SS Monte Carlo, el casino flotante que burlaba la Ley Seca

No hay mal que por bien no venga. El Niño, ese fenómeno meteorológico consistente en una corriente irregular de aguas cálidas que viajan en dirección Este por el océano Pacífico y que suele manifestarse en forma tanto de sequías como de inundaciones, suele acarrear un montón de problemas al medio ambiente y a las comunidades que lo sufren. Pero retomando la frase inicial, a veces trae de regalo una pequeña sorpresa menos desgradable.

Es lo que ocurrió recientemente en la playa de Coronado en San Diego, California. Debido a la influencia del Niño, las mareas retrocedieron muchos metros en sus ciclos dejando al descubierto algo completamente inesperado: un pecio no muy antiguo pero igualmente semiolvidado cuyos restos herrumbrosos sobresalen de entre las húmedas arenas, como intentando escapar de ellas para dar testimonio de su historia. Una historia realmente curiosa que terminó en 1937, cuando una fuerte tormenta desatada el día de Año Nuevo rompió sus amarras y lo arrastró hasta la citada playa, donde encalló.

Se trataba del SS Monte Carlo, que quedó para siempre varado allí, frente a lo que hoy se conoce como El Camino Tower, perteneciente a los apartamentos Coronado Shores. Nadie trató de rescatarlo nunca. De hecho, tampoco se reclamó jamás su propiedad. El Monte Carlo fue abandonado a su suerte, a lo que de él quisieran hacer los elementos y el paso del tiempo que, como sabemos, son agentes implacabales. Y así, toda su obra muerta fue resquebrajándose poco a poco ante los golpes del oleaje al romper contra sus amuras y enterrándose cada vez más profundamente bajo metros de arena, como si de un submarino despistado se tratara.

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Ese abandono tenía su explicación. Pero antes de aclararlo conviene decir que el Monte Carlo fue construido en 1921 con un mombre diferente, SS McKittrick; un navío de noventa metros de eslora botado en Cape Fear (Carolina del Norte) y diseñado para servir como buque cisterna en la Primera Guerra Mundial. El conflicto terminó antes de que estuviera terminado, por lo que ya no fue necesario el uso original. En consecuencia, se le hicieron una serie de reformas y pasó a navegar como petrolero en diversas compañías.

Pero lo realmente jugoso de la historia del SS McKittrick vino después. No se sabe la fecha exacta pero el caso es que fue adquirido por un particular -de identidad tampoco determinada- que lo rebautizó como SS Monte Carlo. El nuevo nombre no estaba elegido al azar ni por capricho, ya que el buque se convirtió en un casino flotante: un local sin dirección fija que gracias a sus excepcionales características -poder anclar en aguas internacionales– se saltaba la Ley Seca que imperaba en esos momentos y ofrecía a su clientela una amplia gama de servicios ilegales, entre juego, alcohol y prostitución.

Al parecer, el SS Monte Carlo -cuya denominación era una clara alusión a uno de los distritos de Mónaco, famoso por sus casinos- alcanzó cierta celebridad hasta el punto de que los predicadores de la costa occidental de Estados Unidos sermoneaban contra él. Es más, se decía sotto voce que su misterioso dueño pertenecía o trabajaba para la Mafia, que fue la que se puso las botas con la prohibición. Pero la legislación vigente cambió en diciembre de 1933 y el fenomenal negocio del alcohol ilegal se acabó.

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Parecía que el final de aquella ajetreada vida arrastrara a las demás, derribando una tras otra como si de fichas de dominó se tratara: tras el alcohol a bordo se acabaron también las ruletas y los naipes, las prostitutas y la diversión desenfrenada; los «dados, bebida y muñequitas», que decía su descarado eslógan publicitario. Y ello alcanzó también al barco mismo, como comentaba al principio, pues cuando descansaba a tres millas de la costa californiana -la distancia que marcaba la internacionalidad de las aguas- la tempestad decidió poner fin a sus andanzas.

El Monte Carlo asomaba de cuando en cuando sus hierros sobre las olas, en una especie de intento desesperado por permanecer en la memoria. Cuando el Niño hace una de sus travesuras y retira las aguas, como pasó en 2010 o a principios de este año, queda al descubierto y asemeja un castillo de arena infantil semidevorado por las embestidas de la pleamar. Y, claro, no podían dejar de brotar leyendas, como la que habla de un tesoro de ciento cincuenta mil dólares de plata que presuntamente había a bordo en el momento del naufragio. No sólo de galeones vive la ilusión y, al fin y al cabo, la playa donde descansa lleva el nombre de un conquistador español.