Zappolino, la batalla medieval causada por el robo de un cubo

Familias güelfas y gibelinas / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Al igual que pasó con otros muchos países europeos, Italia no fue un estado unificado hasta mediados del siglo XIX.

Hasta entonces era un mosaico de reinos y repúblicas que, a medida que retrocedemos en el tiempo, estaba compuesto por más y más teselas sueltas, algo especialmente grave no por la separación en sí sino porque dichas piezas se odiaban profundamente entre ellas y, a la manera de las ciudades-estado de la Antigua Grecia, estuvieron envueltas en una sucesión de enfrentamientos continuos que eclosionaron en el siglo XIV con la guerra entre güelfos y gibelinos.

La tradición, en forma de un poema épico (La secchia rapita) escrito por Alessandro Tassoni en 1622 y luego en una ópera de Salieri, atribuye su origen al robo de un simple cubo de agua, aunque las causas fueron más profundas evidentemente.

Para entenderlo mejor hay que remontarse al año 1154, cuando Federico Barbarroja, titular del Sacro Imperio Romano Germánico, decidió incorporar los territorios italianos al dominio imperial considerando que sus derechos terrenos para ello eran tan legítimos como los espirituales que esgrimía la Santa Sede.

De esta forma, los términos güelfo y gibelino, originariamente germanos (Welfen y Waibinglen), pasaron a la península mediterránea para designar respectivamente a los partidarios del Papa y los del Emperador. Las ciudades italianas se dividieron y mientras unas apoyaban al primero (caso de Milán, Florencia o Mantua), otras lo hicieron con el segundo (Siena, Pisa, Lucca…).

Federico fue adueñándose de una urbe tras otra: Milán, Tortona, Pavía, Bolonia y la Toscana entera mientras avanzaba imparable sobre Roma. Las negociaciones entabladas con el papa Alejandro III no fueron concluyentes y el emperador continuó su campaña hasta que finalmente fue derrotado por la Liga Lombarda en la batalla de Legnano el 29 de mayo de 1176. Federico, que perdió incluso a su hijo en la contienda, tuvo que abandonar Italia ante la falta de recursos para seguir pero dejó detrás de sí un feo legado de odio y resentimientos, con unas fronteras trazadas antes de aquella retirada cuyas costuras estaban a punto de reventar.

Módena y Bolonia fueron el punto donde se produjo el costurón: a falta de una autoridad de referencia, ambas ciudades rivalizaban por el control de los recursos económicos de la región, basados fundamentalmente en el campo y el comercio, dividiendo sus preferencias a la hora de tomar partido por un nuevo emperador (Federico falleció en 1190).

Batalla de Legnano (Arnos Cassioli)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Batalla de Legnano (Arnos Cassioli) / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Había además un agravante: la güelfa Bolonia y la gibelina Módena estaban apenas a cuarenta kilómetros de distancia, lo que facilitaba las hostilidades. En 1296 los boloñeses hicieron una incursión en territorio enemigo apoderándose de Bazzano y Savigno, constituyendo el principio de un rosario de escaramuzas froterizas que pasaron a ser una constante durante décadas, un continuo toma y daca de golpes y contragolpes en las que las localidades limítrofes cambiaban de mano cada poco. En 1309, Módena, Mantua, Parma y Reggio quedaron bajo el gobierno de Rinaldo Bonacolsi, que recrudeció los ataques ganándose con ello la excomunión del Papa, quien además ofreció indulgencias a cualquiera que eliminara a Bonacolsi; por entonces los pontífices se las gastaban así y más en una época en la que ya se había producido el Cisma de Occidente.

Para agravar todo aquello, empezaron a desarrollarse partidos güelfos y gibelinos dentro de una misma ciudad. La situación era, pues, de alta tensión y en el verano de 1325 los boloñeses llevaron a cabo una razzia brutal que enardeció los ánimos en Módena. La venganza de Bonacolsi fue en septiembre, con la captura del fuerte de Monteveglio aprovechando el descontento social de sus habitantes.

En medio del caos originado, algunos soldados modeneses se mezclaron entre la multitud de refugiados que huían de los combates y entraron en Bolonia (que estaba a pocos kilómetros). Allí, en el centro de la plaza principal, cerca de la Puerta de San Felice, vieron el clásico pozo de agua con su cubo; era una ocasión de oro y lo robaron.

Puede parecer incomprensible pero ese hurto, aparentemente absurdo, se convirtió en un tremendo casus belli, por la indignación de los boloñeses. ¿Por qué? Las ciudades italianas medievales -no sólo ciudades, también sus barrios entre sí- tenían ciertos conceptos que podríamos definir como totémicos, símbolos de su honor y prestigio. El hecho de entrar en casa del adversario y llevarse como trofeo, aunque fuera un simple cubo de madera, era una hazaña (que recuerda un poco la costumbre india de tocar al enemigo con un bastón), y para el afectado una afrenta imperdonable.

Bolonia exigió la restitución del objeto y ante la negativa declaró a Módena la guerra abierta. Era noviembre de 1325 y todos los choques habidos hasta entonces serían un juego de niños comparados con lo que se avecinaba, porque a Bonacolsi se le unieron Mantua, Verona, Milán y Ferrara, así como tropas del emperador Rodolfo.

Lucha entre güelfos y gibelinos en Bolonia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Lucha entre güelfos y gibelinos en Bolonia / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Ese mismo mes chocaron ambos bandos en la batalla de Zappolino, en el actual municipio de Castello di Serravalle, región de Emilia-Romagna. Algunos la consideran la mayor batalla de su tiempo en Italia y probablemente una de las más desiguales, ya que si las fuerzas de caballería de los contendientes eran parecidas, en torno a dos mil jinetes cada uno, en infantería la superioridad de los güelfos resultaba patente, con treinta mil infantes frente a los cinco mil de Módena.

Pese a todo, tras apenas un par de horas de combate justo antes del anochecer, vencieron los modeneses. Se calcula que el número de bajas totales no superó las dos mil, pero los ganadores arrasaron las defensas de la ciudad y capturaron a veintiséis nobles boloñeses.

Dos meses después, con vistas a relajar los ánimos (algo que en realidad no se concretó hasta que Carlos V se adueñó del norte de Italia en 1529), Módena devolvió Monteveglio y otras posesiones arrebatadas al enemigo. Pero hubo una cosa que se quedó para siempre en su poder: el dichoso cubo, que hoy se conserva en el Palazzo Comunale ; si alguien visita la ciudad, en la Torre Ghirlandina se exhibe una réplica.

Réplica del cubo conservada en Módena/Imagen: Slowtrav
Réplica del cubo conservada en Módena / Imagen: Slowtrav

Fuentes: Introducción a la historia de la Edad Media europea (Emilio Mitre Fernández) / Florencia, Roma y los orígenes del Renacimiento (George Holmes) / The Towns of Italy in the Later Middle Ages (Trevor Dean) / La secchia rapita. Poema eroicomico (Alessandro Tassoni).