La Gran Compañía, los mercenarios que aterrorizaron la península itálica en el siglo XIV

Werner de Urslingen y la Gran Compañía

Entre 1342 y 1363 los conflictos entre los diferentes estados de la península itálica tuvieron un protagonista de excepción: la Gran Compañía. Se trataba de un ejército de mercenarios, principalmente de origen germano, que en su momento álgido llegó a contar con más de 10.000 hombres, entre caballería e infantería. No fue la única de estas huestes, que proliferaron en la época, pero quizá sí la más sanguinaria, y con toda seguridad fue el primer ejército mercenario bien organizado.

Su fundador fue Werner de Urslingen, nacido en Suabia y supuestamente descendiente de los duques de Spoleto, que eran los principales súbditos del Sacro Imperio Romano en Italia.

De Werner de Urslingen se sabe muy poco, aparte de que se ganaba la vida como mercenario al servicio del mejor postor, siempre en la península italiana, cuyos múltiples estados estaban en permanente conflicto y eran por aquel entonces uno de los mejores lugares para el negocio de Werner.

Mercenarios saqueando una ciudad italiana
Mercenarios saqueando una ciudad italiana

Del carácter del personaje nos da una idea la leyenda que dice que en su armadura portaba la inscripción: enemigo de Dios, enemigo de la piedad, enemigo de la compasión. Lo cierto es que se vendía al precio más alto, y no dudaba en cambiar de bando si el enemigo ofrecía una suma más alta. Es lo que ocurrió, por ejemplo, cuando fue contratado por Taddeo Pepoli de Bolonia para luchar contra Obizzo III d’Este. Obizzo consiguió, a base de oro, que Urslingen arrasara las ciudades del primero.

Urslingen fundó la Gran Compañía en 1342, inspirándose en la Compañía de San Jorge de Lodrisio Visconti, a cuyo servicio había luchado en la batalla de Parabiago contra el ejército de Milán. Junto a él mismo como comandante se unieron su hermano Reinhardt y Konrad von Landau, que sería su último capitán. Ese mismo año arrasarían juntos la Toscana, la Umbria y la Romagna.

La base de su éxito sería la férrea disciplina impuesta por Werner a sus tropas, junto con un reparto equitativo de las ganancias, que procedían, además del bolsillo de quienes les contrataban, de la extorsión practicada a gobiernos locales, con la excusa de protegerles.

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En 1347 la Gran Compañía ayudó a Luis I, rey de Hungría y Polonia, a conquistar Nápoles. Sin embargo al año siguiente Werner fue acusado de complicidad con los anteriores gobernantes, algo nada raro en él como hemos dicho, y encarcelado temporalmente.

Una vez liberado, en otra vuelta de tuerca a su escasa fidelidad, se pone en 1348 al servicio de los Estados Pontificios, para los que la Gran Compañía conquista varios territorios. Finalizada su labor a sueldo del papa, entra al servicio de la reina Juana I de Nápoles, a la que ayuda a recuperar el dominio perdido el año anterior.

En 1351 la Gran Compañía aumenta su número hasta casi los 20.000 hombres, incluyendo ahora por vez primera italianos, provenzales y húngaros, que se unen a los germanos. Durante los años siguientes pelean a las ordenes de Venecia y Siena contra Florencia y los Estados Pontificios, sufriendo su mayor derrota a manos de los florentinos en la batalla del Campo de las Moscas.

Para entonces Urslingen se había retirado ya a su Suabia natal, donde murió en 1354. Antes de eso había conseguido ser nombrado vicerey de Apulia.

En abril de 1363 la Gran Compañía es definitivamente derrotada en la batalla de Canturino, con su último comandante, Konrad von Landau muerto en combate, lo que marcaría su disolución final. Quienes los derrotaron también eran mercenarios, la Compañía Blanca del inglés John Hawkwood, que utilizaba tácticas militares más avanzadas.

Pero su influencia no desaparecería sino que perviviría en los famosos condotieros, que dominaron el arte de la guerra en las ciudades-estado italianas hasta mediados del siglo XVI. Pronto empezaron a surgir tropas similares al mando de capitanes italianos, como la Compañía de la Estrella de Astrorre Manfredi, o la Compañía del Sombrerito, de Niccolo da Montefeltro. La edad de oro de los condotieros estaba comenzando.