El 19 de julio de 1808, dos meses y medio después de que el pueblo de Madrid se levantara en armas contra la ocupación francesa, la localidad andaluza de Bailén fue escenario de la primera victoria del ejército nacional, al mando de Francisco Javier Castaños y Teodoro Reding, contra el napoleónico del general Pierre Antoine Dupont. Los galos dejaron allí dos mil doscientos muertos y cuatrocientos heridos pero, sobre todo, la alucinante cifra de más de diecisiete mil prisioneros. Poco después, el general Castaños dejaba una frase para el recuerdo que, en principio, desconcierta un poco: “Valdepeñas ha hecho el acto más heroico en honor de la independencia de la nación” ¿Qué relación había entre esa afirmación y su reciente victoria?

Hay que retroceder en el tiempo dos veces para entenderlo. La primera un mes y medio, hasta el mes de mayo de ese mismo año, fijando la atención en la citada Valdepeñas (Ciudad Real). Era un lugar de paso para las tropas napoleónicas que avanzaban hacia Andalucía, ya que por allí transcurría el Camino Real que enlazaba la región sureña con la meseta. Ante el temor de que el pueblo fuera a ser ocupado, los vecinos organizaron una Junta de Defensa que negó auxilio a un contingente de franceses que huían de una revuelta en la vecina Santa Cruz de Mudela. Advertido de que la cosa se torcía, se desplazaron refuerzos al lugar mientras todas las villas de los alrdededores se preparaban para hacerles frente.

El 6 de junio todos los vecinos estaban ya armados y dispuestos para el combate pero, dado su limitado número, se formó un grupo auxiliar con las mujeres. Al llegar el enemigo y fracasar los intentos negociadores, se desataron los acontecimientos. Los franceses entraron en Valdepeñas a paso de marcha y ritmo de tambor mientras, paralelamente, las campanas repicaban en señal inequívoca de llamada a la lucha. Y en efecto, en un momento se destapó la caja de los truenos. Aquí vamos a retroceder cronológicamente por segunda vez, en un salto un poco más amplio: a 1787.

Estatua de Juana Galán en Valdepeñas (por Javier Galán). Foto: Wikimedia
Estatua de Juana Galán en Valdepeñas (por Javier Galán). Foto: Wikimedia

Ese año nacía en Valdepeñas Juana Galán, primogénita de siete hermanos de una familia de clase media propietaria de una posada. Al parecer era lo suficientemente resuelta como para encargarse de liderar la organización del grupo femenino de Valdepeñas. Y, en efecto, cuando los soldados enemigos avanzaban por el pueblo, los vecinos les salieron al paso entablándose una batalla callejera que debió tener un espíritu similar al del reciente 2 de mayo en Madrid. La gente atacó con todo lo que tenía a mano, desde trabucos a navajas, pasando por porras y aperos de labranza reconvertidos en armas. Pero no hubieran durado mucho de no haber intervenido primero las féminas, que desde las ventanas deshicieron la formación del adversario arrojando agua y aceite hirviendo, ladrillos y cualquier cosa susceptible de convertirse en improvisado proyectil, para después bajar a rematar a los heridos.

Cuentan que sólo quedó vivo un niño, un pífano, que pudo huir para alertar a los suyos. El contraataque lo protagonizó la caballería: doscientos cincuenta dragones que se lanzaron a la carga y fueron recibidos de la misma forma, por lo que el general Ligier-Belair, que estaba al mando de la operación, ordenó ir quemando Valdepeñas casa a casa para despejar el camino. Los cazadores galos fueron tomando poco a poco el lugar, empujando a los defensores hacia pelotones estratégicamente ubicados para disparar sobre quienes huían de las llamas. Pero incluso así la resistencia era feroz, por lo que finalmente se pactó una tregua: los soldados podrían recoger a sus caídos y luego seguirían hacia Andalucía rodeando Valdepeñas, mientras que los vecinos les darían provisiones para una jornada.

Otras poblaciones del entorno vivieron jornadas semejantes pero el Camino Real quedó bajo control de los guerrilleros españoles que, en una de sus fulminantes acciones, interceptaron un correo francés con instrucciones para el general Dupont sobre qué movimientos debía hacer en Andalucía. Rápidamente, el mensaje fue enviado a Castaños, que contó así con la ventaja de saber qué iba a hacer Dupont y pudo hacerle frente en Bailén. Años después, Fernando VII le dio a Valdepeñas el honor de ser llamada Muy heroica ciudad. Y realmente tuvo que ser un espectáculo sorprendente ver a Juana Galán, conocida como la Galana, arremeter con una estaca contra los cazadores napoleónicos. Así se la suele representar en las estatuas.

Sin embargo, Juana no sobrevivió a la guerra. En 1810 se casó y tuvo dos hijas pero falleció dando a luz a la segunda el 24 de septiembre de 1812. Un fecha curiosa porque ese mismo día entraba en Valdepeñas la victoriosa partida de Francisco Abad Moreno, alias Chaleco, un guerrillero que se había echado al monte tras la muerte de parte de su familia a manos francesas y llegó a ostentar el cargo de coronel. Chaleco, como tantos otros que habían dejado su sangre en luchar contra el invasor, terminó ejecutado por Fernando VII durante la llamada Década Ominosa, pero ésa es otra historia; lo realmente curioso fue que la leyenda le atribuyó un romance con Juana Galán, de quien, a su vez se dijo que habría tenido un enfrentamiento con otra mujer de armas tomar, la célebre Agustina de Aragón por el amor del guerrillero. Claro que alrededor de ese tipo de personajes siempre brotan historias apócrifas; otra decía que Juana sufrió un desequilibrio mental tras la batalla.

Lo cierto es que Juana no fue la única heroína que dio la localidad ciudadrealeña. Otra muy famosa ha pasado a la Historia únicamente por su sobrenombre, la Fraila, ya que se desconoce su identidad. Ello se debe a que era de origen muy humilde, una sencilla santera, viuda y con un hijo, que había sido la primera en dar la voz de alarma sobre el avance de las tropas napoleónicas hacia Valdepeñas. En 1811 se enteró de que su vástago, que se había unido a la guerrilla de Chaleco, acababa de morir en acción. La ocasión de vengarle se presentó cuando un centenar de soldados se instalaron en la ermita donde trabajaba: de noche, atrancó la puerta, colocó los barriletes de pólvora que llevaban bajo el altar y les prendió fuego, volando por los aires el edificio con ella misma dentro.

Mujeres de armas tomar. Literalmente.

Fuentes:
-Vasco Gallego, Eusebio: Valdepeñeros ilustres.
-Pérez-Galdós, Benito: Bailén.

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