Cart Ruts, los surcos prehistóricos del suelo rocoso de Malta

Aunque el principal atractivo de Malta reside en su patrimonio monumental, fundamentalmente desde la Edad Moderna hasta la Contemporánea, también figuran en las guías, y con letras mayúsculas, las abundantes construcciones megalíticas repartidas por el archipiélago. Se sabe que ese pequeño grupo de islas empezó a ser habitado en el Neolítico, seguramente por emigración desde Sicilia, de ahí que los visitantes actuales tengan a su disposición un amplio abanico de enclaves prehistóricos de interés que se remontan siete mil años atrás.

De todos esos sitios, uno de los más inauditos se encuentra en la parte suroeste de la isla principal, compartiendo protagonismo con un rincón de gran encanto natural: los acantilados de Dingli, cerca de Siġġiewi. Allí, en la parte alta de estos formidables farallones rocosos, el suelo aparece horadado por una serie de extraños surcos formando una enigmática red que parecería fácilmente explicable por haber sido hollada por ruedas de carros… de no ser por un significativo detalle: están sobre el suelo de piedra.

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Ese fascinante lugar recibe el nombre de Misrah Ghar il-Kebir, aunque los británicos lo llamaron Clapham Junction porque les recordaba el conjunto de raíles de una estación ferroviaria londinense. Las gentes locales han bautizado esas marcas como cart ruts y no sólo se encuentran en ese punto sino también en Busewdien, en la bahía de St. Paul, Naxxar, San Gwann y Bidnija, así como en Sannat, en la vecina isla de Gozo. Es más, también las hay en Sicilia y Libia. Sin embargo, las más espectaculares, por cantidad y concentración, son las de Dingli, que ocupan una extensión de ocho hectáreas.

Consisten en unos rastros de rodadura que penetran hasta 60 centímetros en el terreno y tienen una separación entre sí de 1,10 a 1,40 metros. Se prolongan hasta casi perderse de vista; a veces entrecruzándose y a veces terminando su camino en el borde del acantilado (aunque algunos siguen bajo el mar), sin dejar claro qué itinerario tendrían, si es que lo había. La gran pregunta consiguiente es cuál fue sería origen y ahí se pueden oir teorías de todo tipo, desde las hipòtesis de los arqueólogos a las frivolidades de las revistas esotéricas.

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Así, por citar sólo las propuestas menos estrambóticas, se ha hablado de carriles tallados para trasladar grandes bloques pétreos destinados a los varios templos ciclópeos que hay en las cercanías (Qim, Mnajdra), de un peculiar sistema de distribución de agua para el riego, de líneas calendáricas o, simplemente, de surcos dejados por carros de transporte, bien con ruedas, bien tipo trineo. Está última opción parece ser la más aceptada por los arqueólogos, lo que lleva a otra pregunta: ¿cómo se pueden dejar huellas en la piedra?

La respuesta, al parecer, es que el terreno era de caliza blanda. Un estudio realizado por el profesor Mottershead, de la Universidad de Portsmouth, sugería que las ruedas -o patines- dejarían profundas marcas en la capa superior del terreno, raspando el subsuelo calizo, y el agua procedente de las lluvias y escorrentías encontraría canalización por esos surcos, disolviendo la roca y erosionándolos más y más. El paso continuo de carros que aprovecharían esos carriles ahondaría las muescas; hay que tener en cuenta el enorme peso que tendrían, ya que la presencia en las inmediaciones de varias canteras indica que transportaban bloques de piedra.

De hecho, los expertos creen que antaño había un número muchísimo mayor de huellas, sólo que se han perdido. Datarían de la Edad del Bronce si se hace caso a quienes datan los rastros en torno al año 5.000 a.C; pero otros acercan un poco la fecha a la etapa fenicia. O sea que certezas, pocas.

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