La mayor derrota de los conquistadores castellanos fue en el Barranco de Acentejo, en Tenerife

Representación pictórica de la batalla

La mayor derrota sufrida por los conquistadores de la Corona de Castilla tuvo lugar en el Barranco de Acentejo, Tenerife, en la primavera de 1494. Ya se había descubierto América (Colón estaba a mitad de su segundo viaje) y las Islas Canarias aún no habían sido completamente conquistadas; unas tierras que los portugueses ya habían intentado tomar pero que finalmente quedaron en manos de los Reyes Católicos.

La población autóctona, de origen bereber, presuntamente trasladada a las islas por fenicios o romanos a lo largo de varios siglos y organizada de forma dispersa en tribus, suele recibir el nombre de guanche por extensión, aunque en sentido estricto esa palabra alude sólo a los indígenas de Tenerife. La conquista castellana del archipiélago se inició en 1402 y no ofreció demasiados problemas excepto en el caso de La Gomera, cuya abrupta orografía impidió concluir el proceso hasta 1488. Fueron Isabel y Fernando los que decidieron terminar la ocupación del resto del territorio insular y ahí el protagonismo lo asumió un personaje llamado Alonso Fernández de Lugo.

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Fernández de Lugo era un hidalgo gaditano del que, como es habitual, se conoce muy poco de su biografía anterior a los hechos. Primero participó en la ocupación de Gran Canaria a las órdenes de Pedro de Vera y luego recibió el título de Adelantado para encargarse de conquistar La Palma y Tenerife. En 1491 capituló con los reyes la invasión de la primera con las condiciones de costear él mismo los gastos militares y terminar la campaña en un año; a cambio, tendría derecho a quedarse con el quinto real (un impuesto que se pagaba a la Corona, el veinte por ciento de los beneficios). Cumplió exitosamente la misión combinando acciones militares y acuerdos con los nativos, en una hábil política que aplicaría por sistema desde entonces; logró el dominio definitivo en mayo de 1493.

Entonces llegó el momento de tomar Tenerife, isla donde la cosa se presentaba más difícil porque allí acudían a por mercancía humana varios esclavistas andaluces, provocando el recelo de los guanches hacia cualquier forastero. Lugo tuvo que renunciar a los beneficios obtenidos en La Palma, por lo que se vio obligado a hipotecar sus propiedades (tenía plantaciones de azúcar en Gran Canaria, haciendas en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda) para financiar la campaña.

En mayo de 1494 desembarcó en un lugar que bautizó como Santa Cruz, donde construyó un fuerte que le serviría de real y puerto de abastecimiento. No encontró oposición, ya que los caciques de la región habían pactado años atrás con Pedro de Vera e incluso algunos se habían convertido al cristianismo merced a la labor de los misioneros asentados allí. Tenerife estaba dividida en nueve menceyatos, denominación que los guanches daban a los territorios regidos por un mencey o jefe, al que auxiliaba en el gobierno el tagoror o asamblea de ancianos y notables. Esos menceyatos eran Anaga, Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod, Daute, Adeje, Abona y Güímar; el mencey de este último, Añaterve, era uno de los conversos y además se alió con los recién llegados.

Fernández de Lugo funda Santa Cruz
Fernández de Lugo funda Santa Cruz

Sin embargo, el mencey más poderoso de Tenerife era Bencomo, de Taoro, cuya gran aspiración consistía en unificar la isla bajo su mandato, razón por la cual otros menceyes se le enfrentaban. Por ello, cuando Fernández de Lugo le ofreció una paz negociada a cambio de su conversión al cristianismo y el sometimiento a los Reyes Católicos, que él rechazó tajantemente, sólo obtuvo el apoyo de los menceyatos vecinos de Tegueste, Icod, Tacoronte y Daute; el resto le dieron la espalda, facilitando así la peneteración del ejército castellano. Ni Cortés ni Pizarro inventaron nada, como se ve.

La tropa de invasión era mixta, formada por casi dos mil infantes y centenar y medio de jinetes peninsulares pero también por seiscientos auxiliares canarios, unos procedentes de Gran Canaria y otros guanches aportados por el citado Añeterve. Frente a ellos, Bencomo y su hermano Tinguaro oponían cerca de tres mil trescientos guerreros, esperando el momento de caer por sorpresa sobre los invasores, a los cuales tenían siempre vigilados a distancia desde los escarpados barrancos y roquedales.

La columna de Fernández de Lugo se adentró en territorio de Taoro confiscando en su camino todos los rebaños de cabras que encontraba para aprovisionarse, dadas las dificultades logísticas que presentaba el incómodo terreno. Al llegar al barranco de Acentejo, una hondonada con un único camino de salida, el mismo por el que habían bajado y que ahora era cuesta arriba y dificultado por los matorrales, Bencomo dio la orden de ataque. En medio de un griterío bélico y el sonido de las caracolas que usaban como cornetas de llamada, los guanches se lanzaron a la carga tan rápida como violentamente.

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De pronto, los castellanos se encontraron al enemigo encima. Aquellos aborígenes no conocían el metal, usando lanzas de punta de madera y obsidiana, y combatían sin ningún tipo de protección corporal, pero su conocimiento del terreno les había permitido elegir el lugar y el momento de la batalla, minimizando el efecto de ballestas, celadas y brigantinas. Los guanches llegaron al cuerpo a cuerpo, arrancando las rodelas de las manos de sus adversarios mientras una lluvia de piedras y troncos impedía a éstos mantener la formación defensiva y la caballería trotaba de un lugar a otro sin saber que hacer, obstaculizada además por el ganado expoliado. La lucha en distancia corta impidió también el uso de las piezas de artillería.

En medio del pandemónium el propio Fernández de Lugo resultó herido de una pedrada en la mandíbula, que le derribó de su montura; estuvo a punto de caer en manos enemigas, siendo salvado in extremis por un soldado llamado Pedro Benítez (y por la aparición de la Virgen de La Candelaria, según se dijo en un ejemplo más del habitual providencialismo de la época); a partir de entonces se le conoció por el mote de Quijada Rota. Pero si finalmente logró salir con vida no pudo decir lo mismo el grueso de su ejército, que tuvo un espeluznante ochenta por ciento de bajas, como indica el nombre con que se conoció al lugar a partir de entonces: Matanza de Acentejo.

Lugo consiguió reunir a los pocos cientos de supervivientes y abrirse paso rocas arriba, en una retirada desesperada hacia el real de Santa Cruz que por fin, horas después, avistaron desde un alto que también dejó patente denominación para la posteridad: La Esperanza. Se cuenta que un puñado de auxiliares grancanarios quedaron aislados y para escapar de los perseguidores guanches se lanzaron al mar, nadando hasta una peña costera donde aguantaron dos días antes de ser rescatados; según la leyenda, su jefe, Mananidra, mató a un tiburón con su cuchillo defendiendo a los demás cuando aún estaban en el agua.

Acto de sumisión guanche en la Paz de los Realejos
Acto de sumisión guanche en la Paz de los Realejos

La terrible derrota obligó a los castellanos a abandonar Tenerife. En Gran Canaria, con la ayuda económica y material del duque de Medina Sidonia, se formó un nuevo ejército en el que se integraron veteranos de la guerra de Granada y con el que el Adelantado regresó. Esta vez, negociando con varios menceyes y con los aliados extras que también se harían comunes en América, las enfermedades y el hambre, derrotó a los guanches en dos batallas: La Laguna y de nuevo en Acentejo, aunque en la primera ya habían muerto Bencomo y su hermano, los líderes de la resistencia, quedando el hijo del primero, Bentor, como mencey. Otra leyenda dice que Bencomo no falleció en La Laguna sino que pudo sobrevivir a sus heridas para finalmente rendirse y abrazar el cristianismo en la conocida como Paz de los Realejos, aunque en realidad parece que fueron sus hijos (excepto Bentor, que se suicidó) quienes protagonizaron ese episodio. Era el 25 de julio de 1496 y Tenerife se incorporaba a la Corona de Castilla.