Giovanni Borelli, el científico que fabricó unas alas artificiales para intentar volar

Estudio de borelli sobre el movimiento de las aves/Foto: NIH

Volar siempre ha sido uno de los sueños del Hombre. La morfología de éste es una adaptación a la vida en tierra pero, aún así, ha conseguido dominar el medio acuático.

El aéreo es otra cosa porque las limitaciones son totales y únicamente se ha podido solventar con la ayuda del cerebro, plasmada en la invención de artilugios técnicos; la conquista del cielo es lo que Isaac Asimov consideraba el punto culminante de la naturaleza humana, pero para ello fueron necesarios muchos intentos fallidos previos que fueron allanando el camino. Uno de ellos lo protagonizó el científico italiano Giovanni Alfonso Borelli en el siglo XVII.

Borelli nació en 1608 en Nápoles, ciudad que por entonces formaba parte de la monarquía hispánica puesto que en 1442 había sido conquistada por el rey de Aragón Alfonso V. De hecho, los padres de Borelli eran una napolitana y un soldado español que procuraron proporcionar a su hijo una buena educación, para lo cual le enviaron a Roma a estudiar en la Universidad de La Sapienzia. Allí tuvo como profesor al prestigioso monje Benedetto Castelli, que había sido discípulo de Galileo, y como compañero de estudios a Evangelista Torricelli, que más tarde sería inventor del barómetro.

Borelli se formó en matemáticas, especialidad en la que se dedicó a la enseñanza en Messina hasta que también tuvo la oportunidad de conocer a Galileo en una visita a Florencia hacia 1640. Fue el famoso astrónomo el que dieciséis años más tarde le recomendó como sustituto en su catédra de la Universidad de Pisa (curiosamente, la misma que antes había ocupado su maestro). Desempeñando ese cargo conoció a otro ilustre sabio de la época, Marcello Malpighi, que dio un giro a su carrera.

Marcello Malpighi por Carlo Cignani/Foto: dominio público en Wikimedia Commons
Marcello Malpighi por Carlo Cignani / Foto: Dominio público en Wikimedia Commons

Malpighi, biólogo y médico (ocupaba la cátedra de Medicina Teórica), está considerado el descubridor de los glóbulos rojos y fundador de la disciplina que estudia los tejidos orgánicos, la histología, que practicaba gracias a los microscopios que inventaba. Junto con este nuevo amigo y colaborador, que le convenció para que centrara su atención en el análisis del cuerpo humano, Borelli fundó en 1657 la Accademia del Cimento (Academia del Experimento), cuyo nombre resulta suficientemente expresivo de a qué se dedicaba y que, aunque tuvo patrocinio de importantes nobles, sólo se mantuvo activa una década.

Giovanni Alfonso Borelli/Foto: dominio público en Wikimedia Commons
Giovanni Alfonso Borelli / Foto: Dominio público en Wikimedia Commons

Borelli empezó a investigar el movimiento de los animales, dejándose seducir cada vez más intensamente por el tema hasta el punto de que muchos le consideran hoy el padre de la biomecánica gracias a la publicación de los dos volúmenes de su obra De Motu Animalium. Poco a poco su atención se centró en la morfología de las aves y tuvo la idea de reproducirla con máquinas: aplicando para ello sus conocimientos de matemáticas y física, y habiendo descubierto algunos detalles fundamentales sobre el organismo animal (como que los músculos se mueven por impulsos, que el corazón ejerce una función similar a la de un pistón gracias a la elasticidad arterial o que el movimiento implica la necesidad de impulsar el centro de gravedad en la misma dirección equilibrándolo a la vez con los miembros), Borelli fabricó unas alas artificiales.

El experimento con ese ingenio dio como resultado el convencimiento definitivo de que el Hombre no podría volar nunca porque los brazos humanos no alcanzaban potencia suficiente para batirlas de la manera necesaria. Ello se debía, explicó, a que los músculos implicados en la acción constituían menos de una centésima parte del peso total del cuerpo humano, mientras que en los pájaros eran la sexta parte y podían generar una fuerza equivalente a diez mil veces su masa. Unas conclusiones que dejaban inútiles todos los inventos hechos hasta entonces en ese sentido (inlcuyendo muchos de Leonardo da Vinci) y que, sin embargo, obviaron después algunos pioneros del vuelo al precio de su vida.

Estudio de Borelli sobre respiración subacuática/Foto: Wikimedia Commons
Estudio de Borelli sobre respiración subacuática/Foto: Wellcome Images en Wikimedia Commons

Aquel no fue el único trabajo de Borelli, por supuesto, pues fiel a su época trató múltiples temas. Uno de los más curiosos era una especie de equipo individual de respiración subacuática (completado con el diseño de un protosubmarino), pero también estudios sobre la órbita de los cuerpos celestes (proponiendo los primeros conceptos sobre gravitación), sobre la composición de la sangre, sobre la fisiología de las plantas… Su principal problema estaba en tener un carácter difícil, algo soberbio, que le enajenó la protección nobiliaria y llevó a la disolución de la Academia porque no quería compartir sus trabajos con los demas miembros. Al parecer, también intervino en política y ello le supuso dar tumbos por muchos sitios, exiliado.

Su final fue triste, sumido en la pobreza y como simple maestro de escuela en un convento donde había tenido que solicitar hospedaje. Su obra se editó un año después de su fallecimiento (que fue en 1679), a instancias de la ex-reina Cristina de Suecia, con la que había entablado cierta amistad durante una estancia en Roma.

Fuentes: Historia de la biología comparada IV. De Descartes a Leibniz (1628-1716) (VVAA) / Classics in movement science (Mark L. Latash y Vladimir M. Zatsiorsky) / Wikipedia.