Cuando los zelotes de Tesalónica instauraron una república comunitaria popular

Escudo de los Paleólogos

Generalmente usamos la palabra zelote (o zelota) para designar a un militante del movimiento ultranacionalista y violento que surgió en Judea en el siglo I para oponerse por la fuerza al dominio romano, frente a la contemporarización de fariseos y saduceos.

Sin embargo, hubo otros zelotes diferentes a aquello que creó el rebelde Judas de Galilea; tan diferentes que vivieron en una tierra distinta y en una época muy posterior: los zelotes de la ciudad griega de Tesalónica, protagonistas de un episodio histórico de la Baja Edad Media.

En este caso el término no se aplicaba a un grupo de resistentes fanáticos y menos aún que odiasen a los romanos, ya que probablemente echarían de menos los tiempos imperiales. Cristianos pero imperiales. Al fin y al cabo, en cierta forma la causa de sus desdichas era precisamente el declive imparable del Imperio Bizantino, afectado tanto por guerras civiles como por amenazas exteriores, lo que incidió de forma dramática en la economía: los campesinos sufrían duras hambrunas ante la indiferencia de una aristocracia a la que los problemas del pueblo no sólo le resultaban absolutamente ajenos sino que además redundaban en su beneficio, concentrando la propiedad de las tierras.

La dinastía de los Paleólogos, que a la postre sería la más duradera pero también la última, mostraba ser incapaz de variar el curso de los acontecimientos y, de hecho, el basileus Juan V estaba controlado por el regente Juan Cantacuceno. Juan era aún un niño de nueve años cuando tuvo que suceder a su fallecido padre Andrónico III, por lo que se nombró regente a su madre, Ana de Saboya.

Representación de Constantinopla
Representación de Constantinopla

Pero el verdadero poder en la sombra lo ejercía Cantacuceno, antiguo primer ministro, que presionó para ser asociado a la regencia. Sus ambiciones resultaban tan patentes que surgió un movimiento de oposición dirigido por el megaduque Alejo Apocauco y el patriarca Juan Calecas, que apoyaban exclusivamente a la emperatriz viuda. Cantacuceno tuvo que huir de Constantinopla y desde su refugio en Tracia se autoproclamó emperador. Era octubre de 1341 y empezaba la llamada Segunda Guerra Civil Bizantina.

Lo característico de ese conflicto fue el acusado cariz social que revistió, ya que el usurpador tenía detrás a las clases poderosas y terratenientes, mientras que Juan y Apocauco estaban respaldados por el pueblo. En Tesalónica, segunda ciudad del imperio en importancia pero con buena parte de su población empobrecida, una parte de ésta se organizó en un curioso movimiento que tomó el nombre de los antiguos zelotes. Los tesalónicos eran partidarios de Juan porque habían sido ellos quienes auparon al poder a su padre y al propio Cantacuceno. Pero ahora se enfrentaron a este último porque su hombre en la ciudad, el gobernador Teodoro Sinadeno, era un déspota. Así que le echaron y Tesalónica quedó en manos de Juan V, con Miguel Paleólogo, líder zelote junto a Andrés Paleólogo, ejerciendo de arconte (una especie de delegado del gobierno).

Monedas acuñadas por Juan V Paleólogo
Monedas acuñadas por Juan V Paleólogo

A pesar del apellido, parece ser que no sólo no tenían nada que ver con la dinastía reinante sino que ni siquiera eran familia entre sí. Pero más allá del misterio de la identidad de ambos, lo verdaderamente importante y llamativo fue la manera en que organizaron la ciudad: una forma de república popular en la que los bienes de terratenientes y acomodados, tanto laicos como religiosos, fueron confiscados y la propiedad pasó a ser comunal. Ello les hizo ganarse la enemistad de la Iglesia Ortodoxa, creándose una grieta interna, y el factor credo les dividió en dos: por un lado los zelotes políticos y por otro los zelotes religiosos. A los primeros se los conoce también como baarlamitas a causa de su líder, el monje excomulgado Baarlam de Seminara, defensor de la filosofía y el legado de la Grecia clásica, en abierto enfrentamiento con el místico y antiracionalista arzobispo Gregor Palamas, fundador del palamasismo; ésta última corriente era la base de los hesicastas, nombre con que se llamaba a los zelotas religiosos, que abogaban por el modo de vida ascético.

Juan Cantacuceno
Juan Cantacuceno

Esa dicotomía se dirimió no pocas veces de manera violenta, agravando la coyuntura política y militar. Porque Cantacuceno se presentó a las puertas de Tesalónica dispuesto a conquistarla con la ayuda de dos insólitos aliados: los selyúcidas y los serbios. El asedio duró varios años y cuando murió Miguel Paleólogo cambió radicalmente el panorama: Alejo Apocauco llegó a un acuerdo con los aristócratas tesalonicenses para entregar la ciudad a Cantacuceno. Los zelotes, sin embargo, se enteraron a tiempo y dirigidos por Andrés Paleólogo desataron una brutal represión contra todo aquel considerado sospechoso de simpatizar con el enemigo: los aristócratas «eran arrastrados por las calles con una soga al cuello, como los esclavos. A veces un criado empujaba a su amo, otras un esclavo al que lo había comprado. El rústico empujaba al general, el campesino al guerrero» contaba el cronista bizantino Demetrios Kydônès.

Gregor Palamas
Gregor Palamas

En 1347 Juan V y Juan Cantacuceno alcanzaron un acuerdo de paz por el que ambos se repartían el poder y el primero se casaba con la hija de su nuevo socio, Helena. Pero Tesalónica se negó a admitirlo y continuó con su peculiar sistema absolutamente independiente, como si no formara parte del imperio. Sólo tras dos años de aislamiento, mermada por haber sufrido los estragos de la Peste Negra y con la amenaza siempre presente de la poderosa Serbia del rey Esteban Dušan, Andrés Paleólogo perdió su posición teniendo que huir y se puso fin al zelotismo. Cantacuceno pudo por fin entrar en la ciudad en 1350, aunque lo hizo en compañía de Juan V y del citado Gregor Palamas, que logró así imponer su visión sobre la de los baalamitas y acabar siendo canonizado. Los otros dos, como cabía esperar, acabarían enzarzándose en una nueva guerra civil; pero ésa es ya otra historia.

Fuentes: Historia del Estado Bizantino (Georg Ostrogorsky) / Breve historia del imperio bizantino (David Barreras Martínez y Cristina Durán Gómez) / The Last Centuries of Byzantium, 1261-1453 (Donald M.Nicol)