Avempace, el primer filósofo de Al-Ándalus

«No conocemos nada mejor que nuestra dedicación [a la ciencia], la cual es superior al resto de otras clases de oficios, y que los hombres reconozcan que la ciencia es la más excelsa de las cosas humanas, pues la gente más noble reconoce que la ciencia verdadera es algo superior y digno, sea cual sea su utilidad o provecho o cualquiera de las cosas que encontramos que dijeron anteriormente acerca de la ciencia. Siempre tendremos la esperanza de lograr [con ella] algo grande, aunque no sepamos qué es lo que conseguimos, salvo que no hallamos para su grandeza un lugar [apropiado] en el alma ni podemos expresar lo que es, debido a su grandeza, excelsitud y espléndida belleza. Y esto, hasta el punto de que algunos hombres están convencidos de que viene a ser como una luz que asciende hasta el cielo».

Esta extraordinaria loa al saber científico y filosófico salió de la pluma de Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn al-Sa’ig ibn Bayyah, más conocido por el nombre de Avempace. Lo de conocido es un decir, claro, porque raro es el que lo ha leído o incluso oido hablar de él a pesar de que fue uno de los más ilustres filósofos de Al-Ándalus, entendiendo por filósofo un sabio completo a la manera de su tiempo que tocó prácticamente todos los temas: medicina, astronomía, física, botánica… Y no sólo ciencia: también la poesía y la música, la lógica y la teología; la política incluso. Un tremendo bagaje cultural que ejerció una poderosa influencia en otras figuras medievales posteriores como los cordobeses Averroes y Maimónides o incluso los escolásticos cristianos.

Averroes (por Andrea Boniauto)
Averroes (por Andrea Boniauto)

Y eso que el contexto histórico que le tocó vivir no fue fácil, en el período almorávide, cuando el territorio musulmán de la Península Ibérica ya estaba fragmentado en taifas. Avempace nació en uno de ellos, Zaragoza, en el año 1080, de familia orfebre. Por entonces, la ciudad era un reino alejado del eje de poder islámico y, por tanto, favorable a un florecimiento de la cultura, permitiendo doctrinas que en otros lugares estaban proscritas por heréticas y albergando cierta convivencia entre mahometanos, cristianos y francos.

Un escenario perfecto para que este personaje desarrollara una fecunda carrera recuperando la memoria de los grandes clásicos, fundamentalmente Aristóteles y Platón, pero también otros menos populares como Temistio, Alejandro de Afrodisia o Nicolás de Damasco, al igual que un predecesor andalusí como Avicena, tan polifacético como él y que había traducido antes las obras de esos autores. Como se puede deducir del párrafo inicial, fragmento de su Risalat al-wada (Carta de despedida), Avempace decía que el ideal del Hombre es el saber puro a través de la contemplación, no con fines prácticos sino per se, ya que así se acerca más a Dios. Este tipo de pensamiento recibía el nombre de falasifa y era auténticamente revolucionario porque rompía con la filosofía teológica, más extendida.

Platón y Aristóteles en el centro del fresco "La Escuela de Atenas" (Rafael)
Platón y Aristóteles en el centro del fresco «La Escuela de Atenas» (Rafael)

Recuperaba la visión humana aristotélica pero la ampliaba formulando la idea del Hombre intelectual -místico, suprarracional y semidivino-, que estaba por encima del científico y, por supuesto, del común, si bien por la dificultad de alcanzar tal nivel proponía un antecedente de lo que luego fue la ascética; de esa forma se lograría una comunidad superior de personas perfectas que remitía, en parte a la República de Platón pero rebasando el ámbito estrictamente civil y político enunciado por el griego. No es de extrañar que esta particular fusión de platonismo y aristotelismo, expresada en las obras Tadbir al-mutawahid (Régimen del solitario) y Risala ittisal al-aql bi-l-insan (Tratado sobre la unión del intelecto con el Hombre), influyera considerablemente en Santo Tomás de Aquino un siglo después, aunque fuera para rebatirla en parte.

Santo Tomás de Aquino (por Carlo Crivelli)
Santo Tomás de Aquino (por Carlo Crivelli)

En 1115 los almorávides entraron en Zaragoza y el emir Ibn Tiflwit, que se rodeó de poetas y eruditos, le nombró visir. Pero Avempace sólo duró dos años en el cargo porque su fuerte carácter le hizo chocar con su superior; por ello, fue destituido y encarcelado un tiempo. Luego, Alfonso I de Aragón puso sitio a la ciudad y la tomó a finales de 1118, con lo que el filósofo se exilió y fue dando tumbos por diversas localidades del sur y Levante. Tanto en Granada como en Sevilla volvió a tener problemas, esta vez con algunos prestigiosos colegas como el médico Avenzcar y el literato Abenjaoán, por lo que puso tierra de por medio y acabó en Fez. Nunca mejor dicho lo de acabar porque allí falleció entre 1138 y 1140, dicen las malas lenguas que envenenado.

Atrás quedaba un extraordinario bagaje cultural plasmado en unas setenta obras -perdidas en su mayor parte-, en las que aportó tesis importantes en múltiples campos. Así, en astronomía replanteó la representación del sistema planetario conocido hasta entonces, en poesía se le tiene por creador del zéjel (un tipo de composición que combina versos coloquiales y música, que luego heredaron los cristianos), en botánica centró su atención en la farmacología y la herboristería (debido a su otra profesión, la medicina), etc.

Por todo ello, a Avempace se le considera el primer filósofo propiamente dicho de Al-Ándalus (Avicena se hizo más famoso como médico), tal como expresaron sus seguidores Ibn Tufayl, el judío Maimónides o el mismo Averroes, que fue quien sistematizó y ordenó sus teorías.

Fuentes:
Cibernous: Avempace, semblanza biográfica (José Biedma López)
Avempace, un sabio musulmán en la Taifa Hudi de Zaragoza (Maribel Ortega Fuentenebro)
Ensayos sobre la filosofía de Al-Ándalus (Andrés Manuel Alonso Alonso).