El panadero que organizó un levantamiento contra el gueto de Fráncfort

Fettmilch, a la izquierda, en un grabado de 1614 / foto Dominio público en Wikimedia Commons

Aunque generalmente se tiende a ligar casi irremisiblemente la persecución de los judíos con el período nazi, en realidad fue una constante general en toda Europa, de norte a sur, mantenida con altibajos a lo largo del tiempo hasta hace muy poco.

Pero sí es cierto que en territorio germano se dieron algunos de los pogromos más violentos contra la comunidad hebrea y uno de los que se llevaron fama especial fue el llamado levantamiento de Fettmilch.

Fettmilch no es el nombre de una ciudad sino el de un panadero calvinista de Fráncfort, Vincenz Fettmilch, que en 1614 se las arregló para organizar un brutal asalto y saqueo al gueto local, implicando a los gremios artesanos y a buen número de habitantes, en una acción tan extrema que obligó al emperador a intervenir de forma drástica, poniendo fin a la situación y acabando con los pogromos hasta su recuperación siglos después.

Para entender el porqué de tal arrebato hay que retroceder en el tiempo. Aunque el Frankfurter Judengasse se creó oficialmente en 1462, en realidad una importante parte de la población de esa urbe era judía desde mucho antes; tan importante que resultaba la más numerosa de lo que hoy es Alemania. Esto era así porque en el año 1074 Enrique IV concedió a los judíos de varias ciudades una serie de privilegios económicos, entre los que destacan una reducción de las tasas comerciales, con vistas a estimular esa actividad. Eso incentivó la afluencia de muchos de ellos a entornos urbanos, siendo Frankfurt uno de los más beneficiados en ese sentido.

El gueto de Fráncfort en un grabado de Matthäus Merian de 1628 / foto Dominio público en Wikimedia Commons
El gueto de Fráncfort en un grabado de Matthäus Merian de 1628 / foto Dominio público en Wikimedia Commons

Por entonces aún no había ghetto y los judíos se establecían en lo que ahora es el casco antiguo, mezclados con los cristianos y gozando de los mismos derechos que ellos, algo que había sido inusual en tiempos anteriores. Como, no obstante, existía un sentimiento antijudío heredado de la Antigüedad (en parte por su renuencia a someterse a la Pax Romana y en parte porque la Iglesia les atribuía la culpa de la muerte de Cristo), terminaron por brotar los incidentes. En 1241 se produjo el primer judenschlacht, un pogromo causado por la exigencia cristiana de que los hijos de los matrimonios mixtos fueran bautizados obligatoriamente: en los enfrentamientos murieron casi dos centenares de judíos y sus bienes, tanto muebles como inmuebles, fueron destruidos.

El pogromo de 1241 denotó claramente una organización previa, ya que participaron las milicias urbanas. Sin embargo nunca quedó clara la responsabilidad, apuntando unos a los dominicos y otros a los enemigos políticos del emperador Federico II, que había puesto bajo su protección a la comunidad judía. En cualquier caso, cuando su hijo Conrado IV asumió el trono optó por dar un indulto general, quizá para asegurar su posición ante dichos opositores, y ello logró que una tensa paz volviera a instaurarse en la ciudad durante un siglo.

En junio de 1349 Carlos IV decidió arrendar al ayuntamiento de Fráncfort, que su predecesor Luis IV había convertido en ciudad libre (con gobierno autónomo pero bajo su jurisdicción directa), la gestión de un tributo especial que la comunidad judía pagaba por su protección. De de esta forma, el emperador traspasaba también la responsabilidad de dicha protección a las autoridades municipales pero éstas no se esmeraron en ello. El año anterior ya se había culpado a los judíos de un brote de Peste Negra y en el verano de 1349 se produjo un nuevo pogromo, amparado implícitamente por una normativa que permitía al consistorio adueñarse de las propiedades de los judíos que fallecieran.

La mayoría de los judíos tuvo que huir y sólo pudieron volver pagando, una vez más. Así, la comunidad fue creciendo de nuevo poco a poco, pero las cosas habían cambiado. A partir de 1360 ya no tenían plenos derechos, tanto los impuestos como la propia estancia en la ciudad debían negociarse individualmente y quedaba vetada la posibilidad de que fueran ascendidos a maestros gremiales, así como se proscribían sus instituciones de gobierno propio. Todo ello quedó recogido en el llamado Judenstättigkeit, un código legal. Con las limitaciones impuestas para integrar oficios artesanos, los judíos tuvieron que centrar su actividad profesional en el comercio y los préstamos, algo fácil porque Fráncfort se había convertido en una de las ciudades más prósperas de Europa, pero que a la larga significaría la acumulación de odio contra ellos.

Una serie de problemas jurídicos redujo progresivamente la población hebrea en las décadas siguientes, pero hacia 1416, de nuevo merced a la intervención imperial, empezó a recuperarse, en parte porque otras ciudades los fueron expulsando una tras otra y Frankfurt dictó una ley para acogerlos, especialmente a los más ricos. Sin embargo, a mediados del siglo se decidió que debían concentrarse en un gueto para evitar problemas, además de obligarles a vestir señales identificativas (círculos amarillos en las mangas los hombres, velo azul las mujeres). En la práctica allí llevaban una vida autosuficiente, con administración de justicia propia y obras urbanas a su costa, si bien no podían salir de noche ni participar en las fiestas cristianas, así como tampoco celebrar más de una docena de bodas al año.

El levantamiento de Fettmilch en un grabado de Georg Keller de 1628 / foto Dominio público en Wikimedia Commons
El levantamiento de Fettmilch en un grabado de Georg Keller de 1628 / foto Dominio público en Wikimedia Commons

En el siglo XVI el gueto tuvo que ampliarse extramuros y a principios del XVII sobrepasaba los tres millares de hacinados habitantes. Tan importante llegó a ser la Fráncfort judía que en 1603 acogió la celebración de una Conferencia Rabínica en la que se decidieron algunos temas administrativos y económicos que el emperador Rodolfo II consideró excesivos, retirándoles su protección; fue la puerta a un nuevo y extremo pogromo, el que citábamos al comienzo, impulsado por aquel panadero llamado Fettmilch en 1613. El caso es que, en su origen, aquel conflicto no tuvo tanto que ver directamente con los hebreos sino que era un enfrentamiento entre los gremios y el Ayuntamiento, entre las clases «medias» y las poderosas. Las primeras exigían independencia respecto al poder municipal, así como mayor participación en las decisiones políticas y económicas, entre ellas la sempiterna rebaja del precio del cereal, poner un límite a los intereses que imponían los prestamistas judíos (pasar del doce al ocho por ciento) y reducir el número de éstos (y por extensión, el número de judíos del gueto).

Fettmilch obtuvo el apoyo de comerciantes y artesanos y forzó al consistorio a negociar y ceder, pero se encontró que éste tenía las manos atadas porque estaba fuertemente endeudado, por lo que rechazó sus propuestas, al igual que el emperador Matías de Habsburgo. Entonces se pasó a la acción y los insurrectos se apoderaron de la entrada de la ciudad, obligando a intervenir al emperador. Ello desató definitivamente la rebelión y la ira popular se volcó, como siempre, sobre los más débiles: venciendo la resistencia inicial en los muros, la judería fue asaltada salvajemente y saqueada, expulsándose a sus habitantes. Los rebeldes quedaron dueños de Fráncfort, algo que, por supuesto, el Sacro Imperio no podía permitir. En otoño de 1614, tras dos años de conflicto, las tropas imperiales tomaron el control y detuvieron a los principales cabecillas de la revuelta. Seis fueron ejecutados y sus cabezas expuestas públicamente en picas en febrero de 1616; entre ellos estaba el panadero, al que descuartizaron cuatro caballos. Al mismo tiempo los soldados escoltaban a los judíos de vuelta a sus casas (o lo que quedaba de ellas), suceso que aún se rememora con una fiesta llamada Purim Vinz.

Bombardeo de Fráncfort por las tropas napoleónicas, cuadro de Christian Georg Schütz y Regina C. Carey / foto Dominio público en Wikimedia Commons
Bombardeo de Fráncfort por las tropas napoleónicas, cuadro de Christian Georg Schütz y Regina C. Carey / foto Dominio público en Wikimedia Commons

Aquel desbocado pogromo escandalizó incluso a los cristianos y el emperador ordenó que el gueto quedara otra vez bajo su protección; una inscripción en piedra a la entrada junto al escudo imperial daba fe y un corpus legislativo promulgado ese mismo año garantizaría un período de tranquilidad relativa a la judería, aunque a costa de asumir un estatus de ciudadanos de segunda. Aún así, la comunidad todavía sufriría algunos sustos, como los dos terribles incendios de 1711 y 1721, el segundo aprovechado por algunos vecinos cristianos para robar en las casas. La destrucción fue de tal calibre -los edificios eran de madera- que muchos judíos tuvieron que alojarse temporalmente en viviendas de conocidos cristianos dispuestos a acogerles. Posteriormente, en 1796, las tropas napoléonicas bombardearon la ciudad y acabaron de facto con lo poco que se había ido reconstruyendo; sería definitivamente demolido en la segunda mitad del siglo XIX y los nazis derruyeron lo poco que quedaba. Hoy apenas quedan unos restos testimoniales, siendo el cementerio lo más significativo pese a que sólo es un tercio del original.

Fuentes: German Histories in the Age of Reformations, 1400–1650 (Thomas A. Brady Jr) / La destrucción de los judíos europeos (Raúl Hilberg) / La Europa del siglo XVII. 1598-1700 (Thomas Munk) / Paths to Genocide: Antisemitism in Western History (Lionel B. Steiman) / Wikipedia.