Tiradentes, héroe nacional y único ajusticiado tras el primer intento emancipador de Brasil

Aprisionamiento de Tiradentes, cuadro de Antonio Parreiras / foto: Dominio público en Wikimedia Commons

¿Qué pensaríamos al saber de un documento firmado con sangre? ¿Una escena de Fausto? ¿La carta de un mediático asesino en serie? ¿Algún nuevo tipo de rareza gótica? ¿Una obra de un artista excéntrico?

Todo valdría pero en este caso me refiero a un documento datado el 21 de abril de 1792: es la certificación del cumplimiento de una sentencia de muerte y la firma se hizo con sangre del ajusticiado, en vez de con tinta.

Una forma de subrayar el delito por el que había sido condenado (lesa majestad) junto con el trato -habitual en esos casos- que recibió luego el cuerpo: descuartizamiento y reparto de las partes por varias ciudades para su exhibición pública, de manera que sirvieran de ejemplo. El infortunado se llamaba Joaquim José da Silva Xavier, aunque era más conocido por su apodo: Tiradentes, el hombre que intentó la primera emancipación del Brasil.

En el año 1789, el territorio brasileño pertenecía al Reino de Portugal, gobernado por la dinastía Braganza desde su separación de España a mediados del siglo XVII. Por entonces ocupaba el trono María I, a la que tocó una época difícil: si la Revolución Francesa amenazaba subvertir el orden establecido en Europa, la independencia alcanzada por las Trece Colonias norteamericanas suponía un modelo para el resto del continente.

El contexto socioecononómico, la difusión de las ideas ilustradas y liberales (en América especialmente divulgadas por las activas logias masónicas de inspiración francesa y británica) y, en suma, el avance de los tiempos, hicieron que el intento independententista primigenio de las colonias lusas tuviera lugar en un sitio llamado Minas Gerais.

Tiradentes tras la ejecución (Pedro Américo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Tiradentes tras la ejecución (Pedro Américo) / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Minas Gerais era una provincia famosa por su minería aurífera, un enclave muy rico donde se formó una oligarquía criolla que estaba disgustada no sólo por la carencia de representación oficial sino también, y sobre todo, por las condiciones de explotación impuestas por la metrópoli. Ésta se llevaba una parte importante de la producción y además mantenía Minas Gerais bajo un rígido control a cargo de funcionarios peninsulares, dada la importancia de aquellos ingresos para Portugal.

Lo peor vino cuando la extracción del metal precioso decayó y el gobierno decretó un impuesto especial que debían pagar todos para compensar esa caída y alcanzar la cifra exigida de cien arrobas anuales; encima se impuso con retroactividad, remontando la obligatoriedad de recuperar el pago desde 1762.

Enfurecida, aquella élite empezó a forjar lo que dio en llamarse la Inconfidência Mineira o Conspiración Minera. En realidad, era todo bastante improvisado y no había un ideario común, dada la heterogeneidad social de los implicados, entre los que se contaban terratenientes, propietarios mineros, militares, religiosos, intelectuales e incluso altos funcionarios.

De esta manera, unos eran partidarios de la esclavitud y otros abolicionistas, éstos apostaban por diversificar la economía y aquéllos pensaban que el oro bastaría para el desarrollo local. En lo único que estaban de acuerdo era en independizarse de Portugal y del resto de la colonia.

En ese juego tuvo un importante papel el citado Joaquim José da Silva Xavier, un dentista militar no titulado que alternaba su trabajo en esa rama médica con la de minero; en esta última había sido encargado del transporte del oro hasta el puerto, por lo que pudo comprobar el escaso rédito que la producción dejaba in situ frente a la riqueza que cruzaba el océano hacia Lisboa.

Asimismo, había otro motivo de descontento que no sólo le afectaba a él sino a otros muchos habitantes: en el ejército luso, los cargos por encima de alférez estaban reservados para portugueses peninsulares; y Da Silva era americano, natural de un pueblo llamado Pombal, hijo de un pequeño propietario rural y una criolla. Tiradentes también envió al gobierno varias propuestas para mejorar Minas Gerais, como la construcciòn de un puerto propio, un acueducto y un almacén de grano, que fueron ignoradas; se pretendía mantener aquella tierra incomunicada y con cierto atraso para impedir la contaminación ilustrada.

Tiradentes como alférez/Imagen: emagister
Tiradentes como alférez / Imagen: emagister

Así fue cómo entró en contacto con la Conspiración Minera -seguramente a través de alguna logia- y pasó a formar parte activa de quienes se lanzaron a las calles de Vila Rica, la capital, en junio de 1789. Mucha gente se unió a la algarada exigiendo una república al grito de ¡Libertas quæ sera tamen! (Libertad, aunque venga tarde, actual lema de Minas Gerais), pero las protestas no pasaron de aquella movida noche porque algunos de los implicados habían traicionado a sus compañeros, delatándoles a cambio de que se les eximiese del controvertido tributo.

Luís Antônio Furtado de Mendonça, vizconde de Barbacena, que acababa de llegar a Minas Gerais como nuevo gobernador con la organización de la recaudación como primer objetivo, ordenó la detención de los conjurados, enviándolos a Río de Janeiro para su procesamiento.

Suplicio de Tiradentes (Aurelio de Figueredo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Suplicio de Tiradentes (Aurelio de Figuereido) / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Tiradentes consiguió ocultarse en primera instancia en casa de un amigo, pero fue descubierto por un delator (que, a cambio, recibió el título de hidalgo) y trasladado para su juicio junto con los demás. Sin embargo, ellos no tuvieron el mismo final: él era el de menor posición social y sobre el que recayó la responsabilidad, que asumió valientemente mientras los otros negaban la suya.

Y así, aunque algunos también fueron condenados a pena capital, al final se les conmutó por la de destierro en Mozambique y sólo aquel sencillo dentista terminó en el cadalso. Como era costumbre, su casa fue demolida y su familia sometida a verguenza pública hasta el punto de tener que huir. Sin embargo, la marcha de la Historia es imparable y Brasil conseguiría su emancipación a la par que los territorios de ultramar españoles, entre 1822 y 1825.

Actualmente, Joaquim José da Silva Xavier es considerado un mártir (de hecho, se le representa iconográficamente como un Cristo) y un héroe nacional; el 21 de abril es el Feriado de Tiradentes.

Fuentes: Historia de Brasil: una interpretación (Carlos Guilherme Mota, Adriana López y José Manuel Santos Pérez) / Matar al Virrey (Miguel Betanzos) / Segredos Da Inconfidência Mineira: Traidores Ou Heróis (Israel Foguel) / Las caras y las máscaras (Eduardo Galeano) / Wikipedia.