Las leyendas del Caleuche, el barco fantasma de la mitología de Chiloé

Millalobo según Nitrox. Imagen de Devian Art

Si hay algo que caracterizó el proceso de establecimiento del cristianismo en el Nuevo Mundo fue el sincretismo religioso, la conjugación de creencias prehispanas con la palabra de Cristo, hábilmente utilizada por los misioneros para hacer comprender mejor su mensaje a los indígenas y que se plasmó en la asimilación de gran parte de la iconografía de la nueva religión identificándola con los personajes de su fe anterior. Sin embargo, el sincretismo no se limitó al ámbito de la fe y también tuvo una versión en el antropológico y cultural; en ese sentido, muchos mitos nativos se fusionaron con los llevados por los europeos dando lugar a curiosas leyendas, a menudo sobre ricos reinos perdidos. No obstante, uno de los más singulares no tenía nada que ver con eso y resultaba originalmente diferente: el Caleuche.

El Caleuche era el nombre de una especie de nave fantasma, también conocida de otras formas como Buque de Arte y Barco de los Brujos entre otras, según la versión que se le atribuya sobre su origen. Porque hay unas cuantas y ninguna tiene la certeza absoluta. Evidentemente, lo primero que se nos viene a la cabeza es la leyenda del Holandés Errante, cuyo capitán hizo un pacto con el Diablo para navegar sin peligro de naufragios y, en consecuencia, Dios le castigó a vagar por los mares sin tocar tierra para siempre. De hecho, se apunta a que la llegada de corsarios neerlandeses a la costa de Chiloé (Baltazar de Cordes, a las órdenes de Jacob Mahu, capturó esas islas por un tiempo en el año 1600) fue cuando se introdujo el mito. Chiloé es un archipiélago del sur de Chile y, de hecho, el Caleuche pertenece a la mitología chilote.

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Pero hay más teorías. Una habla de un barco esclavista que arribó al territorio insular y sus tripulantes atrajeron con música y fiesta a los indigenas para hacerlos cautivos. De ello devienen algunas características del Caleuche, como son el emitir una melodía hipnotizadora que seduce a quien la escucha y lo arrastra a bordo, donde quedará prisionero para la eternidad y además con la insólita maldición de llevar una pierna sobre la espalda. Ahí se nota la fusión con un personaje de la mitología mapuche: el Imbunche (al que también se llama Chivato, Machucho o Butamacho), un humano deforme de miembros retorcidos y habla gutural cuya característica más llamativa es que una de sus piernas pasa por detrás de la cabeza, andando a saltos con la otra.

El archipiélago de Chiloé, en rojo, parte inferior izquierda de la imagen. Mapa: Google Maps
El archipiélago de Chiloé, en rojo, parte inferior izquierda de la imagen. Mapa: Google Maps

El Imbunche sería el guardián de la cueva donde habitan los calcus, brujos que se dedican a practicar magia maligna (frente a la de los benignos machis o chamanes), que raptarían niños a los que convertían en imbuches tras un proceso de deformación, rompiéndoles la pierna y colocándosela de esa extraña manera. Los calcus son los protagonistas de muchas leyendas que suelen agruparse bajo el epígrafe común de los Brujos de Chiloé, que pervivieron y se agrandaron por el choque posterior con el catolicismo; en 1880, ya con Chile independiente, incluso hubo un grotesco proceso contra varios de ellos acusados de asesinato, aunque finalmente fueron liberados sin pruebas porque resultó que se habían declarado culpables bajo tortura.

El caso es que una de las versiones del Caleuche se identifica con el Barco de los Brujos de Chiloé: sólo ellos pueden viajar en él por orden de Millalobo, el rey del mar con apariencia mitad humana mitad lobo marino que les proporciona caballos acuáticos para llegar a tierra cuando arriban al lugar cada tres meses.

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Ah pero desembarcaban los brujos, se asombrará más de uno. Sí, al contrario que el Holandés Errante, que jamás podía tocar tierra, los brujos lo hacían -envueltos en niebla- para comerciar y de ahí surgió el rumor de que cuando alguien se enriquecía era gracias a esos negocios de dudosa moralidad. Puede parecer alucinante pero todavía en una fecha tan próxima a nosotros como 1960, tras un terrible terremoto que asoló Chiloé, se decía que aquellos cuyas casas resistieron los temblores habían llegado a un acuerdo con los brujos, quienes les habían protegido con sus conjuros mágicos.

La sirena (John William Waterhouse)
La sirena (John William Waterhouse)

Como hemos visto, hay cierta similitud entre el Caleuche y las sirenas de la mitología griega, que usaban sus seductores cantos para atraer a los marinos y llevarlos a la muerte para devorarlos. Y es que otra interpretación del mito chilote considera que el barco es una entidad viva, cuya consciencia le fue concedida por el citado Millalobo para encargarle la misión de recoger las almas de los fallecidos en la mar, siendo un personaje llamado la Pincoya, una especie de nereida hija de Millalobo, quien las sube a bordo para transportarlas a otro mito de los que decíamos al principio, la Ciudad de los Césares. Doble parecido, pues, ya que muchos expertos consideran que, originariamente, los griegos atribuían a las sirenas (al fin y al cabo la versión maligna de las nereidas) la tarea de guiar las almas hacia el Hades.

El caso es que la versión de Chiloé añade un elemento extra, la venganza: Caleuche estaba casado con una loba marina pero unos pescadores la mataron, por lo que se sumió en el odio contra la raza humana provocando la erupción del Calbuco (el volcán de Chiloé), secuestrando a sus mujeres, esclavizando a los marineros, deformando el rostro a quien lo contemple y, además, sirviendo de transporte a los brujos.

Fuentes: Amory, Dean: Las Principales Leyendas, Mitos, Historias y Cuentos de Chile / Emmerich, Fernando: Leyendas chilenas