Los Matabele, la última resistencia indígena a la colonización de África

La patrulla de Wilson en Shangani

Parafraseando el célebre parte franquista que informaba del final de la Guerra Civil, cautivos y desarmados los movimientos de oposición indígena ante el avance imparable de los soldados civilizados decimonónicos, en los últimos años del siglo XIX todos los territorios del planeta susceptibles de ser ocupados por las potencias occidentales lo habían sido ya y, salvo esporádicos rescoldos aquí y allá, el colonialismo alcanzaba sus objetivos.

Llegaba así a su apogeo un sistema que perduró hasta mediados de la centuria siguiente y que tuvo como último foco de resistencia a un pueblo del cono sur de África que trató denodadamente de impedir que le arrebataran las tierras que habitaba: los matabele.

Los matabele («los que llevan altos escudos», aunque a sí mismos se llamaban ndebele), eran un pueblo que se había desgajado de los zulúes cuando en 1821 el jefe Mzilikazi se marchó al exilio con los suyos huyendo del despotismo del rey Shaka. Gracias a las formidables tácticas bélicas que, paradójicamente habían aprendido de dicho monarca, los matabele se establecieron en el valle del Limpopo expulsando a sothos y pedis.

Sólo la llegada de los bóers catorce años más tarde y la histórica derrota que les infrigieron en Vegkop con sólo medio centenar de hombres gracias a una numantina defensa en laager (es decir, con los carros en círculo), hizo que los matabele tuvieran que volver a emigrar hacia el norte. Así llegaron al Zambeze, en lo que hoy es Zimbabue.

guerras-matabele

A Mzilikazi le sucedió en 1870 su hijo Lobengula, que trató de llevarse bien con los blancos, admitiendo misioneros en su territorio y concediendo licencias de caza. Pero dos años antes se habían descubierto las ruinas del Gran Zimbabue y el rumor sobre las legendarias minas del rey Salomón desató una fiebre del oro a la africana.

En ese momento hace aparición un personaje fundamental en la historia local: Cecil Rhodes quien, decidido a incorporar aquella zona a la corona británica y explotar así los presumibles yacimientos auríferos, se las arregló para hacer firmar a Lobengula un contrato para hacer prospecciones que, en realidad, le daba plenos poderes para adueñarse de la región. Se formó una compañía privada armada con mercenarios (el famoso cazador Frederick Selous fue uno de ellos), la British South Africa Company, y en junio de 1890 se fundó una capital en territorio de los shona (que no eran tan fuertes como los matabele): Salisbury, base de futuras operaciones.

La batalla de Vegkop
La batalla de Vegkop

En 1894 ya había una nueva colonia como tal y se llamaba Rodesia, en honor de su fundador. La ambiciosa idea de éste era continuar avanzando hasta el Congo a despecho de alemanes y portugueses para así intentar conectar con el Sudán anglo-egipcio y dejar a Gran Bretaña dueña de casi toda África.

Y como además aquel territorio resultó no ser tan rico como se esperaba, Rhodes puso sus ojos en el que era el verdadero objetivo desde el principio: Matabeleland. Sólo hacía falta un casus belli y se produjo de forma muy parecida al que había desatado la Guerra Zulú en 1879: a causa de una incursión de guerreros matabele que violaron la frontera pactada con los blancos persiguiendo una partida shona.

Cecil Rhodes
Cecil Rhodes

Un ejército liderado por Leander Sarr Jameson, mano derecha de Rhodes (y su amante, según las malas lenguas), invadió el país matabele y en dos batallas (Shangani y Bembesi, 1893) exterminó a medio millar de guerreros de Lobengula, usando ametralladoras Maxim. Como la zulú, fue una guerra sucia en la que ninguno de los bandos hacía prisioneros y los heridos eran rematados.

Lobengula se retiró prendiendo fuego a su capital, Bulawayo; durante su persecución se produjo la única victoria matabele de aquella campaña, cuando sorprendieron y masacraron en Shangani a una treintena de hombres que mandaba el mayor Wilson -ninguno quiso huir dejando a sus compañeros heridos- en lo que se suele conocer como el Little Big Horn africano.

El ejército privado de Rhodes, en acción
El ejército privado de Rhodes, en acción

A principios del año 1894 el rey matabele se suicidó y Rhodes continuó avanzando, incorporando lo que hoy son Zambia y Malawi. Sólo le pararon las condiciones impuestas en la Conferencia de Berlín. Los misioneros que habían sido acogidos por Lobengula dejaron una visión muy crìtica con aquellas conquistas, llamando «banda de forajidos» a la tropa de Jameson, y el célebre escritor Joseph Conrad, autor de El corazón de las tinieblas, dijo que «la conquista de Rodesia no es tan bonita cuando uno se entera bien de cómo se hizo». Pero la historia aún no había terminado.

A principios de 1896 Jameson entró en el Transvaal para despojar también a los bóers, pero fue derrotado. Esto fue interpretado como una señal por los hechiceros matabele, que incitaron a la rebelión asegurando que las balas enemigas se convertirían en agua al contacto con el cuerpo. En pocas semanas más de cuatrocientas cincuenta granjas de colonos blancos fueron incendiadas una tras otra y las familias que las habitaban masacradas sin importar sexo ni edad; de hecho, la mayoría eran mujeres y niños porque los hombres habían acudido con sus armas a las ciudades, pensando que allí se centrarían los ataques. Aquella situación obligó a invertir las tornas y los blancos tuvieron que abandonar los laager urbanos para ir rescatando a los granjeros que quedaban aislados, mientras los indígenas les esperaban en una táctica de guerrillas.

Frederick Russel Burnham y Bonar Armstrong huyendo tras matar de un disparo lejano al amawosani Mlimo
Frederick Russel Burnham y Bonar Armstrong huyendo tras matar de un disparo lejano al amawosani Mlimo

Rhodes tuvo que aceptar que Londres enviara tropas imperiales, aunque los gastos correrían de su cuenta, y se aplicó una estrategia de terror, matando a todo matabele que se encontraba y quemando poblados y cosechas; uno de los militares que participaron en aquellas matanzas fue el coronel Baden-Powell, que más tarde fundaría los boy scouts. Sin embargo, pese a las derrotas, los matabele resistían en las montañas Matopos y encima recibieron el apoyo de un aliado sorprendente e inesperado, sus antiguos enemigos shona, que también se alzaron en armas contra el hombre blanco. Así que la guerra amenazaba con prolongarse y eso le estaba costando una fortuna a Rhodes, que decidió ponerle punto final a costa de jugarse su propia vida.

Para ello, y ante el estupor de toda Rodesia, en agosto se internó en territorio matabele acompañado únicamente de tres hombres y sin armas, tal como había pactado con sus adversarios. A lo largo de casi tres horas, en presencia de un impresionante millar de guerreros, se entrevistó con cuarenta indunas (generales) matabele y consiguió un insólito acuerdo de paz, poniendo fin a los que los nativos aún llaman Umvukela (Gran Levantamiento). Las condiciones no resultaron muy ventajosas para los matabele, que acabaron recluidos en reservas y con los principales líderes espirituales que instigaron la chimurenga (rebelión), Sehuru Kagubi y la hechicera Mbuya Nehanda, ahorcados; un tercero, el amawosani (hombre santo) llamado Mlimo, ya había muerto a manos de un francotirador.

Los shona, por su parte, fueron vencidos a golpe de ametralladora y cañón. Los indígenas pagaron aquella tenaz resistencia de dos años con unos cinco mil muertos en total; los blancos registraron medio millar de bajas.