realmente, Martínez de la Rosa no entró en el ejecutivo con buen pie porque al poco de su nombramiento se encontró con una patata caliente. En 1833 llegó a España la epidemia de cólera que llevaba asolando Europa desde 1817, extendiéndose poco a poco por el territorio debido al trasiego constante de tropas.

Al principio se cebó en Andalucía pero al año siguiente se registraron los primeros casos en Madrid y, aunque el gobierno trató de ocultarlo, su precipitada marcha para ponerse a salvo en el palacio segoviano de La Granja desató la liebre entre la población.

Se juntaron entonces una serie de factores que agravaron el panorama: primero, el tórrido calor veraniego; segundo, un alza de precios motivada por las crecientes circunstancias adversas; y tercero, la amenaza de los carlistas, que avanzaban sobre la capital sin que nadie pareciera capaz de pararlos.

Carlos María Isidro (López Portaña)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los muertos a causa de la enfermedad empezaron a contarse por miles, especialmente en los barrios más humildes, y se corrió la voz de que los causantes eran los frailes, que envenenaban el agua para facilitar la entrada de Carlos María Isidro en la ciudad; el bulo no era exclusivo de España, pues algo similar había ocurrido en otros rincones del mundo como Manila (en 1827) o París (en 1831), así que no tardó en asumirse aquí también.

Cierto que el clero no ayudó precisamente justificando la epidemia como un castigo divino. El 17 de julio se acusó a un niño de echar ponzoña a un pozo con una caña a modo de jeringa; se decía que los religiosos usaban “mozalbetes mendigos y mujerzuelas” para sus planes asesinos. Poco después hubo un tumulto en la Puerta del Sol en el que fue linchado un nuevo sospechoso.

A mediodía, otro niño que se entretenía en tirarle arena a la cuba de un aguador (algo muy habitual pues los aguadores eran presa fácil de la diversión de los chicos), fue perseguido y tuvo que refugiarse en el Colegio Imperial de los jesuitas. Las masas encolerizadas lo asaltaron asesinando a cuanto sacerdote encontraron a su paso, algo que se repitió luego en las calles. La histeria llegó a alcanzar a un ciudadano que llevaba cirios fundidos para cambiar por velas nuevas, tomándose la cera por veneno y haciendo que también cayera a manos de la furia ciega.

La matanza de frailes de 1834 / foto hispanismo.org

La llegada del Batallón de la Princesa para poner orden sólo sirvió para desviar la violencia a otros conventos como los de Santo Tomás, San Francisco y La Merced; Los Trinitarios, El Carmen y Atocha consiguieron salvarse gracias a la intervención del ejército, aunque algunas partes fueron pasto de las llamas.

Se calcula que al término de aquella funesta jornada habían muerto unos setenta y cinco religiosos. El estado de sitio decretado no calmó los ánimos y al día siguiente se intentaron más asaltos, aunque sólo con pérdidas materiales. El capitán general de Madrid y el corregidor fueron arrestados por inhibirse en sus responsabilidades y un mes después, en agosto, eran ejecutados dos de los setenta y nueve detenidos por los hechos, condenándose al resto a diversas penas aunque algunos salieron absueltos.

En total, el cólera se cobró unas trescientas mil víctimas, ya que mataba en pocos días y no se conocía tratamiento. En cuanto a las agresiones a religiosos, la tendencia quedó ya plenamente arraigada y hechos similares se repitieron en lo sucesivo en situaciones especiales, radicalizándose tanto el posicionamiento ideologico anticlerical como el reaccionario de la Iglesia.

Fuentes: Clericalismo y anticlericalismo en España (1767-1930). Una introducción (Víctor Manuel Arbeloa) / Entre cirios y garrotes. Política y religión en la España contemporánea (Manuel Suárez Cortina) / Episodios nacionales. Un faccioso más y algunos frailes menos (Benito Pérez-Galdós) / La revolución liberal. Política y Hacienda. 1833-1845 (Josep Fontana) / Wikipedia.

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