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La gran cueva de hielo china que nunca se derrite


Siempre digo que en China las cosas parecen obedecer a otra escala y cada poco encuentro algo nuevo que parece refrendarlo. Imaginen una gruta hecha íntegramente de hielo, una gran cueva por cuyo interior se puede uno adentrar para hacer un largo recorrido entre carámbanos y paredes heladas como si de una fantástica catedral se tratase. Y además, saber que su origen se remonta a antes de la aparición del Hombre o, al menos, a ese inconcreto momento en el que nuestro ancestro el Australopitecus empezó a dejar paso al Homo habilis. Bien, pues no lo imaginen; si pueden, mejor véanlo en persona.

Para ello tendrán que viajar a China, a una localidad de la norteña provincia de Shanxi llamada Ningwu, donde se hallan las Montañas Luyashan. Uno de esos picos está horadado por esa impresionante caverna, que es la mayor del país de sus características con unos ochenta y cinco metros de profundidad. Es la cueva Ningwu. Como se halla a dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar el clima es de alta montaña y consigue mantenerse así todo el año, aún cuando en el exterior las temperaturas estivales alcanzan hasta diecisiete grados.

Es decir, el hielo está garantizado y, con él, el espectáculo natural. Si nunca se derrite es por la morfología del lugar: según los expertos de la Academia China de Ciencias Geológicas, una especie de trampa vertical permite pasar el aire gélido y lo distribuye por todos los rincones a través de un pasillo lo suficientemente angosto como para, por contra, impedir la entrada de calor. También interviene el cambio estacional de la dirección de las corrientes.

Como decía, los geólogos calculan que la cueva se formó hace unos tres millones de años, durante la última glaciación, a caballo entre el Plioceno y el Pleistoceno. Su ubicación en altitud y el frío que la mantiene en buen estado hacen imposible que fuera aprovechada como hogar, pero si el hombre primitivo no pudo utilizarla, el actual la disfruta plenamente: entre mayo y octubre abre al público y las visitas hacen recorridos de una hora por los cinco niveles que tiene, conectados mediante divertidas escaleras talladas en el mismo hielo, puentes de madera y aberturas practicadas ex profeso.

Eso sí, quien sufra de claustrofobia quizá deberá pensárselo bien porque no se trata de una de esas grutas con salas amplias y diáfanas: la parte más ancha no llega a veinte metros y la más estrecha se sitúa en poco más de nueve. Si no hay problema psicológico de por medio, se podrá pasear por el interior junto a decenas de curiosos –un millar diario– contemplando las redondeadas paredes y bóvedas, los larguísimos carámbanos y picachos, las cascadas de hielo y muhcas cosas más debidamente realzadas mediante un sistema de iluminación compuesto por dos centenares de bombillas de colores.

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