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Un río de agua hirviendo en la Amazonia


La inmensidad insondable de la Amazonía, esa selva esmeralda cuya superficie glauca se pierde de vista, es el escenario tradicional de multitud de leyendas y misterios, siempre moviéndose entre la fantasía hiperbólica y una realidad que, a menudo, supera esa ficción. Es ahí donde circulan historias de tribus invisibles y de mujeres guerreras, de rincones que conservan su identidad y su fauna prehistóricas, de animales que superan sus ya de por sí considerables dimensiones hasta alcanzar un tamaño imposible; donde los árboles cambian de ubicación en busca de la luz y donde bancos de pirañas devoran a sus víctimas en cuestión de minutos.

Es el mundo dentro del mundo donde los españoles del siglo XVI buscaron El Dorado y el País de la Canela sin éxito pero descubriendo a cambio el río más grande de la Tierra; una masa fluvial de proporciones colosales, acordes a un entorno que, de hecho, es vástago de su propio y larguísimo curso desde las montañas andinas hasta el océano Pacífico. Pero el Amazonas, a su vez, es alimentado por una infinidad de afluentes de inciertos orígenes y discurrir no menos claro. Y estos cauces se perfilan igualmente como protagonistas de otros mitos.

Uno de ellos parece haber superado esa condición para hacerse realidad, tal es la capacidad de la Amazonía para superar la ficción. Durante generaciones se oyó hablar de un río de aguas hirvientes en la región de la Amazonía peruana, algo a lo que nunca se dio más credibilidad que a otras muchas habladurías de los nativos. Al fin y al cabo, si bien ese fenómeno existe, se da en sitios de intensa actividad volcánica, algo que en la selva amazónica brilla por su ausencia: el volcán más cercano se encuentra a unos setecientos kilómetros.

Pero el nombre indígena para la corriente fluvial en cuestión que atraviesa su territorio es Shanay-timpishka, que significa algo así como «hervido por el calor del sol». ¿La razón? El agua fluye durante unos 6 kilómetros y medio a una temperatura media de 86º. Teniendo en cuenta que el cauce es más ancho que una carretera de dos carriles en la mayor parte de su longitud, la energía necesaria para calentarlo sería enorme; el astro rey no bastaría, aún cuando pega fuerte en el ecuador. Claro que los nativos lo achacan a la acción de una divinidad en forma de serpiente llamada Yacumama.

El geofísico André Ruzo, que localizó el lugar en 2011 a despecho de la idea de que sólo era una fábula folklórica, explica haber visto con sus propios ojos cómo esa corriente en ebullición mataba a los animales que caían en ella. Curiosamente, también se da el efecto contrario y en los alrededores han surgido nuevas especies extremófilas que se benefician de esas condiciones tan poco usuales.

Está claro que no es el sitio ideal para nadar pero sí para hacerse preguntas sobre tan extraño capricho de la Naturaleza. Ruzo realizó un análisis químico del agua para intentar esclarecer la causa de tan alta temperatura. Una de las teorías que manejaba era que algún tipo de aceite o gas subterráneo en combustión calentaban el agua desde abajo. Sorprendentemente, el resultado determinó que el agua es meteórica, es decir, procedente de la lluvia. Por supuesto, no cae hirviendo de las nubes. El científico cree que una vez en tierra se filtra al subsuelo, donde aún se conserva energía geotérmica de tiempos anteriores a la Amazonía tal como la conocemos ahora.

O sea, que por debajo de esa selva hay una densa red de tuberías naturales que acogen un sistema hidrotermal oculto e insospechado. Ahora se preparan nuevas investigaciones para intentar aclarar más el asunto y, si es el caso, intentar aprovechar económicamente el fenómeno. No obstante, Ruzo asegura que no publicará más datos hasta que el gobierno peruano tome medidas para proteger el descubrimiento.

Vía: IFL Science