La batalla de bolas de nieve que acabó en pelea multitudinaria entre soldados confederados

Hay ciertos capítulos de la Historia que pasan de lo intrascendente a lo memorable o que resultan cómicos y trágicos a la vez. Los que se desarrollan en contextos bélicos deberían estar exentos de cualquiera de esas categorías por las condiciones especiales de dichos contextos pero, curiosamente, no sólo no es así sino que a veces nos proporcionan estrambóticas anécdotas que parecerían increíbles si fueran inventadas por un escritor o un guionista de cine. En ese sentido, es inaudito el que ocurrió el 25 de febrero de 1863 en el estado de Virginia durante la Guerra de Secesión.

Apenas dos meses antes, del 11 al 15 de diciembre, se había librado una de las batallas más asombrosas y recordadas de ese conflicto, la de Fredericksburg, que ha pasado a los anales por sus extraordinarias circunstancias: una victoria del Ejército del Norte de Virginia que, al mando de Robert E. Lee y atrincherado en las colinas de los alrededores, resistió una tras otra y en notable inferioridad numérica (72.500 hombres, la mitad que su adversario) las cargas sucesivas del Ejército del Potomac que dirigía el general Ambrose E. Burnside.

Los unionistas se dejaron cerca de 12.000 muertos en el campo de batalla y Lee consiguió así cerrar el paso al enemigo, que avanzaba hacia su verdadero objetivo: Richmond, la capital del Sur. De esta manera Lee se dispuso a pasar el invierno acuartelando a sus tropas, ya que no se preveían nuevos ataques: aparte de la derrota enemiga, las temperaturas eran verdaderamente extremas y la nieve no paraba de caer. Durante dos meses, los soldados apenas pudieron hacer nada más que aguantar el frío y esperar… algo que no resulta en absoluto recomendable.

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En efecto, poco a poco empezaron a menudear los roces y a saltar la tensión entre los hombres, con discusiones y peleas cada vez más frecuentes, poniendo en peligro la convivencia y la disciplina. Por eso, cuando el 25 de febrero amaneció con un sol radiante y muchos soldados empezaron a jugar con la nieve como niños, al general Hoke se le ocurrió una original idea para alegrar a su gente (el ejército de Carolina del Norte) y levantarle la moral: organizar una batalla de bolas de nieve contra las tropas de Georgia que mandaba su colega, el coronel Stiles.

Dicho y hecho. Además fue un ataque sorpresa: los soldados de Hoke cayeron de pronto sobre la zona «enemiga» bien provistos de munición y los frieron a bolazos entre risas para luego retirarse a sus líneas celebrando la fulminante victoria. Eso no podía quedar así, debió pensar Stiles, que reorganizó a los suyos y contraatacó. Los georgianos les esperaron y aquello se convirtió en una batalla de nieve que seguramente resultaría insólita para cualquiera que la viera desde fuera. Insólita y divertida.

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Efectivamente, así hubiera sido de no ser porque las rivalidades acumuladas a lo largo de aquellos dos meses volvieron a aflorar y lo que era un juego degeneró en enfrentamiento real: una pelea multitudinaria en la que las bolas de nieve se rellenaron con piedras y el cuerpo a cuerpo imaginario pasó a ser auténtico, a puñetazos. Debió ser un espectáculo alucinante: 10.000 hombres del mismo bando liados a guantazo limpio sobre un campo tapizado de blanco.

La batalla terminó cuando sus mandos empezaron a temer que la cosa se descontrolase demasiado y dieron las órdenes pertinentes para detenerla. Ambos contendientes volvieron más o menos maltrechos a sus barracones con decenas de magulladuras, contusiones y miembros rotos. Pero contentos, al fin y al cabo, pues al menos habían roto su aburrida rutina. O sea, que al final se cumplió el objetivo.