Aunque remodeladas bajo una nueva iconografía, los seres humanos mantienen vigentes antiquísimas costumbres, algunas de las cuales hunden sus raíces en la etnografía más primitiva. Una de ellas es la del tótem, ese objeto emblemático que mitologías y religiones identificaban como símbolo de la tribu, el clan o el grupo como elemento de identidad propia y medio de aglutinar voluntades. La palabra es originaria de América del Norte pero su sentido es mucho más extenso porque, como concepto, aparece en casi todos los rincones del mundo y en muchos momentos de la historia. Por ejemplo, no dejaban de actuar como tótems las tallas de la Virgen o de Santiago que “milagrosa” y oportunamente se aparecían a los soldados españoles cuando se encontraban en un apuro en el frente y les enardecían para salir adelante. Y tótem fue la Oriflama para los franceses en la Edad Media.

La Oriflamme (en original francés) era un estandarte de guerra, una pieza sagrada que el monarca franco Dagoberto (aunque hay quien retrotrae el origen al emperador romano Constantino) habría entregado a la Abadía de Saint-Denis, panteón de los reyes franceses, y que el monarca enarbolaba en situaciones comprometidas como señal de lucha sin cuartel hasta la muerte. Se supone que, desplegado y tremolando al viento, ejercía un influjo decisivo, negativo sobre el ánimo del enemigo y positivo sobre la tropa gala. Su nombre es una derivación del latín flamma aurea, que significa llamas doradas y alude a su forma: un pendón terminado en largas puntas y bordado con diversos motivos dorados como llamas procedentes del sol, la palabra Saint-Denis, una cruz… Las descripciones varían y algunas fuentes hablan sólo del fondo de seda roja. Lo que sí parece es que lo de las flammes se debía a esas puntas, que al ser agitadas por el viento asemejaban el fuego crepitando.

Oriflama en St-Denis. Foto: Trad'historie
Oriflama en St-Denis. Foto: Trad’historie

La Oriflama se colocaba colgada perpendicularmente (en batalla probablemente iría como una bandera normal por razones prácticas) sobre un asta también dorada, lo que remitía a una tradición del siglo XI narrada en la Chanson de Roland según la cual Carlomagno había llevado esa bandera a Tierra Santa, engarzándola en una lanza de oro que esgrimía otro caballero y en cuya combinación hacían salir fuego para combatir a los musulmanes, como si de un primigenio lanzallamas se tratase. Con el paso del tiempo la lanza cayó en el olvido y quedó únicamente el recuerdo del estandarte, que por entonces aún no tenía su nombre definitivo y fue sucesivamente bautizado como Romaine y Montjoie.

Pero si hablamos de referencias estrictamente históricas, y dejando aparte su uso por los monjes de Saint-Denis, que lo empleaban como método de identificación (también de protección, contra bandidos), la primera noticia que hay sobre la Oriflama es una referencia sin nombre explícito a un pendón de color azafrán durante el asedio de París por los normandos en el año 885, luego asociado a Hugo Capeto. También aparece en varios libros miniados, mosaicos y pinturas medievales. Después, en el 1124, el rey Luis VI recurrió a ella para acompañar a la bandera real (flores de lis doradas sobre fondo azul) que era la representación de San Martín de Tours y que cada vez fue apareciendo menos en las crónicas. El soberano designó como abanderado al conde de Vexin, puesto que era el encargado de la defensa de la abadía al formar parte de su condado. Más tarde, esas propiedades pasaron a la corona y Felipe I adoptó oficialmente la Oriflama.

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Aquel pendón se guardaba normalmente en Saint-Denis y sólo se sacaba en tiempos de guerra, para llevarlo al frente. El rey comulgaba en la abadía misma, descubría la tumba del santo homónimo (Dionisio había sido decapitado y su sangre, contaba la tradición, era la que teñía de rojo la tela) y marchaba con sus tropas. Un caballero especialmente distinguido era el portador de la Oriflama, puesto de honor que pasaba por ser una de las mayores dignidades que se le podían conceder a un guerrero entonces, junto con las de mariscal y condestable. Dicho abanderado se significaba en batalla con un símbolo tan visible y, por tanto, corría mayor peligro; además, debía morir antes que perderlo. Por eso en la lista de portadores figuran personajes ilustres como Godofredo de Charny (que murió en la batalla de Poitiers enarbolándolo), Arnoul d’Audrehe (mariscal de Francia que, sin embargo, nunca tuvo ocasión de llevarlo en combate) o Guillaume de Martel (que cayó en Agincourt).

La Oriflama estuvo presente varias veces en la lucha, casi siempre contra los ingleses y sus aliados (Bouvines, Crécy, Poitiers) o contra los flamencos (Mons-en-Pévèle, Roosebeke), aunque en 1248 llegó bastante más lejos: a Tierra Santa, durante la Séptima Cruzada que lideró Luis IX de Francia y que acabó en desastre. No fue la única ocasión en la que se perdió porque lo hizo en casi todas las batallas mencionadas; recordemos que sólo se sacaba en momentos críticos, cuando el país estaba en peligro, siendo el último en Agincourt. Por eso fue necesario ir reemplazándola por otras nuevas que, poco a poco, se cree que fueron variando su apariencia original.

De todas formas, a partir del siglo XV, la Oriflama volvió a Saint-Denis para quedarse definitivamente. Tras la Guerra de los Cien Años Carlos VII adoptó para la monarquía francesa la bandera blanca con flores de lis que Juana de Arco enarbolaba, desplazando también de paso a la de San Martín.

Fuentes: In search of the Oriflamme / The Oriflamme, Standard of the French Kings / Wikipedia / Tratado completo de la ciencia del blasón (Modesto Costa) /

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