Cómo Pisístrato engañó dos veces a los atenienses para convertirse en tirano

Pisístrato con la supuesta Atenea / foto Ancient World History

A lo largo de la historia ha habido hombres que han perseguido el poder con ahinco y perseverancia extremos. Véase por ejemplo Napoleón Bonaparte, que lo consiguió dos veces, aunque la segunda no duró demasiado. Uno de los primeros que conocemos por las fuentes que no desfalleció hasta obtener su objetivo fue el tirano de Atenas Pisístrato, que vivió entre el 607 y el 527 a.C. Hasta tres veces lo intentó, y las tres lo consiguió.

Pisístrato era hijo del filósofo Hipócrates y desde muy joven demostró destreza en el combate, llegando a comandar al ejército de Atenas como polemarca en la guerra contra Megara hacia 570 a.C., consiguiendo éxitos como la captura del puerto de Nisea y la recuperación de Salamina. Ello supuso el final del bloqueo comercial que provocaba la escasez de alimentos en la ciudad por varias décadas.

Supuesto busto de Pisístrato, copia romana de un original griego / foto Dominio Público

Tras la victoria y con la marcha de Solón, la política ateniense se encontraba dividida tanto en función de las clases sociales como de la situación geográfica. Los terratenientes de las llanuras que producían grano apoyaban a Licurgo y abogaban por una oligarquía; los ciudadanos de la costa que vivían del comercio estaban liderados por el alcmeonida Megacles, y su intención era mantener las reformas de Solón; y finalmente los más pobres de todos, los habitantes de las montañas que solo producían lana y miel, siguieron a Pisístrato, quien les prometió reformas radicales.

No obstante Pisístrato sabía que no contaba con el suficiente poder político como para imponer esas reformas. De modo que, tal y como cuenta Heródoto, hacia 561 a.C. se hizo golpear y herir por algunos de sus seguidores (o quizá lo hizo él mismo). Así, ensangrentado, se presentó en el Ágora ante los atenienses asegurando haber sido víctima de un ataque de sus rivales políticos y demandando que se le asignase una guardia personal como protección. La asamblea de ciudadanos le concedió 50 hombres armados, en vista de la gravedad del asunto.

Lo que no esperaban era que Pisístrato emplease ese pequeño ejército para tomar la Acrópolis, dar un golpe de estado y proclamarse tirano, aprovechando que las otras dos facciones estaban a la greña entre sí y poniendo fin al gobierno aristocrático. Pero no le duró mucho, porque hacia 555 a.C. Licurgo y Megacles se aliaron para desalojarle y le enviaron al exilio, donde permaneció entre 3 y 6 años.

El ágora de Atenas en la actualidad / foto JarekPT en Wikimedia
El ágora de Atenas en la actualidad / foto JarekPT en Wikimedia

Al cabo de ese tiempo los dos partidos volvieron a enfrascarse en disputas y Pisístrato aprovechó su nueva oportunidad en 550 a.C. Esta vez entró en la ciudad en un carro dorado a bordo del que le acompañaba la diosa Atenea mostrando su favor al tirano. Muchos en ese momento le brindaron su apoyo incondicional, que menos cuando quien le traía era la mismísima diosa de la ciudad. Según Heródoto hasta Megacles no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, aunque parece ser que también estaba en el ajo. Por supuesto, no había ninguna diosa sino una chica de las montañas llamada Fía de Paiania vestida como Atenea, con casco, lanza y armadura de hoplita, y cuyo físico coincidía con el ideal de belleza y excelencia física que se suponía a la deidad.

El caso es que los atenienses volvieron a caer en la trampa. Megacles, que ya no se fiaba de Licurgo, le ofreció a Pisístrato una alianza a cambio de que tomase por esposa a su hija, y la asamblea le aclamó de nuevo como tirano. Así gobernó durante un año, según afirma Aristóteles de una manera moderada, más constitucional que tiránica.

Pero la negativa de Pisístrato, que ya tenía dos hijos, a engendrar un heredero con la hija de Megacles volvió a torcer las cosas. Megacles buscó de nuevo la ayuda de Licurgo y Pisístrato se vió en 549 a.C. de nuevo depuesto, exiliado y, está vez, con todos sus bienes confiscados. Durante los casi 10 años que duró el exilio se dedicó a acumular fortuna, gracias a la explotación de una mina de plata en Tracia, a forjar alianzas con otras ciudades griegas como Argos, y a preparar un gran ejército ayudado por sus hijos Hipias e Hiparco.

Pisístrato entrando en Atenas con la diosa / foto Tanguay
Pisístrato entrando en Atenas con la diosa / foto Tanguay

En 539 a.C. marchó con sus huestes y aliados hacia el Ática, donde los partidarios de Megacles y Licurgo le presentaron batalla en un lugar cercano a Maratón, en las cercanías del santuario de Atenea en Palene. Su indiscutible victoria le dejó el camino libre para volver a convertirse en tirano de la ciudad. Esta vez se aseguró de conservar el poder por más tiempo que las veces anteriores, gobernando con moderación y benevolencia, embelleciendo la ciudad con nuevas construcciones, mercados, acueductos y monumentos, impulsando la cultura y el poder militar y naval. Confiscó las tierras de sus enemigos y las entregó a sus partidarios más pobres, empleó la diplomacia con las clases aristócraticas y la demagogia con las clases inferiores, y nombró siempre para los cargos públicos a familiares y amigos. A su muerte en 527 a.C. dejó el poder a sus hijos Hipias e Hiparco, cuyo gobierno sí que sería propiamente tiránico.

Hipias, que finalmente se haría con todo el poder, fue desalojado por los espartanos en 510 a.C., a instancias de los alcmeonidas, dando comienzo la etapa democrática de Atenas. Enviado al exilio se refugió en la corte del rey Dario I, y participó posteriormente en la batalla de Maratón, luchando en el bando persa.

Fuentes: Reading the rise of Pisistratus (Vivienne Gray) / Historia (Heródoto) / El largo camino de la democracia ateniense / Wikipedia