5 sorprendentes detalles de la regla monástica de San Benito

En la Edad Media se denominaba regla a un texto articulado en capítulos que regía la vida de un establecimiento monástico o una comunidad de canónigos regulares. De entre todas las conocidas la de San Benito de Nursia era una de las más populares en el Medievo junto a la de San Agustín.

La primera, tiene 73 capítulos, aunque no todos los redactó en el siglo VI el fundador del monasterio de Montecassino sino que algunos fueron añadidos o reescritos por sus seguidores. Toda la vida de los monjes benedictinos estaba organizada a partir de esta regla: los oficios, la obediencia, el silencio, los oficios, la oración, el canto, el dormir, la hora de las comidas, el vestido y el calzado, etcétera.

Aquí van 5 sorprendentes detalles de la regla monástica de San Benito.

1. La edad no es más que un número

Para San Benito la edad no era tan importante como la sabiduría del monje o el tiempo que permaneciera en la comunidad. Expresamente señala que los monjes más veteranos deben respetar y cuidar de los más jóvenes:

Y no será la edad de cada uno una norma para crear distinciones ni preferencias en la designación de los puestos, porque Samuel y Daniel, a pesar de que eran jóvenes, juzgaron a los ancianos.

También insiste en que los monjes jóvenes deberán participar en las decisiones importantes:

Y hemos dicho intencionadamente que sean todos convocados a consejo, porque muchasveces el Señor revela al más joven lo que es mejor.

2. Los novicios deben firmar por escrito su compromiso

San Benito insistió en que el compromiso de los novicios que luego pasarían a ser monjes debería ser firmado por escrito. Si un novicio decide quedarse en el monasterio después de su año de prueba:

Este documento lo escribirá de su mano, y, si no sabe escribir, pedirá a otro que lo haga por él, trazando el novicio una señal, y la depositará con sus propias manos sobre el altar.

Los niños que ingresaban en un monasterio debían traer una petición por escrito de sus tutores. Ésta estaba atada a su mano con un paño de altar cuando fuera presentado a la comunidad monástica.

Cuando algún noble ofrezca su hijo a Dios en el monasterio, si el niño es aún pequeño, hagan sus padres el documento del que hablamos anteriormente, y, junto con la ofrenda eucarística, envolverán con el mantel del altar ese documento y la mano del niño; de este modo le ofrecerán.

3. La humildad de los monjes artesanos

La humidad era una virtud importantísima para San Benito. El capítulo 57 se refiere expresamente a los artesanos del monasterio y en él se explica que:

Si hay artesanos en el monasterio, que trabajen en su oficio con toda humildad, si el abad se lo permite. Pero el que se envanezca de su habilidad por creer que aporta alguna utilidad al monasterio, sea privado del ejercicio de su trabajo y no vuelva a realizarlo, a no ser que, después de haberse humillado, se lo ordene el abad.

Se hace expresa referencia a la avaricia en la fijación de los precios de estas mercancías y se dice que «antes véndase siempre un poco más barato que lo que puedan hacerlo los seglares, para que en todo sea Dios glorificado».

4. Los huéspedes deberán ser bien acogidos

La regla benedictina recalca que los huéspedes, especialmente los pobres y extranjeros, deberían ser recibidos como invitados en el monasterio. Se les saludaría con «la cabeza inclinada, postrado el cuerpo en tierra, adorarán en ellos a Cristo, a quien reciben». El propio abad lavaría las manos y los pies de estos huéspedes, y los acogería en su mesa. Aunque, cuando estos invitados lleguen primero deben rezar juntos y luego recibirían un beso de la paz, que no se ofrecería antes «para evitar los engaños diabólicos».

5. La obediencia mutua

Éste es el título del capítulo 61. En él San Benito dice que toda la comunidad debe no solo obedecer al abad sino que han de obedecerse los hermanos unos a otros. Y si alguno es porfiador deberá ser castigado. Y añade un párrafo que no tiene desperdicio y puede resultar a nuestros ojos humillante:

Cuando un hermano es reprendido de la manera que sea por el abad o por cualquiera de sus mayores por una razón cualquiera, aun mínima, o advierte que el ánimo de alguno de ellos está ligeramente irritado contra él o desazonado aunque sea levemente, al instante y sin demora irá a postrarse a sus pies y permanecerá echado en tierra ante él dándole satisfacción, hasta que con una palabra de bendición le demuestre que a se ha pasado su enojo. Y, si alguien se niega a hacerlo, será sometido a un castigo corporal; si se muestra contumaz, será expulsado del monasterio.

Vía: Medievalists.net