Cola di Rienzo, el último tribuno de Roma

Monumento a Rienzo. Foto: Wikimedia

Evidentemente, a mediados del siglo XIV apenas quedaba nada de la Roma antigua, más allá de un montón de ruinas intercaladas entre los edificios bajomedievales y algunas ilustres familias patricias de ésas que se perpetúan en el tiempo. Por no quedar, hasta la Santa Sede se había trasladado a Avignon, por entonces no perteneciente a Francia sino a Nápoles, cuando en 1309 Clemente V decidió alejarse del tenso ambiente romano (lo que iba a ser algo temporal duró sesenta y ocho años y siete papados, aparte de los del cisma). Pero hubo quien no se resignó a que Roma fuera sólo el recuerdo de un pasado glorioso y quiso recuperar su esplendor: un hijo de la ciudad llamado Nicola Gabrini, más conocido como Cola di Rienzo.

Nació en la Ciudad Eterna en 1313, de familia pobre; sus padres fueron un tabernero y una lavandera. Aunque él aseguraba ser hijo bastardo de Enrique VII, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (el personaje Arrigo que Dante saca en su Divina comedia), el apellido Rienzo derivaba del nombre de su padre humilde, llamado Lorenzo, así que quizá la historia de su ascendencia imperial no fue más que un recurso adoptado más adelante para tener mayor credibilidad.

Pese a todo, Nicola recibió una buena educación y se hizo notario, cargo lo suficientemente importante como para entrar al servicio del papa Clemente VI en Avignon: Roma deseaba que el papado volviera a su lugar tradicional y en 1343 le envió una delegación diplomática para persuadirle, dado que en 1350 tocaba año jubilar. El pontífice quedó tan satisfecho con su trabajo que le incorporó a su corte como notario de la Cámara Apostólica, que era algo así como la Hacienda de la Santa Sede. El puesto exigía residir en Roma y así, en 1344, Nicola regresó a su lugar natal, el mismo al que había fustigado duramente con sus denuncias de corrupción contra los linajes más destacados (Colonna, Orsini…), a los que además consideraba culpables del asesinato de su hermano (falleció en una pelea entre ellos). Consecuentemente, aquel notario advenedizo no estaba bien visto en los círculos aristocráticos.

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Pero a él no le importaba porque jugaba la baza del pueblo. Enamorado de los autores clásicos, a los que había estudiado con entusiasmo, se propuso recuperar el esplendor de los viejos tiempos y se volcó en promocionar numerosas obras públicas. A lo largo de tres años se fue labrando un grupo de seguidores incondicionales hartos de los manejos de Stefano Colonna y el 21 de mayo de 1347 llegó el momento apropiado para dar el golpe de efecto: tras una serie de disturbios, Rienzo, haciendo uso de sus atribuciones, convocó a la gente frente al Capitolio e hizo una aparición estelar, a caballo, ataviado con armadura y secundado por el vicario papal Raimundo de Orvieto. Su elocuente discurso prometiendo cambios, una nueva legislación, reformas en la administración y la proscripción de la aristocracia del gobierno municipal levantó una oleada de entusiasmo tal que aquello constituyó una auténtica toma del poder.

Efectivamente, los patricios optaron prudentemente por dejar la ciudad y en cuestión de días Nicola di Rienzo era nombrado Nicholaus, severus et clemens, libertatis, pacis justiciaeque tribunus, et sacrae Romanae Reipubliae liberator. O sea, tribuno, el cargo que en la época clásica tenía la misión de representar a la plebe ante las magistraturas dominadas por los patricios, como el Senado o los cónsules, y que era elegido precisamente en el llamado concilium plebis (una asamblea popular). Con el nuevo gestor volvió la tranquilidad a Roma: Rienzo cumplió sus promesas, puso fin al desorden callejero y acotó la hasta entonces creciente delincuencia, siendo aplaudido unánimemente su trabajo y recibiendo incluso una carta de elogio de Petrarca.

Pero su plan era más ambicioso y eso provocó un conflicto de intereses. Y es que el nuevo tribuno aspiraba a que Roma recuperase el poder de antaño sobre la península italiana, para lo cual solicitó a todas las ciudades que enviaran un representante a la asamblea con el fin de establecer una especie de república federal donde imperase una relación de fraternidad cristiana. Él sería la cabeza dirigente como dictador (o novus dux, en sus propias palabras) a la antigua usanza y, para ello, organizó una ceremonia algo grotesca, pero cargada de simbolismo, en la que se bañó en la piscina de Letrán (la misma en que lo había hecho Constantino al ser bautizado) y luego subió al Capitolio para ser coronado seis veces. Casi se podría decir que intentaba resucitar el Imperio Romano.

La muerte del hermano de Rienzo (William Holman Hunt) en Wikimedia
La muerte del hermano de Rienzo (William Holman Hunt) en Wikimedia

Demasiado para el Papa, que vio amenazada no sólo su autoridad sino también la soberanía misma de los Estados Pontificios y, al poco, contactaba con los clanes exiliados para facilitar su regreso y conspirar contra el tribuno. Éste, como había demostrado en el ritual mencionado había empezado a caer en la extravagancia, comportándose más como tirano que como dictador al organizar frívolas fiestas y verse obligado a sangrar al pueblo con fuertes tributos para poder poner en práctica sus proyectos. Así que los mismos que le habían encumbrado empezaron a alejarse de él.

El primer paso lo dio Clemente VI en 1347 al excomulgar a Rienzo bajo la acusación de herejía y paganismo pero, paralelamente, las familias patricias organizaron un ejército para intentar deponerle por la fuerza. El choque se produjo en la batalla de Porta San Lorenzo y acabó con victoria del tribuno, que obtuvo la ayuda de Hungría. Fue un doble triunfo porque en la lucha cayó Stefano Colonna en persona, pero las cartas estaban echadas y era cuestión de tiempo que llegara el derrocamiento. Apenas un mes más tarde él mismo abdicó y se retiró de la ciudad, refugiándose en Nápoles primero y en una comunidad de eremitas franciscanos del monte Majella después.

Clemente V e Inocencio VI
Clemente V e Inocencio VI

En 1350 viajó a Praga para acogerse bajo la protección del Carlos IV, a quien esperaba convencer para que marchara sobre Roma. En lugar de eso, el emperador le encarceló y un año más tarde se lo entregó al Papa en Avignon. Sometido a juicio, le condenaron a pena capital pero la suerte se puso de su lado al producirse la muerte del pontífice en 1352 y ser elegido Inocencio VI, que también deseaba librarse del poder de los clanes romanos. Así que Rienzo fue indultado, nombrado senador y enviado a la ciudad al frente de una pequeña tropa mercenaria, haciendo una entrada triunfal en 1354.

Había conseguido recuperar el poder absoluto pero no duró un año. Su política fue tan torpe, caprichosa e impopular, con un asesinato de estado incluido, que el mismo pueblo que aclamó su llegada meses antes se alzó en armas y asaltó su palacio, linchándole y arrojando sus cenizas al Tíber. A aquel personaje heterodoxo y excéntrico se le reivindicaría siglos después, a mediados del XIX, envuelto en un aura de romanticismo típica de la época, como precursor del Risorgimiento, del enfrentamiento con la autoridad papal y de la unidad italiana; hasta Wagner le dedicó una de sus óperas más celebradas, Rienzi, el último tribuno.

Fuentes: Musto, Ronald G: Apocalypse in Rome / Collins, Amanda: Greater than emperor / Wikipedia